Mientras abrazaba a su hermana, deshecha en llanto, la mirada de María divisó un paraguas junto al que acababa de dejar en el paragüero. También era suyo. Carlos lo cogió en el último momento, cuando sintió la lluvia golpear los cristales.
Carlos, el marido de su hermana. No podía recordar ninguna época de su vida en que no lo hubiese amado. Cuando lo conoció, ya como novio de Laura, ella no tendría más de diez años. Él la trató siempre como a una hermana pequeña, la niña con quien jugaba mientras esperaba que Laura terminase de arreglarse. Siempre fue su confidente, le contaba todo, sobre sus estudios, sus amigas, los chicos insoportables de su edad…¡Carlos era tan diferente a aquellos niñatos que no sabían relacionarse sin bromas de mal gusto y frases hirientes! Por eso se convirtió en su ideal. Nunca se planteó siquiera la posibilidad de que se fijase en ella, pero, a medida que se hacía mayor y empezó a salir con chicos, a todos los comparaba con él, y no salían ganando precisamente.
Los años pasaron, Laura y Carlos se casaron, y entre su cuñado y ella siguió existiendo siempre esa relación de complicidad que, con el tiempo, se transformó en una profunda amistad. Se veían muy a menudo y siempre acababan charlando y riendo por cualquier cosa.
Un día coincidieron a la salida del trabajo. Acabaron en una cafetería, como tantas veces y, sin embargo, algo había cambiado en la mirada de Carlos. No había luz en sus ojos. Le confesó que se sentía asfixiado por la rutina, que no era culpa de Laura, pero que no podía evitarlo. Aquella quedada semanal se convirtió en rutina, un día cayeron en la cuenta de que ninguno de los dos le había hablado a Laura de estos encuentros. Otro día, sin saber como, sus manos se entrelazaron, y ya no pudieron soltarse.
Fue el suyo un amor vivido con total intensidad, porque estaban convencidos de que sería efímero, por lo imposible de sus circunstancias. Muchas veces intentaron dejarlo, pero sus recaídas no hacían más que reavivar la pasión que sentían el uno por el otro. Aquel día, María lo intentó una vez más, no podía hacerle esto a Laura, a la que siempre había estado tan unida, pero entonces él le dijo seis palabras:
Si me dejas, me quedaré muerto.
María lo miró y asintió en silencio y Carlos salió de casa con su paraguas. No había marcha atrás. En ese momento se rindió a la evidencia de que había que elegir: o sufría Laura , o tres personas serían infelices el resto de sus vidas.
Y ahora, mientras consolaba a su hermana, volvió a abrazarla antes de hablar, sabiendo que sería el último abrazo entre las dos.
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