jueves, 21 de marzo de 2019


LA REBELIÓN DE LOS NIÑOS SIN NOMBRES.

Hoy era un día importante. Era el primer día de colegio de Manolito. Acababa de llegar con su familia al pueblo, lo que significaba que no conocía a nadie, iba a ser “el nuevo” y estaba un poco asustado.

Su padre lo despidió con un abrazo y le dijo con mucho cariño:

    • Ya verás como te va a ir muy bien. ¡Ya mismo te estoy recogiendo gordito!

Su maestra lo cogió de la mano y entraron en su clase de Infantil de 5 años. Se lo presentó a sus compañeros diciendo su nombre, pero un chico alto exclamó nada mas verlo:

-¡Parece un botijo! Y Botijo se le quedó.

Aquel día Manolito descubrió dos cosas: la primera, que en el cole ser gordito era motivo de risa y no una palabra cariñosa como él creía . Y la segunda, que en su clase Fran era quien realmente mandaba y no la seño, por eso, los demás niños tampoco tenían nombre. Si una niña era alta la llamaba Girafa, si un chico era bajito le decía Enano. Solo Fran conservaba su nombre.

Cuando llevaba unas semanas en el colegio y ya empezaba a hacer amigos, Manolito tomó una decisión: habló con todos los niños de la clase menos con aquel abusón.

-¿De verdad os gusta que os llamen así?

-No, decían ellos, ¿pero qué podemos hacer?

-¡Tenemos que recuperar nuestros nombres! ¡Ya veréis!

Desde aquel día, cada vez que Fran los llamaba por alguno de aquellos nombres tan feos, todos los demás coreaban:

-¡No se llama así, se llama Laura! ¡No se llama así, se llama Manolito!

Lo más divertido fue que hasta la señorita se unió a los coros.

Fran comprendió que ya no tenía ningún amigo y que tenía que cambiar si no quería quedarse solo.

Y así fue como los niños de la clase de Manolito recuperaron sus nombres.

Ana Mª Cumbrera Barroso. Marzo 2018

miércoles, 20 de marzo de 2019


El sueño.

Juan se preparaba, como cualquier otra mañana, para ir al colegio. Pero esa no era una mañana cualquiera. Su madre le acababa de preparar el desayuno y, con un beso muy fuerte en su frente, quiso animarlo. Juan se echó a llorar, con ese llanto inconsolable del que ha perdido a su padre para siempre ... ¿que te pasa hijo?, le preguntó su madre. ¡Anda anímate!. Esta noche he vuelto a soñar con papá ..., le dijo. No te preocupes hijo, le contestó su madre, es difícil tanto para ti como para mi. Piensa que papá nos observa a ambos desde el cielo. Se pondría muy triste si te ve así ...

Juan se marchó a su colegio, como cualquier otra mañana. Al llegar a la puerta del mismo, vió a una niña que se despedía de su padre ... y volvió a echarse a llorar desconsoladamente. Una mano se apoyó en su hombro. Era su maestra. ¡Juan! ¡anímate! ¡!Vamos a darles los buenos dias a tus compañeros y verás que pronto te animarás!. Lo siento señorita, le contestó Juan. He visto a esa niña despedirse de su papá y he recordado cuando mi padre me despedía todas las mañanas, antes de entrar en clase ...

Al salir de clase, como cualquier otra tarde, juan quedó con sus amigos para jugar a la pelota en su patio. Al rato, algunos padres acudieron al lugar de juegos, y el se volvió a ver solo volviendo a su casa ...

Por la noche, se sentó a cenar solo, con su madre, cómo cualquier otra noche. Antes de comenzar, cerró sus ojos e imaginó a su padre preparándole su cena, y bromeando sobre cualquier anécdota del día. Al volver a abrir sus ojos, vió a su madre con los ojos enrojecidos, posiblemente de llorar más por su hijo que por ella misma ...

Tras ver un rato la televisión, Juan se fue a su cama, donde esperaba que su madre le contara un pequeño cuento que le hiciera conciliar el sueño. Siempre se lo contaba su padre. Él contaba unos cuentos preciosos, y conseguía que juan se lo pasara en grande antes de dormirse. Cuando llegó su madre, Juan se quedó dormido con estos pensamientos ...

Al rato, Juan se despertó. En la oscuridad, pudo ver por la ventana una estrella fugaz que iluminó la noche cerrada. En ese momento, sintió una leve presión de alguien apoyándose en su cama. Alguien le sonreía, con sus ojos observándole entre lagrimas, y su mano le acarició su mejilla suavemente. Juan le sonrió, y saliendo de su cama en sus brazos, salieron padre e hijo juntos hasta la eternidad.


Jose María Vázquez Recio.- Marzo/2019


sábado, 2 de febrero de 2019


CRÓNICA DE UN MATRIMONIO.

Juan y Marta se conocían desde siempre. Pertenecientes a dos familias acomodadas del Madrid de la posguerra, eran amigos desde niños. Cuando alcanzaron la adolescencia solo a ella le confesó Juan su secreto. La inevitable atracción que sentía por los de su mismo sexo. Ella lo sabía y, por supuesto, no le importó, la confidencia los unió más aún. Marta se sentía con Juan a sus anchas, no era un posible pretendiente.

Pasada la primera juventud ambos estaban descontentos. Él por la hipocresía de su vida, siempre obligado a fingir lo que no era, ella por la falta de libertad de la suya.

Contemplando los jardines del Retiro, desde el balcón de su habitación, Marta sentía que la vida se le iba. Había recibido una educación esmerada que no le servía de nada, pues sus padres se opusieron terminantemente a que ella trabajara. Sus amigas iban casándose, algunas tenían ya hijos . En cambio, su abultado ajuar parecía burlarse de ella. Nunca había tenido novio, los chicos de buena sociedad se espantaban ante su inteligencia clara y su forma de expresar ideas propias y poco convencionales. Y no es que le importase quedarse soltera, si eso hubiese sido sinónimo de libertad, es que para la sociedad era una solterona que de todas formas debía permanecer en la casa familiar, en la que cada día se sentía más asfixiada. Una idea se abrió paso en su mente, fue tomando forma y cuanto más lo pensaba menos descabellada le parecía.

Convocó a Juan y así, de buenas a primera se lo soltó a bocajarro:

    • ¡Casémonos!- aquí tuvo que hacer una pausa pues tuvo un ataque de risa ante la expresión de él, entre pasmada y asustada- piénsalo tranquilamente, somos más amigos de lo que lo son las mayoría de las parejas. Te lo propongo como un pacto: tú serás libres para tener todas las relaciones que quieras, pero serás ante todos un hombre respetable, yo espero disfrutar de la libertad que aquí me falta. Seremos un matrimonio en público, solo amigos en privado.

Juan no tuvo que pensárselo mucho, tras la sorpresa inicial, la lógica de ella lo convenció. Se prometiron enseguida, para satisfación de las dos familias, que por distintos motivos, suspiraron aliviados.

Su noviazgo fue de lo más divertido, lo pasaron en grande decorando su nuevo hogar y organizando la ceremonia y el convite posterior. Y, aunque no hubo noche de bodas, también disfrutaron de una luna de miel en toda regla, viajando por el extranjero.

Así iniciaron una convivencia que se basaba en la amistad y en el respeto, en la complicidad y en la tolerancia. A veces, él se sorprendía porque le apetecía más quedarse pasando la velada con Marta que salir por las noches, y ella, que ahora era una mujer realizada y había seguido estudiando, disfrutaba pasando junto a él el final del día. Tenían gustos similares y aunque no eran amantes, eran compañeros.

Lo único no programado en aquel pacto se llamó Javier, un niño fruto de la única noche que la que, despues de una cena demasiado regada con vino, compartiron la cama para algo más que para dormir. Se arrepintieron en seguida, se lo tomaron a broma. Sin embargo, aquel embarazo totalmente impensable los llenó de alegría.

La experiencia de ser padres todavía les unió más. Juan no era como los maridos de sus amigas, se implicó, la ayudó, pudo seguir estudiando.

Con el tiempo y la madurez descubrieron que su natrimonio era mucho más sólido que el de sus conocidos y bastante más feliz que el de la mayoría. Nunca se arrepintieron de su pacto. Nunca se enamoraron, pero se querían. Si alguién le preguntaba a Juan quién era la persona más importante de su vida, sin dudar contestaba: -Marta, mi mujer.

Ana María Cumbrera Barroso.


El pacto

Era tarde. En el club habían bastantes socios. No en vano, era Navidad. En todas las mesas se desarrollaban tertulias, todas distintas, pero con el denominador común de voces altas y algún ademán extremo.

- Lo siento, siento pensar asi-, comentaba Walker. -no creo ni en la justicia ni en sus sentencias. Los delitos de sangre deben ser castigados con más dureza. No me cabe duda ....

  • Estimado señor walker, le contestó Harper. Considero que con la privación de libertad, es más que suficiente. Considere que es nuestro bien más preciado, y es bastante duro, durísimo diria mejor, que alguíen no pueda disfrutar de salir a la calle, relacionarse con su familia, sus semejantes ..
  • Nada de eso Harper, le contestó Walker. La libertad está demasiado sobrevalorada. Es más, muchos días me quedo en mi casa, privado de esa libertad, muy a gusto, y no hecho de menos nada de nada el contacto con mis ¿semejantes? ...
La conversación siguió por estos derroteros, y al cabo de unas dos horas, la mayoría de los socios del club se aventuraron a rodear la mesa dónde se discutía del valor de la libertad ...

  • Yo estoy dispuesto a proponerle un trato, y seré yo mismo el conejillo de indias ... contestó un airado Walker.

Harper lo miró con enojo. Walker era un adversario bastante duro, y él empezaba a sentirse agotado por la discusión que les ocupaba.

Usted dirá Walker. Pero no admito ninguna apuesta. Ya sabe que no soy amigo de esos juegos ...

La propuesta es sencilla, le contestó Walker. En este club hay habitaciones para los socios ante situaciones, digamos, extraordinarias. Le propongo ocupar una, durante un plazo de 6 meses, con el compromiso de no salir de ella absolutamente para nada. ¿que le parece?

Harper le miró sorprendido. No creía que iba a llegar tan lejos ...

Dicho y hecho, le contestó Walker, que siempre se caracterizó por llevar hasta el extremo cualquier discusión. Sólo le propongo que, una vez superado dicho plazo, usted me dará suma de 18000 libras, 100 libras por cada día de, digamos, mi cautiverio. Creo que no es un precio muy alto para usted, dada su buena situación financiera. En la misma no disfrutaré de las comodidades que cualquier socio disfrutaria, con tres comidas, algo de tabaco, y algún diario. Todo ello se proveerá a través de una pequeña ventanilla hecha en la puerta para la ocasión, y no mantendré ningún contacto con nadie ...

Harper le contestó que todo había llegado demasiado lejos, y pese a que quizo persuadir a su amigo de qué no merecía la pena, él insistió.

Los testigos de dicho acuerdo se miraron unos a otros, confundidos. La situación prometía, aunque a nadie le apeteciera estar en el lugar de walker.

Esa misma noche, comenzó el plazo.

Es 23 de diciembre de 1896. Son las 23 horas. El compromiso alcanza hasta dentro de seis meses, esto es, hasta el 22 de junio de 1897. Nadie, excepto el jefe de cocina, podrá mantener contacto con nuestro confinado. No se admitirá ninguna conversación, salvo alguna nota manuscrita para sus peticiones.

Walker, en todo ceremonioso, entró en el pequeño dormitorio con las escasas comodidades acordadas. Una cama, una mesilla de noche, un pequeño escritorio, y el aseo ...

¡Queridos amigos, nos veremos dentro de seis meses, y quedará demostrado que la libertad de la que hablais no es tan valiosa!

Se hizo un murmullo, y el conserje procedió a cerrar la puerta de la habitación.

Durante días walker se pasaba los días fumando, leyendo el diario, y hasta canturreaba alguna que otra melodia. Con el paso del tiempo, algunas veces se le escuchaba hablar solo, e incluso algún llanto. Más de una vez algunos socios propusieron que se diera fin a semejante desatino, pero al final el propio confinado les conminaba a que lo dejaran sólo, y que, bajo ningún concepto, le abrieran la puerta. Quería demostrar que para nada echaba de menos la "libertad de los hombres".

Harper, mientras tanto, vio que semejante acuerdo le íba a costar una auténtica fortuna. Al acordarse el mismo, el tenía una situación económica bastante desahogada, pero los devaneos de la bolsa le habían hecho perder demasiado dinero. Pagar esas 18000 libras le íban a costar mucho, un precio demasiado alto por mantener una postura contraria a la de su amigo walker ...

Quedaban pocos días para el término del plazo apalabrado. Harper estaba muy preocupado. Sus finanzas, lejos de recuperarse, habían ido a peor. Y un desembolso de 18000 libras íba a ser un gran esfuerzo para él ...

Cuando apenas quedaban horas para el final del cautiverio de walker, entró de madrugada, sin que nadie lo viera, y se dirigió a la habitación dónde podía fraguarse su perdición. Abrió el pestillo exterior, y muy lentamente, entró en el interior ...

Dentro pudo observar a su amigo, pero estaba muy distinto al de hace unos meses. Dormido, y de costado, pudo observarle una cabeza con pelo cano, y sus facciones muy deterioradas. Sus manos, largas y huesudas, aventuraban que el largo confinamiento había dejado muchas secuelas ...

Miró a su alrededor, y se fijo en un pequeño cojín. Arma más que suficiente para terminar con la vida de este desgraciado, y no tener que pagar por su desvario ...

Al coger el arma homicida, se fijó en una pequeña nota.

Bueno, pensó Harper, serán los últimos deseos de este desgraciado con mis 18000 libras ... y la leyó:

"Queridos amigos. Todo este tiempo que he pasado en mi voluntario presidio, me he dado cuenta que todo lo que valorais, que quereis, que deseais, no tienen importancia para mi, ni tan siquiera el dinero acordado con mi amigo harper. Por todo ello, y en prueba de mis palabras, saldré una hora antes de lo acordado, para eximirle del pago acordado".

Harper se quedó perplejo. Tirando el cojín, besó a su amigo en la frente y retrocedió lentamente hasta la entrada, cerrándola.

A poco de terminar el plazo, alguíen dió la voz de alarma. La puerta de la habitación ocupada durante casi seis meses estaba abierta, con señales de haber sido forzada por dentro. Harper, al llegar al club, no tuvo por menos que sonreir y rendirse a la evidencia de que, realmente, le había ganado su amigo.

José María Vázquez Recio. Enero 2019


lunes, 31 de diciembre de 2018

Terapia:



Tarde de miedos.

El médico dijo con una voz exageradamente aguda:
  • Ahora, señor Martínez, cuénteme todo otra vez desde el principio. Señor Martínez, ¿ha entendido? Señor Martínez, desde el principio otra vez, ¿me comprende?
Entonces el enfermo levantó la cabeza y dirigió una mirada perdida, con las pupilas enormemente dilatadas, hacia el doctor, hacia nosotros, hacia su alrededor. Estaba asustado, volvía a bajar la cabeza, se sujetaba y se frotaba las manos, balbuceaba, la saliva chorreaba por su barbilla. Comenzó a hablar. Su voz era grave, hablaba despacio:
  • ¿El principio? ¿El principio, dice? Creo que todo comenzó unas semanas atrás, o unos meses tal vez. Yo estaba en la habitación de una pensión. Era por la tarde, sí, después de comer, ahora lo veo, creo... Empecé a oír un ruido lejano, apenas un susurro, como el que hace una pelotita de goma que rueda sobre un cristal con arena. Entonces, creo, no me preocupé y seguí trabajando, estaba escribiendo la historia de una mujer joven que temblaba en un rincón, que lloraba en la oscuridad de un rincón, en un rellano, quizá. Estaba describiendo su respiración entrecortada, forzada, imposible, agónica, irreal, cuando el ruido se hizo más evidente. Tal vez subiera de tono o tal vez la pelotita de goma se estuviera acercando, o creciendo, creo.
    Tuve que parar de escribir, sí. Y comencé a buscar el origen del ruido. Desbaraté toda la habitación sin encontrar su causa. El ruido empezó a hacérseme desagradable. Tenía que encontrar su origen. Tenía que pararlo. Creo que fue entonces cuando empecé a obsesionarme con él. No logré descubrirlo, ni pararlo, ni olvidarlo.
    Esa noche, creo, que acabé por reconocer mi impotencia. Después salí a la calle. Había otros ruidos que me impedían oír el mío. Más tarde, tal vez de tanto deambular, lo olvidé o eso creía yo.
    Pero no era así, unos días después el ruido me seguía acompañando. Ya no como el de una pelotita de goma rodando. Ahora había crecido y parecía como el que hace una rata cuando roe una nuez. ¿Me comprende, doctor? ¿Me comprende? ¿Me comprende usted?
  • Sí, señor Martínez, siga, siga. No se detenga. ¿Qué ocurrió cuando usted creyó oír de nuevo ese ruido?
  • No lo creí oír, doctor. Lo estaba oyendo. Yo me había puesto a escribir la historia de esa maldita mujer joven que lloraba en un rincón del rellano, a oscuras. Tenía el pelo largo, recogido en una cola y con un lazo... creo. No podía verle los ojos, porque tenía la cara entre sus brazos. Tal vez estuviese agachada. Entonces, cuando ella iba a girarse para mirarme, el ruido comenzó a crecer. ¿Me comprende, doctor? A crecer, a crecer porque el ruido no había dejado de sonar desde el principio. Aunque otros ruidos lo ocultasen, él seguía allí; había seguido allí desde el primer momento. Solo que ahora era mucho más fuerte, más evidente. Recuerdo que salí al pasillo de mi habitación para buscar a alguien, para que alguien pudiera decirme qué era o de dónde provenía ese maldito ruido. Pero nadie; el pasillo estaba vacío, nadie podía oír lo que yo no soportaba seguir escuchando. ¿Sabe usted, doctor? ¿Sabe usted lo que es oír de día y de noche ese maldito ruido, como el de una rata escarbando en alguna de las paredes de la habitación de esa maldita fonda? ¿Sabe?
  • No, señor Martínez. Lo sé ahora, ahora que usted me lo cuenta. Ahora...
  • ¡Cállese, doctor! ¿Quiere que le siga contando?
    El señor Martínez estaba aterrorizado, muy inestable, lo mismo hablaba pausadamente que comenzaba a elevar la voz y a mover las enormes pupilas de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. El doctor obedeció y calló. El señor Martínez continuó.
  • Así he estado semanas,... meses. Obsesionado con este maldito ruido de día y de noche, de noche y de día. A veces tenía que ponerme los auriculares y estuchar música a todo volumen. Esto me calmaba, la música de una gran orquesta a toda pastilla.
    La otra tarde me puse de nuevo a escribir. La mujer joven seguía llorando en su rincón con su largo pelo recogido, con su cara escondida entre sus brazos. Tal vez fuese una niña, una colegiala, porque creía ver entre las sombras una falda escocesa, unas piernas delgadas y unos calcetines largos. Estaba llorando, quise acercarme... pero de nuevo el ruido. No era un roedor. Entonces fue cuando lo percibí más claro y más fuerte, incluso sobresaliendo por encima de la música que sonaba estruendosamente en mis oídos. Parecía un sollozo, alguien sollozaba. Tal vez fuese en alguna de las habitaciones laterales. Alguien sollozaba en alguna habitación vecina. Salí al pasillo; todas las puertas estaban cerradas, las aporreé, intenté abrirlas,... nada. El sollozo era clarísimo tras la primera puerta a la izquierda de mi habitación. Empujé la puerta con el hombro y cedió sin dificultades. Nada. Dentro la habitación estaba vacía y ordenada. Nadie parecía haberla ocupado en meses. Después forcé la puerta de la derecha. Nada. Tampoco parecía haber estado ocupada desde meses.
    Estuve días sin salir a la calle. Solo escuchaba música a toda pastilla. Recuerdo que me dolía la cabeza, doctor. Me dolía la nuca, doctor. Insoportable. Como ahora, doctor. Pero no podía dejar de escuchar la música. ¿Quieren ustedes callarse? Este sollozo me está destruyendo, doctor. No puedo más, doctor. Deme algo, doctor. Deme algo o máteme, doctor, por favor.
  • No, señor Martínez. Tranquilícese. Tiene usted que volver a su habitación. Vamos, vuelva, tiene que ser ahora, señor Martínez. Entre de nuevo. ¿Ha entrado ya? Dígame.
  • Sí, doctor. He vuelto a entrar. Todo está alborotado. Es una verdadera pocilga, doctor.
  • Déjese ahora de ello, señor Martínez. Vuelva a su escritorio, siéntese y vuelva a escribir. Describa de nuevo a esa muchacha.
  • Ya le he dicho que no es una muchacha, es una niña, doctor. Está llorando al final del pasillo, en un rincón. Esconde su cara. Creo que tiene miedo. Doctor, está llorando otra vez y esconde su rostro, doctor. Solloza, doctor.
  • Ahora, señor Martínez. Muy despacio, vaya acercándose a ella. Muy despacio, que no se sobresalte y salga corriendo, señor Martínez.
  • Sí, doctor. Estoy depié a su lado. Es muy pequeña. No deja de llorar. Tiembla. Creo que me tiene miedo a mí, doctor. Me teme a mí. No deja que la toque. No deja que le toque el pelo, doctor.
  • Ahora, señor Martínez, ahora tiene que hacer que le mire. Intente, con suavidad que le mire a usted. Vamos tóquele el pelo, la barbilla. Que gire la cabeza y que pueda usted mirarla a los ojos. Inténtelo, señor Martínez.
  • No quiere, doctor. No quiere. Ahora, ahora. Pero... pero... pero... qué me pasa, doctor; soy yo, doctor. Soy yo quien llora, doctor. No es una niña, doctor. Esto no puede ser, doctor.
  • Ahora, señor Martínez, ahora. Cójala del cuello. Apriete. Mátela. Ahora, señor Martínez. Hunda sus pulgares en su cuello. Vamos. Con fuerza. Apriete.

El Señor Martínez se hundió en un sueño profundo. Estaba como inconsciente tumbado en el diván. El doctor dijo:
  • Por fin, creo que este pobre diablo ha acabado con su monstruo. Vamos, enfermeros. Dejémoslo descansar. Salgamos de la habitación.
José Manuel Martínez Arias.

La luz que se apaga:




Siempre deseamos volver adonde fuimos felices.
Como si ese lugar encerrara todas las claves, todas las respuestas a nuestras preguntas.
Y miramos esa región infinita, que guardamos intacta en la memoria, y a la que acudimos prestos y ágiles con el gozo alegre de los niños cada vez que empiezan a jugar, como nuestra fortaleza más preciada.


Pero siempre ya pronto no podrá ser.
Dejará de existir.
En algún momento ese refugio que me cobija desaparecerá.
Y ya no podré volver allí.

De todo este horror que me acecha, ese sería mi mayor castigo.
No hay salvavidas que me aleje de la noche, del olvido.
Nadie podrá entenderlo.
Nadie comprenderá.

El frio helado que te congela por completo cuando no sabes quién eres y dónde estás.

Hasta ahora los episodios han sido momentáneos, fugaces y breves, apenas unos minutos de confusión tras los que la conciencia reaparece y coloca todo en su sitio. Sacudidas repentinas como espasmos que la luz de tu memoria vence firme.


Pero ese intervalo que se te hace interminable en el que estuviste deambulando, perdida en una noche negra de incomprensión es la secuela que te dejará el olvido.

En la oscuridad no puedes ver, pero sí puedes tocar el miedo que te agarra. Es denso y pesa.

La luz se enciende y te trae el alivio y la calma.
Pero yo sé que un día la luz se apagará para siempre, y no podré salir del laberinto oscuro y me quedaré vagando entre tinieblas.

Sin saber quién soy, ni dónde estoy.
Sin poder volver.

Por eso recordad estas palabras que ahora escribo y no lamentéis mi decisión.
Sé lo que hago.
No quiero vivir sin luz.
Maribel de la Fuente Hernández.


viernes, 28 de diciembre de 2018


EL TELÉFONO.

La historia que voy a contaros es absolutamente verídica. Así nos lo dijo la brillante narradora que nos la contó, hace muchos años, una noche de verano.

Era la primera vez que Marisa se quedaba sola en la casa nueva. Sus padres y sus tres hermanos habían salido a comprar los regalos navideños de última hora y ella se había quedado estudiando . Parecía mentira que ya mismo sería Nochevieja y que un nuevo año fuese a comenzar.

1975 había estado lleno de acontecimientos. En España, la muerte de Franco y para su familia, la mudanza a la casa nueva. Se le hacía extraña todavía, todo olía a nuevo. Al estar en las afueras extrañaba tanto silencio, tan distinto al bullicioso barrio donde habían transcurrido sus primeros años. Pero era el sueño de su madre, mudarse a las afueras a una casa de dos plantas, donde cada uno tenía su habitación.

Hacía frío arriba, así que prefirió bajarse al salón. Rodeada de libros y cuadernos, intentaba no pensar en su soledad. Logró abstraerse tanto que, cuando sonó el teléfono se sobresaltó. Se alegró de la interrupción y descolgó confiando en que serían sus padres, anunciando que pronto estarían de vuelta. En vano esperó una respuesta, al otro lado de la línea solo se escuchaba un extraño jadeo, que se iba volviendo cada vez más intenso. Marisa se apresuró a colgar, pensando que alguien le estaba gastando una desagradable broma. Sin embargo, la inquietud se había apoderado de ella y deseó, más que nunca , que su familia regresase pronto. Volvió a centrarse en sus libros y, cuando ya estaba consiguiendo concentrarse, el teléfono volvió a sonar. Estuvo tentada de no descolgar, pero podía ser importante. De nuevo aquel escalofriante jadeo sordo al otro lado del teléfono. Lo sentía tan cerca que era casi como sentir el aliento de aquel desconocido en su nuca. Esta vez el pánico se apoderó de ella. Volvió a colgar y llamó a la policía. Una amable agente la atendió, intentó tranquilizarla y le dio unas instrucciones: la próxima vez debía retener la llamada todo lo posible para que ellos pudieran localizarla.

Rezó para que no se produjera. Pero fue el vano, el teléfono volvió a sonar y no tenía más remedio que cogerlo. Aquel sonido le ponía los pelos de punta. Aquella respiración profunda no parecía que pudiera salir de un ser humano. Luchando con su temor mantuvo la línea abierta todo lo que le fue posible.

Nada más colgar, el teléfono sonó de nuevo. Era la agente con la que había hablado antes. Esta vez su voz no sonaba tranquila.
  • Tengo que preguntarte algo -le dijo- ¿tenéis teléfono supletorio en casa?
  • Si- contestó Marisa- en la planta de arriba.
  • Entonces, sal corriendo, porque te están llamando desde tu mismo numero.

Ante este final, todas las chiquillas que escuchábamos las historia quedamos sobrecogidas. Estábamos sentadas en un velador y habíamos decidido contarnos historias de miedo. Nos habíamos metido tanto en la historia que cuando una voz resonó a nuestra espalda todas gritamos al unísono. Era nuestro primo mayor que se había acercado a ver que nos tenía tan interesadas. Al final, la tensión acumulada acabó en carcajadas.

Ana María Cumbrera Barroso.