jueves, 23 de abril de 2020

Su mejor amiga:


 Gabriel acabó de meter un par de documentos en su maletín, y cerró con llave nerviosamente el cajón de su mesa de despacho. Marta, su secretaria, estaba algo distraida mirando el monitor de su ordenador. Le hizo una señal, pero al ver que no lo veía, desistió de su empeño. De todas maneras, ya quedaba poco para irse a casa.


¡Por fin eran las cuatro de la tarde!. Gabriel acababa de salir de su trabajo, se paró a tomar algo en un bar cercano cerca de su bufete, y se disponía a pasar un par de horas con Raquel.

¡Le encantaba estar con ella!. Estaba acostumbrado, más bien resignado, a que día tras día alternase con muchos clientes, compañeros, conocidos, pero que a ninguno le pudiese llamar amigo. No hay peor soledad del que está permanentemente rodeado de gente pero que ninguno te sonría y te pregunte ¿cómo te encuentras Gabriel?, y que todo sean frases formales, sin ningún contenido. Palabras de cumplido, corteses, pero vacias de la mínima complicidad necesaria para hacerte parcicipe de un sentimiento de verdadera amistad ... pero con ella no era así.

Aparcó su coche en una calle cercana. Siempre le costaba encontrar un lugar cercano, sobre todo porque después disponía de poco más de 15 minutos para llegar de nuevo al bufete, y nunca le gustaba llegar tarde ...

Subió los cuatro escalones antes de llegar al portal y, nervioso, apretó el botón correspondiente al 2ºc. A los pocos segundos, escuchó su voz. ¿eres tú Gabriel? ¡sube!.

Una vez en el portal, saludó a un vecino que lo miró con gesto hosco. Gabriel se limitó a dar las buenas tardes, y siguió su camino al ascensor. Su tiempo, el tiempo de ambos, era corto y había que aprovecharlo.

Raquel lo recibió con un beso en la mejilla, y le preguntó si le apetecía algo, Él le pidió café, y se fué a la pequeña cocina a prepararlo. Gabriel, mientras tanto, se desanudó la corbata, se quitó la chaqueta, y se sentó frente al pequeño televisor del apartamento. Apenas 5 minutos después, una taza de café humeante ocupaba su mano derecha, pero sin apenas haberlo podido probar, con la izquierda agarró a Raquel por la cintura, demostrándole lo que realmente le apetecía ...

Sin más tiempo para prolegómenos ambos se fueron a la pequeña cama existente en el apartamento. Apagaron la luz, y ambos se entregaron a su amor poco legítimo. Tenían sus vida por separado, familias, etc ... pero ese era su momento, su tiempo, y no querían perdérselo, cómo así habia sido una vez por semana, hace ya bastantes años. Nunca, y ambos se conocían desde hacía bastante tiempo, se preguntaron quién más había en sus vidas. Se sabían sus nombres, verdaderos o no, y sus números de telefono móvil, y era más que suficiente. Para que querrían saber más el uno del otro, si ni les hacía falta. Estos encuentros eran sólo para ellos. Un lugar dónde sólo quedaba un rato de complicidad y amor fugaz, sin más expectativas. Un lugar dónde al poco de marcharse, sólo quedaría un bonito recuerdo dónde habite el olvido ...

Estaba Gabriel en estos pensamientos, apurando un cigarrillo en la cama, cuando Raquel se levantó de la misma. Se puso una bata muy ligera, y con un beso cariñoso en la frente, le dijo que iba al baño a darse una ducha. Gabriel se incorporó, y comenzó a vestirse. Miró nerviosamente el reloj, y se percató de que ya eran cerca de las seis ...

Una vez listo, entreabrió la puerta del cuarto de baño. Raquel aún se estaba duchando y cuando Gabriel le dijo adios, ella le contestó con una preciosa sonrisa.

Gabriel se dirigió a la puerta, y al abrirla, se percató de que se había olvidado de algo. Entre risas, volvió al dormitorio, y miró en su interior. Una vez dentro, abrió un pequeño cajón dónde había un sobre de color morado. Lo abrió, y depositó en él 150 euros. Era el precio a pagar por un rato de felicidad.

José María Vázquez Recio.



domingo, 9 de febrero de 2020

El cuñado:


Javier dirigió, resignado, sus pasos al hospital. Aquella tarde le tocaba quedarse con su madre, ingresada desde hacía dos meses. Entre todos los hermanos se organizaban bastante bien. Seguía resultándole extraño ver a su madre postrada en aquella cama, ella era siempre la que cuidaba a los demás y la que, hasta hace poco días, llevaba su casa con total independencia, además de estar siempre disponible para echar una mano a sus hijos y nietos. Según los médicos tenía un poco de todo: el corazón, la tensión alta, algo de insuficiencia respiratoria... pero ¿qué podía esperarse, con la edad que tenía? Sus hijos, a pesar de todo, mantenían la esperanza de que saldría de esta. A Javier lo que más le preocupaba era su estado de ánimo, esa inquietud y esa depresión no eran propios de ella.

Aquella tarde, Javier solo aspiraba a una cosa, distraerse con la telenovela que todas las tardes veían su madre y su compañera de cuarto. Nunca lo confesaría en voz alta, pero estaba totalmente enganchado a los amores y desamores de Antonella y Luis Alberto. Sin embargo, su madre parecía tener la cabeza en otro cosa, pues a cada momento interrumpía su concentración con ganas de cháchara.

_- Javi hijo ¿tú te acuerdas de la María Engracia, mi prima del pueblo? La que estaba casada con el Andrés. Ella siempre decía que era un buen hombre, aunque algo soso y arisco. Pero ¡échame cuenta hombre! Que te quiero contar la historia.

Javier fingió prestarle atención, aunque la verdad es que estaba más pendiente de como Antonella confesaba a Luis Alberto que él era en realidad el padre de su hijo.

- Pues veras, mi prima era feliz a su manera. Llevaba cinco años casada y en la granja no le faltaban trabajos ni ocupaciones. Lo único que echaba en falta era tener hijos, pero todo el mundo le decía que eran muy jóvenes, que ya llegarían. Pero el día que conoció a su cuñado su mundo se puso patas arriba.

-¿Tanto peligro tenía el cuñado?- comentó Javier, por seguirle la corriente a su madre.

    • Es que resulta que su cuñado Santi vivía en Bélgica, donde había emigrado muy jovencito, por eso no vino a su boda y ella no lo había conocido hasta aquel verano, que había ido al pueblo a pasar las vacaciones. Lo cierto es que las cosquillas que sentía en el estómago cada vez que lo veía no las había sentido nunca con su marido ¡y aquella forma de mirarla! La prudencia le decía que sería mejor no quedarse a solas con él. Pero se quedaron y por más que ella se decía a si misma – por favor, María Engracia, piénsalo con cautela- ni pensó ni nada y pasó lo que tenía que pasar.

-¡Vaya tela mamá! Yo que creía que esas cosas en tus tiempos no ocurrían. Pues está muy bien la historia.

    • Pues no ha hecho más que empezar hijo, porque resulta que cuando él se marchó a Bélgica, ella intentó autoconvencerse de que las cosas seguían como antes. Ella quería a su marido y lo de su cuñado había sido una locura que no volvería a repetirse. Pero resulta que, unas semanas después, descubrió que estaba embarazada y ¿qué podía hacer ella? Pues tragárselo todo y dar la noticia y todo el mundo feliz y contento, sobre todo Andrés, al que la noticia del niño le hizo muchísima ilusión. El caso, se decía ella, que como poder, también podía ser hijo de su marido, lo único seguro es que el niño salió clavado a la familia paterna.

Llegados a este punto, Javier guardó silencio, confiando en cogerle el hilo a la novela, pero su madre no se daba por vencida.

    • Pues ahí no termina la historia. Su cuñado volvió el verano siguiente y el otro y el otro. Y siempre pasaba lo mismo, ella se juraba a sí misma que no recaerían, pero recaían ¡vaya si recaían !y en septiembre ella volvía a descubrir que estaba embarazada.
    • ¿ Y nunca dejó a su marido?
    • ¡Qué va! Ella era sincera cuando decía que seguía queriendo a Andrés, que además, desde que se veía rodeado de niños, era otro hombre y nunca fue capaz de abandonarlo, por más que Santi se lo suplicaba cada verano. Al final del cuarto verano no volvió más y acabó casándose con su novia belga.
    • ¡Para que luego digan de las telenovelas!


Dos semanas después, Javier y sus hermanos se citaron en el caserón familiar para recoger entre todo los recuerdos de toda una vida. Su madre, después de una ilusoria mejoría, se apagó poco a poco y se fue rodeada del cariño de su familia. Él no se había vuelto a acordar de la historia de María Engracia hasta que su hermana Tere les enseñó a todos una fotografía.

    • ¿Quién será este hombre que esta en la foto con mamá? ¿Os habéis fijado en lo guapa que está? No había visto esta foto en mi vida, estaba en la mesilla de noche, junto a su cama.
    • Es el tío Juan -dijo Ernesto, su hermano mayor- lo recuerdo de cuando venía al pueblo de vacaciones. Vivía en Bélgica, vosotros erais muy pequeños.
Y fue entonces cuando Javier recordó con todo detalle aquella historia que había escuchado de mala gana. No pudo menos que admirar la forma tan sutil de su madre de descargar la conciencia. Emitió un profundo suspiro, llamó a sus cuatro hermanos y tras sentarlos les dijo:

    • Chicos, tenemos que hablar.
Ana Cumbrera Barroso

El sueño de Silvia:


Era un domingo de final de enero, cerca del mediodia. El Hospital Provincial recibía muchas visitas ese día, y los pasillos del mismo era un ir y venir de familiares y amigos queriendo visitar a sus parientes enfermos.

La familia de Silvia esperaba pacientemente a que saliera el médico de la habitación. Sus tres hijos, acompañados de las esposas, se miraban entre si, preocupados porque todo presagiaba el final de la vida de su madre. El más pequeño se rebelaba más si cabe ante esta situación. No la consideraba justa, tan llena de vida hace apenas unas semanas ...

Por fin, el doctor salió de la habitación con gesto grave, y miró fijamente al primero de los hijos que lo abordó ... "su situación es muy grave. Les recomiendo que estén localizables porque no creo que soporte una noche más ...".

Pasaron al interior de la habitación, y todos sacaron fuerzas de flaqueza para ofrecerle a su madre un pequeño halo de esperanza. A Silvia, sin embargo, mujer avezada en la vida, y que se tuvo que hacer cargo de sus hijos una vez terminada la guerra, no le hacía falta casi nada para saber que sus dias de lucha y entrega se acababan ...

Silvia se dirigió a su hijo mayor, y con su voz cansada le preguntó quién fue quién la acompañó esta última noche. Él le contestó que había estado él, y que su cuñada María estuvo la noche anterior.

¡No!, insistió Silvia. Recuerdo a una mujer alta, muy delgada, vestida como si fuera una novia, con un vestido blanco precioso.

¡Mamá, no te habrás confundido con alguna enfermera! ¡Para nada!, contestó ella. La enfermera hubiera encendido la luz, sin importarle nada que hora fuera. Pero esta mujer estuvo conmigo, a mi lado, hablándome sobre vosotros, sobre mis nietos, y haciendome recordar días felices de mi infancia y mi juventud con vuestro padre ...

Los hijos se miraron entre ellos. Posiblemente, fruto de la medicación administrada para aliviarle los dolores, tuvo alguna alucinación o sueño demasiado real.

¡No me mireis asi, como se estuviera loca! Recuerdo muy bien cómo me dió varios besos en la mejilla, y su voz era dulce, muy dulce.

Su hijo mayor se le acercó, y besándole suavemente en la frente, le dijo que si, que tenía razón, pero que él no salió nada más que a tomar café apenas15 minutos, y que no recordaba a nadie más junto a su madre.

El reloj de la fachada principal del hospital marcaba las 9 de la noche, y comenzaron a advertir por la megafonia que las visitas tenían que marcharse. Una de las nueras se quedaba aquella noche y, siguiendo el ritual acostumbrado, acompañó a Silvia al cuarto de baño, la acomodó con cariño en su cama, le quitó sus gafas, y se despidió de ella deseándole buenas noches, antes de apagar la débil luz que alumbraba el cabecero. Al poco rato, ambas dormían placidamente, y sólo se escuchaban algunos enfermos, en escapadas furtivas para charlar un rato, apurando con culpabilidad un cigarrillo antes de que la enfermera de planta los descubriera ...


La noche transcurría lentamente, y apenas se escuchaba el ruido de algún coche saliendo del aparcamiento. Silvia languidecía, debílmente, moviéndose de forma agitada a un lado y a otro. En aquel instante, alguién con un ramo de flores abrió la puerta, lentamente, dejando tras de si un pequeño hilo de luz procedente del pasillo del hospital.

Silvia enarcó las cejas, y, sonriendo, se alegró de ver nuevamente el rostro de aquella mujer. Movió timidamente su mano derecha, diciéndole que se acercara. Ella, llevándose el índice de su mano derecha a sus labios, en ademán de que no hablara, puso las flores sobre la pequeña mesilla y, mientras con una mano apretaba dulcemente la de Silvia, con la otra cerró sus ojos bañados en lágrimas, ya carentes de vida.

José María Vázquez Recio

miércoles, 13 de noviembre de 2019

La carta:



Querido papá.

Como veras estoy cumpliendo la promesa que te hice de escribirte periódicamente para contarte cómo me va. Como tú muy bien decías, estas cartas me servirán de diario para recordar todas las vivencias de mi experiencia Erasmus. Sí, ya se que han pasado dos meses desde mi llegada y que esta es la primera carta, pero como dice la abuela: nunca es tarde si la dicha es buena.

Empezando por el principio te diré que fueron un poco desmoralizadores. Parece mentira que en una ciudad tan bonita como esta yo alquilase en el barrio más feo. El piso también es un poco cutre y ,como dijo mamá al verlo, con más mierda que once jamones. Menos mal que mis compañeros de piso son geniales, aunque con ellos hay que tener una mente bastante abierta.

El primer día, mamá y yo llegamos cargadas como mulas. A ella, ya la conoces, le dio un ataque de los suyos e hizo limpieza general, ante la sorna de mis compañeros, que me decían por lo bajo, que todas las madres de Erasmus hacen lo mismo. La verdad es que una vez que ella se marchó la limpieza duró poco.

Estoy todo el día muy ocupada, entre las clases y las fiestas. Te alegrará saber que soy mucho más prudentes que mis compañeros y no acepto más de una quedada al día, pero considero que es fundamental conocer a personas de otros países y culturas. Viajar también me ocupa mucho tiempo, no puedo perder la oportunidad de conocer todo lo que pueda. Pero tranquilo, que también estudio.

Estoy madurando muchísimo. Soy menos escrupulosa que antes y ya lo de la hornilla sucia o el lavabo con pelos me da igual. La verdad es que aquí no tenemos tiempo para nada, menos mal que la semana que viene se incorpora una compañera y seguramente su madre nos hará limpieza. Esto me lleva a una interesante reflexión sobre la igualdad de géneros: vienen padres y madres, pero siempre limpian las madres, vuestra generación se ve que no ha conseguido la igualdad. Afortudamente la mía si, pues no limpiamos ni los chicos ni las chicas.

En el tema de las comidas también he madurado mucho. Sé que te preocupaba mucho que no sé cocinar, pues bien, sigo sin saber, pero ahora ya nunca protestaré por las comida de casa en las que pienso con nostalgia, aquí solo comemos lo que sale del microondas. Mis compañeros y yo os agradeceríamos en el alma un envío con chacinas envasada, sobre todo de jamón.

Bueno papá me despido ya. Os echo mucho de menos. Besos y abrazos para todos.

PD. Por poco se me olvida, ¿podrías mandarme dinero, por favor?

Ana Cumbrera Barroso




Recuerdos de Ansterdam:



... Una persona puede nacer en un día, y puede comenzar a morir en varios. Me invadía este pensamiento cuando, sentada en la parte posterior de la iglesia, veía cómo varios hombres portaban su cuerpo, después de un breve responso, hacia la salida ...

Me levanté ayudada por una de mis amigas, y ambas nos abrazamos compugidas, llorando, sin posible consuelo. En aquellos momentos, mis recuerdos me llevaron a unos meses antes, a mi llegada a Amsterdam para realizar mi último curso de la carrera. Fueron las primeras semanas muy azarosas, conociendo a compañeros y profesores nuevos, y con días a los que les faltaban horas entre clases y salidas nocturnas ...

En una de ellas lo conocí. Prácticamente forzada por una amiga, que me insistió en que en aquel bar podríamos comer algo mientras jugábamos al billar, juego que, por otra parte, detestaba. Para no contradecirla, y también porque no me apetecía pasarme el resto de la noche estudiando sola, accedí.

Era uno de esos antros llenos de estudiantes, con poca luz y demasiado humo de fumadores poco respetuosos con las necesidades de respirar ajenas. Encontramos un pequeño hueco en una barra atiborrada de gente pidiendo cerveza. No sin esfuerzo, conseguimos un par de jarras y nos dispusimos a buscar alguna compañia masculina. No había gran cosa para elegir, y mi amiga no dejaba de señalarme con la mirada a uno o a otro, cuando ahí estaba él ...

Al principio creía que no me miraba a mi. Aparté la mirada, y al instante, volví mi mirada en su dirección. Ahí seguía, mirándome fijamente. Al ver que me fijaba en él, sonrió. Creí entenderle algo que me decía, pero fué más su gesto de invitación a que salieramos fuera del local lo que me hizo asentir y acercarme a él. Me dispuse a avisar a mi amiga, pero ésta estaba con otro chico riendo y pensé que tampoco sería una preocupación para ella que me fuera ...

Al salir, me lo encontré de espaldas, apoyado en un coche y fumando un cigarrillo. Volvió a sonreirme, y en un inglés poco fluido me preguntó mi nombre. Yo le contesté que mi nombre es Elena, que era estudiante, y española. No hizo falta más. Me besó dulcemente en los labios y cogiéndome suavemente de la mano, me llevó a un coche. Estuvimos un buen rato en el aparcamiento. Cuando más disfrutabamos ambos de nuestros respectivos encantos, un fuerte golpe sacudió nuestros corazones. Una chica, muy nerviosa, intentaba en vano abrir la puerta del vehículo sin conseguirlo. Le entendí entre sollozos que qué significaba aquello, y con quién la estaba engañando. Él, sin mediar palabra, arrancó el vehiculo sin dirección aparente.

Yo me acomodé en mi asiento y, al cabo de unos minutos, le pregunté quién era ella. Él no me contestó inmediatamente, pero al tiempo me dijo que era una antigua amiga. Yo me imaginé que sería algo más que eso, pero no le quise preguntar más. Me dejó en la puerta de la residencia sin mediar media palabra más. No supe en ese momento decirle algo, si volveriamos a vernos, su número de móvil, pero no ví oportuno nada. Le dije adiós, y me fui a mi habitación.

Durante buena parte de la noche mi pensamiento no se apartaba de él. Le daba vueltas y vueltas a la cabeza, y no acertaba a determinar que era lo que más me convendría. Pensé en acudir al mismo bar al día siguiente, pero no estaba convencida de que fuera lo mejor ...

Al día siguiente, entre horas de clase y la vuelta a mi rutina diaria, me lo conseguí quitar de la cabeza. Mi amiga me propuso que tomaramos algo en la cafetería y, después, aprovecharamos la tarde escuchando música. El día era frio y desapacible, e invitaba al recogimiento. Yo asentí, y nos dispusimos a seguir ese plan. Pero a la vuelta, allí estaba él ...

Llovia torrencialmente, sin nadie más en la calle. Su figura, alta y espigada, aguardaba pacientemente en la puerta. Una vez que me reconoció sonriéndome, me saludó. Yo también le saludé, y con un sonrisa cómplice mi amiga se marchó. Sólo las buenas amigas saben que hay momentos en que es mejor dejar el campo libre ...

Sin mediar palabra, y agarrándome fuerte por la cintura, me besó. Me hubiera gustado preguntarle en mi escaso inglés que pasó el día anterior, pero no me dió oportunidad. Con un gesto de la mano, me invitó a subir al coche.

Al poco rato, llegamos al amplio aparcamiento de un bar. Se escuchaba música alta y gente cantando. Lo miré y, ante su mirada inquisitiva de que mé parecía el lugar, asentí. Me cogió de la mano, y nos dispusimos a tomar algo.

No pasaron ni cinco minutos, cuando un chico llamo deliberadamente mi atención. Se nos quedó fijamente mirando, y con gesto algo airado, avanzó con grandes pasos a nuestro encuentro. Él estaba aún distraido pidiendo unas copas y él, sin media palabra, le llamó tocándole el hombro. Al volverse, el ruido de un gran bofetón rompió el alegre ambiente que había. Todos se volvieron a ver la escena, que indudablemente prometía, pero para mí, que era la segunda vez que era testigo de estos encuentros, me empezaba a contrariar bastante. Ví lo suficiente cómo para imaginar la historia, y el amargo sabor del despecho que desprendía todas las palabras que le estaba diciendo.

Creí que era oportuno salir de allí. No quise volverme a mirar cómo terminaba esta historia, porque, entre otras cosas, me resultaba muy ajena, o así quería yo interpretarlo. Cogí un taxi y, al querer dar mi dirección, el apareció de la nada y, sujetando la puerta, me pidió que le esperara.

No sabría decir porque lo hice, pero lo hice. Tras dar una generosa propina y pedirle disculpas al taxista que me miraba entre cínico e irónico, lo esperé en la puerta del bar. Al poco salió nervioso, con prisas, y, agarrándome de la mano, me llevó al interior de su coche.

De camino de vuelta a mi residencia apenas habló. Era la segunda vez que me veía en una de estas, y ya sólo quería llegar a mi habitación, ducharme y acostarme. Al día siguiente esperaba otro día duro de clase. Mi amiga, al verme entrar, no vió oportuno decirme nada. Yo se lo agradecí, con un gesto de contrariedad en mi cara y lágrimas en los ojos.

Al día siguiente, el ruido de una llamada telefónica nos despertó. Apenas eras las 7 de la mañana. Al otro lado, alguíen me preguntó si conocìa a Jerry. Al principio, aún aturdida, no sabía de quién me estaba hablando. Al seguir escuchándole con atención, las lágrimas saltaron en mis ojos. Jerry, el chico de mis últimos encuentros y desencuentros, había aparecido muerto la noche anterior en su habitación. Me preparé lo más rápidamente que pude, con una mirada icrédula de mi amiga cómo despedida ...

Al llegar a su habitación, la puerta estaba abierta, y llena de curiosos. Encima de la cama, semidesnudo y cubierto por una fina sábana, yacía él. Al fondo, un médico forente le decía a un responsable de la residencia algo en voz baja. Buscando respuestas, me fijé en otra chica que, sentada en su cama, lloraba.

Al verla, creí reconocerla. Ella también me reconoció y, sin mediar palabra, me abrazó, buscando en mi el imposible consuelo. Nos invitaron a ambas a salir de la habitación, ya que se disponían a sacar su cuerpo. Su imagen, cubierta con una sábana, sería un recuerdo imborrable para el resto de mi vida, que me llevaría a preguntarme quién fue él realmente ...

José María Vázquez Recio

lunes, 16 de septiembre de 2019

La mujer:



En una aldea de la antigua China.

El joven Wang se revolvía inquieto en su camastro. Era la noche antes de su boda.
-Padre- preguntó al anciano que dormía a su lado-¿es hermosa la mujer?
-Hijo mío, un campesino pobre como tú no puede permitirse una mujer hermosa.

Wang pasó el resto de la noche en un duerme-vela y se levantó al amanecer. Antes de salir, dejó el té preparado para su padre pensando que era la última vez que se ocupaba de los menesteres domésticos que realizaba desde que murió su madre.

Era muy temprano cuando se dirigió a la ciudad. Enormemente cohibido entró en la Casa Grande. En aquel lugar su futura mujer había servido como esclava desde su nacimiento. Lo hicieron pasar a una enorme y suntuosa sala de espera. El suave sonido de unos crótalos le indicó que podía pasar al salón principal para presentarse ante el dueño de la casa. Otros campesinos como él esperaban su turno.

-Aquí tienes a Xinlang- le indicó el Señor-es sumisa y trabajadora, será una buena esposa para tí.

Wang y la joven abandonaron la casa. Ella le seguía a una corta distancia, caminando con la cabeza baja. Era cierto que no era bella , de haberlo sido, el Señor se la habría reservado para sí o para sus hijos. Su cara era redonda y carente de atractivo, sus manos bastas, acostumbradas al trabajo. Era fuerte , robusta y muy silenciosa.

Desde aquel día la mujer lo acompañó siempre a labrar la tierra, además de ocuparse de la casa y de su anciano padre. Wang no la amaba como había soñado que amaría a su mujer, pero no dejaba de notar a cada momento como su vida había mejorado desde su llegada. No hablaba mucho, tampoco se quejaba nunca. Tres hijos varones vinieron al mundo. También paría en silencio. Incluso embarazada seguía a su lado labrando la tierra y cuando le llegaban los dolores soltaba la azada. Cuando Wang llegaba a casa, su nuevo hijo estaba ya en el mundo. Xinlang lo alumbraba completamente sola.

Pronto los hijos fueron creciendo y hubo mas manos para trabajar la tierra. Las cosechas fueron buenas y Wang invertía sabiamente su dinero en comprar mas terrenos. Al llegar a su madurez todos lo consideraban un hombre rico.

Por primera vez en su vida Wang empezó a tener tiempo libre por lo que empezó a frecuentar la ciudad y las casas de ocio.

    • ¿Cómo es que un hombre acomodado como tú no visita la Casa de las Flores? - le decían sus nuevos amigos- allí verás a las mujeres más hermosas que hayas visto en tu vida.

Movido por la curiosidad se presentó allí una noche. Lo trataron con exquisita amabilidad y le mostraron las miniaturas de unas bellísimas jóvenes. Deslumbrado, Wang señaló a una que parecía casi una niña.

Aquel día, el día que conoció a Loto, comenzó su cielo y su infierno en la tierra. Ella era graciosa y menuda, le hablaba con tal dulzura, que conseguía de él todo lo que quería. Él iba todas las noches, pero siempre se iba insatisfecho. Sentía por ella una sed que nunca se apagaba.

    • ¿Y por qué no te la llevas a tu casa como segunda esposa?- le decían sus conocidos- un hombre rico como tú merece algo mejor que tu vieja y fea mujer.

Así fue como Wang llevó a Loto a su hogar. Antes hizo reformas, mandó construir otro patio y unas habitaciones para ella. Los primeros meses no se separaba de su lado, descuidó sus asuntos y , poco a poco, su sed se fue calmando.

Durante esos días evitaba a su primera esposa. Ella no le decía nada-como siempre-pero sus ojos , tristes y cansados, le hacían sentirse mal y eso le enfurecía.

Una mañana, volvió temprano del campo y decidió descansar junto a Loto. Al entrar en la estancia, ella gritó. El alma de Wang se desgarró en pedazos al descubrirla en los brazos de su hijo mayor.

La desgracia se cirnió sobre su casa. Expulsó a su hijo y , al poco tiempo, Xinlang cayó enferma. Wang empezó a visitarla cada tarde y descubrió que aquella mujer, siempre tan callada, guardaba como un tesoro cada recuerdo de los momentos que habían vivido juntos: el día en que la recogió en la casa grande, sus primeros años juntos, la época en la que eran pobres y cultivaban la tierra codo con codo...Una noche se fue, tan calladamente como había vivido. Al soltar su mano, Wang creyó escuchar de nuevo el dulce sonido de unos crótalos, los mismos que escuchó una vez, muchos años antes, cuando la conoció.

Ana María Cumbrera Barroso.

El espejo:



La fragancia de las rosas y las orquideas se podía disfrutar por igual aquella noche. Flores frescas, con un olor que envolvía el salón de la casa más grande de toda la zona residencial. Bajando por las escaleras, Marta miraba orgullosa cómo su marido la esperaba sonriente, rodeado de todos los asistentes que la miraban y admiraban. No en vano, el traje le habia costado una fortuna a Juan, y las ocasión bien lo merecía.

Al llegar al último escalón, se fundieron en un gran abrazo. Juan la besó, cómo sólo se besa a lo que se ama o se posee. Ella le correspondió con todo tipo de caricias, y todo el público asistente rompió en una fuerte ovación, con vitores para sus anfitriones.

Volviéndose a la multitud que le rodeaba, Juan se disponía a decir unas palabras de agradecimiento. El ascenso en su empresa de toda la vida bien lo merecía, pero en ese momento ...
... sonó el timbre de la puerta. Alguíen, entre risas, sugirió que algún voluntario abriera la puerta para no interrumpir a su generoso anfitrión. Pero cual fue la sorpresa cuando vieron que la gran puerta que presidía la casa se abrió, y, con mucho cuidado, dejaron un objeto bien embalado, justamente al lado de uno de los macetones que rodeaban la entrada.

Muchos se acercaron para ver lo que era. Juan se adelantó a todos, y ayudado por estos, lo puso encima de una mesa. - ¡Vaya!, comentó Juan -, el que lo ha enviado casi nos coge en los postres.

Dentro, y muy protegido por papel de embalaje, había un espejo. Todos se quedaron maravillados no sólo de sus dimensiones, pues se podía observar prácticamente a todos los allí presentes, que no eran pocos, sino también de los ornamentos que lo custodiaban.

No con poco esfuerzo, lo apoyaron concretame en un rincón del salón, justamente al lado de la gran escalera que lo presidía. Muchos se acercaron a él, y más de uno aprovechó para hacerse una foto. Realmente, era precioso.

Cómo todo lo bueno, y esa fiesta lo fué, llegó el momento en el que él último invitado se fué de la fiesta. Juan y Elena, algo cansados, pero muy felices, dieron fin al encuentro con sus amigos. Elena, descalzándose, empezó a subir por las escaleras, mascullando entre dientes que sería la última vez que se metería en otra igual ...

Juan aprovechó la ausencia de su mujer para servirse la última copa ... Sentado en el sofá, observó con algo más de curiosidad su postrer regalo. Se acercó, y levantando la copa, quizo hacer un brindis cuando ...

... sonaron tres breves tintineos producidos por crótalos. Al finalizar los mismos, Juan, algo sorprendido, esbozó una sonrisa, que pronto fue desapareciendo de su boca ...

... observó que parte de su cuerpo, ¡concretamente sus piernas!, no aparecían reflejadas en el espejo. Miró a la copa, y se dijo que posiblemente ya habría bebido bastante, y era hora de que se fuera a descansar. Elena seguramente le estaría esperando probablemente para algo más que para dormir ...

De madrugada, Juan se despertó de un profundo sueño. Se incorporó, y al darse cuenta de que no tenía su vaso de agua en la mesilla, tuvo que ir hasta la cocina para beber. No en vano, sentía que su garganta ardía. Estaba claro que había bebido demasiado la noche anterior ...

Al bajar por la escalera, miró con curiosidad el espejo. - Tendré que buscarle un sitio algo más apropiado -, se dijo, allí corría el riesgo de que algunos de sus hijos pudiera hacerse daño. Y en ese momento ...

... sonó el tintineo de dos crótalos en el silencio de la noche. Cuando Juan se acercó, pudo observar entre la oscuridad que se veía su imagen muy poco nítida. Restregándose los ojos, vió que su cara y brazos podían verse sin ningún problema, pero desde cintura para abajo, su cuerpo no podía verse. Sonriendo, se dijo a si mismo que los efectos del alcohol no íban a desaparacer tan fácilmente. Refréscate algo y vuelve a la cama, se dijo, con una sonrisa de autocomplacencia.

Al pasar por el espejo de nuevo, y con una gran curiosidad, se puso de nuevo delante, desafiante. - A ver -, le dijo, por qué no puedo verme ... Acaso habría algún truco, y su obsequiador le quería hacer una broma, cuando, en ese momento ...

... se escuchó el sonido de unos crótalos volviendo a romper el silencio que envolvía su habitación, y el vaso de agua resbaló, lentamente entre los dedos de su mano derecha. En el espejo podía observar que su salón, con todos sus muebles y ornamentos, aparecía con una gran nitidez, menos él.

Subió muy nervioso las escaleras, y se acostó con una sensación muy extraña. Elena, que lo estaba escuchando, sólo le recordaba que no se moviera tanto, que al día siguiente los dos tenían que levantarse a las 8 para ir a trabajar ...

Por la ventana se vislumbraba un amanecer precioso y um soleado día, y se podía respirar la fragancia de las numerosas flores del jardín. En las ramas de uno de los árboles que coronaban su patio se estaban posando varios pájaros que canturreaban una bella melodía, cuando en la puerta de la habitación apareció la silueta de una chica jóven. Con su juvenil voz comenzó a advertir a sus padres de que era muy tarde para estar aún en la cama. Cuando giró la cabeza, un grito desgarrador se escapó de su garganta, al percatarse de que su padre yacía caido en el suelo, muerto. En la almohada, juanto a su madre algo aturdida, una nota, dónde se podía leer lo siguiente: ¡Somos lo que somos, y no lo que aparentamos!.

JOSÉ MARIA VÁZQUEZ RECIO. SEPTIEMBRE 2019.