En una
aldea de la antigua China.
El
joven Wang se revolvía inquieto en su camastro. Era la noche antes
de su boda.
-Padre-
preguntó al anciano que dormía a su lado-¿es hermosa la mujer?
-Hijo
mío, un campesino pobre como tú no puede permitirse una mujer
hermosa.
Wang
pasó el resto de la noche en un duerme-vela y se levantó al
amanecer. Antes de salir, dejó el té preparado para su padre
pensando que era la última vez que se ocupaba de los menesteres
domésticos que realizaba desde que murió su madre.
Era
muy temprano cuando se dirigió a la ciudad. Enormemente cohibido
entró en la Casa Grande. En aquel lugar su futura mujer había
servido como esclava desde su nacimiento. Lo hicieron pasar a una
enorme y suntuosa sala de espera. El suave sonido de unos crótalos
le indicó que podía pasar al salón principal para presentarse ante
el dueño de la casa. Otros campesinos como él esperaban su turno.
-Aquí
tienes a Xinlang- le indicó el Señor-es sumisa y trabajadora, será
una buena esposa para tí.
Wang
y la joven abandonaron la casa. Ella le seguía a una corta
distancia, caminando con la cabeza baja. Era cierto que no era bella
, de haberlo sido, el Señor se la habría reservado para sí o para
sus hijos. Su cara era redonda y carente de atractivo, sus manos
bastas, acostumbradas al trabajo. Era fuerte , robusta y muy
silenciosa.
Desde
aquel día la mujer lo acompañó siempre a labrar la tierra, además
de ocuparse de la casa y de su anciano padre. Wang no la amaba como
había soñado que amaría a su mujer, pero no dejaba de notar a cada
momento como su vida había mejorado desde su llegada. No hablaba
mucho, tampoco se quejaba nunca. Tres hijos varones vinieron al
mundo. También paría en silencio. Incluso embarazada seguía a su
lado labrando la tierra y cuando le llegaban los dolores soltaba la
azada. Cuando Wang llegaba a casa, su nuevo hijo estaba ya en el
mundo. Xinlang lo alumbraba completamente sola.
Pronto
los hijos fueron creciendo y hubo mas manos para trabajar la tierra.
Las cosechas fueron buenas y Wang invertía sabiamente su dinero en
comprar mas terrenos. Al llegar a su madurez todos lo consideraban un
hombre rico.
Por
primera vez en su vida Wang empezó a tener tiempo libre por lo que
empezó a frecuentar la ciudad y las casas de ocio.
- ¿Cómo es que un hombre acomodado como tú no visita la Casa de las Flores? - le decían sus nuevos amigos- allí verás a las mujeres más hermosas que hayas visto en tu vida.
Movido
por la curiosidad se presentó allí una noche. Lo trataron con
exquisita amabilidad y le mostraron las miniaturas de unas bellísimas
jóvenes. Deslumbrado, Wang señaló a una que parecía casi una
niña.
Aquel
día, el día que conoció a Loto, comenzó su cielo y su infierno en
la tierra. Ella era graciosa y menuda, le hablaba con tal dulzura,
que conseguía de él todo lo que quería. Él iba todas las noches,
pero siempre se iba insatisfecho. Sentía por ella una sed que nunca
se apagaba.
- ¿Y por qué no te la llevas a tu casa como segunda esposa?- le decían sus conocidos- un hombre rico como tú merece algo mejor que tu vieja y fea mujer.
Así
fue como Wang llevó a Loto a su hogar. Antes hizo reformas, mandó
construir otro patio y unas habitaciones para ella. Los primeros
meses no se separaba de su lado, descuidó sus asuntos y , poco a
poco, su sed se fue calmando.
Durante
esos días evitaba a su primera esposa. Ella no le decía nada-como
siempre-pero sus ojos , tristes y cansados, le hacían sentirse mal y
eso le enfurecía.
Una
mañana, volvió temprano del campo y decidió descansar junto a
Loto. Al entrar en la estancia, ella gritó. El alma de Wang se
desgarró en pedazos al descubrirla en los brazos de su hijo mayor.
La
desgracia se cirnió sobre su casa. Expulsó a su hijo y , al poco
tiempo, Xinlang cayó enferma. Wang empezó a visitarla cada tarde y
descubrió que aquella mujer, siempre tan callada, guardaba como un
tesoro cada recuerdo de los momentos que habían vivido juntos: el
día en que la recogió en la casa grande, sus primeros años juntos,
la época en la que eran pobres y cultivaban la tierra codo con
codo...Una noche se fue, tan calladamente como había vivido. Al
soltar su mano, Wang creyó escuchar de nuevo el dulce sonido de unos
crótalos, los mismos que escuchó una vez, muchos años antes,
cuando la conoció.
Ana
María Cumbrera Barroso.