lunes, 16 de septiembre de 2019

El espejo:



La fragancia de las rosas y las orquideas se podía disfrutar por igual aquella noche. Flores frescas, con un olor que envolvía el salón de la casa más grande de toda la zona residencial. Bajando por las escaleras, Marta miraba orgullosa cómo su marido la esperaba sonriente, rodeado de todos los asistentes que la miraban y admiraban. No en vano, el traje le habia costado una fortuna a Juan, y las ocasión bien lo merecía.

Al llegar al último escalón, se fundieron en un gran abrazo. Juan la besó, cómo sólo se besa a lo que se ama o se posee. Ella le correspondió con todo tipo de caricias, y todo el público asistente rompió en una fuerte ovación, con vitores para sus anfitriones.

Volviéndose a la multitud que le rodeaba, Juan se disponía a decir unas palabras de agradecimiento. El ascenso en su empresa de toda la vida bien lo merecía, pero en ese momento ...
... sonó el timbre de la puerta. Alguíen, entre risas, sugirió que algún voluntario abriera la puerta para no interrumpir a su generoso anfitrión. Pero cual fue la sorpresa cuando vieron que la gran puerta que presidía la casa se abrió, y, con mucho cuidado, dejaron un objeto bien embalado, justamente al lado de uno de los macetones que rodeaban la entrada.

Muchos se acercaron para ver lo que era. Juan se adelantó a todos, y ayudado por estos, lo puso encima de una mesa. - ¡Vaya!, comentó Juan -, el que lo ha enviado casi nos coge en los postres.

Dentro, y muy protegido por papel de embalaje, había un espejo. Todos se quedaron maravillados no sólo de sus dimensiones, pues se podía observar prácticamente a todos los allí presentes, que no eran pocos, sino también de los ornamentos que lo custodiaban.

No con poco esfuerzo, lo apoyaron concretame en un rincón del salón, justamente al lado de la gran escalera que lo presidía. Muchos se acercaron a él, y más de uno aprovechó para hacerse una foto. Realmente, era precioso.

Cómo todo lo bueno, y esa fiesta lo fué, llegó el momento en el que él último invitado se fué de la fiesta. Juan y Elena, algo cansados, pero muy felices, dieron fin al encuentro con sus amigos. Elena, descalzándose, empezó a subir por las escaleras, mascullando entre dientes que sería la última vez que se metería en otra igual ...

Juan aprovechó la ausencia de su mujer para servirse la última copa ... Sentado en el sofá, observó con algo más de curiosidad su postrer regalo. Se acercó, y levantando la copa, quizo hacer un brindis cuando ...

... sonaron tres breves tintineos producidos por crótalos. Al finalizar los mismos, Juan, algo sorprendido, esbozó una sonrisa, que pronto fue desapareciendo de su boca ...

... observó que parte de su cuerpo, ¡concretamente sus piernas!, no aparecían reflejadas en el espejo. Miró a la copa, y se dijo que posiblemente ya habría bebido bastante, y era hora de que se fuera a descansar. Elena seguramente le estaría esperando probablemente para algo más que para dormir ...

De madrugada, Juan se despertó de un profundo sueño. Se incorporó, y al darse cuenta de que no tenía su vaso de agua en la mesilla, tuvo que ir hasta la cocina para beber. No en vano, sentía que su garganta ardía. Estaba claro que había bebido demasiado la noche anterior ...

Al bajar por la escalera, miró con curiosidad el espejo. - Tendré que buscarle un sitio algo más apropiado -, se dijo, allí corría el riesgo de que algunos de sus hijos pudiera hacerse daño. Y en ese momento ...

... sonó el tintineo de dos crótalos en el silencio de la noche. Cuando Juan se acercó, pudo observar entre la oscuridad que se veía su imagen muy poco nítida. Restregándose los ojos, vió que su cara y brazos podían verse sin ningún problema, pero desde cintura para abajo, su cuerpo no podía verse. Sonriendo, se dijo a si mismo que los efectos del alcohol no íban a desaparacer tan fácilmente. Refréscate algo y vuelve a la cama, se dijo, con una sonrisa de autocomplacencia.

Al pasar por el espejo de nuevo, y con una gran curiosidad, se puso de nuevo delante, desafiante. - A ver -, le dijo, por qué no puedo verme ... Acaso habría algún truco, y su obsequiador le quería hacer una broma, cuando, en ese momento ...

... se escuchó el sonido de unos crótalos volviendo a romper el silencio que envolvía su habitación, y el vaso de agua resbaló, lentamente entre los dedos de su mano derecha. En el espejo podía observar que su salón, con todos sus muebles y ornamentos, aparecía con una gran nitidez, menos él.

Subió muy nervioso las escaleras, y se acostó con una sensación muy extraña. Elena, que lo estaba escuchando, sólo le recordaba que no se moviera tanto, que al día siguiente los dos tenían que levantarse a las 8 para ir a trabajar ...

Por la ventana se vislumbraba un amanecer precioso y um soleado día, y se podía respirar la fragancia de las numerosas flores del jardín. En las ramas de uno de los árboles que coronaban su patio se estaban posando varios pájaros que canturreaban una bella melodía, cuando en la puerta de la habitación apareció la silueta de una chica jóven. Con su juvenil voz comenzó a advertir a sus padres de que era muy tarde para estar aún en la cama. Cuando giró la cabeza, un grito desgarrador se escapó de su garganta, al percatarse de que su padre yacía caido en el suelo, muerto. En la almohada, juanto a su madre algo aturdida, una nota, dónde se podía leer lo siguiente: ¡Somos lo que somos, y no lo que aparentamos!.

JOSÉ MARIA VÁZQUEZ RECIO. SEPTIEMBRE 2019.

viernes, 12 de julio de 2019


EL PSIQUIATRA.

Ramón Fernández de Córdoba y Gómez de Salazar, psiquiatra.. Así rezaba el rótulo de su consulta ,situada en una de las calles más céntricas de Sevilla. Autor de varios libros y reputado especialista, según sus colegas.

Aquella tarde, don Ramón pensaba con amargura que , para algunos casos, la medicina no servía para nada. Mirando la ficha de su siguiente paciente era totalmente consciente de ello y le remordía la conciencia cobrarle la astronómica cifra de su minuta cuando sabía que no podía ayudarla. María Jesús acudía desde hacía más de un año y seguía estancada en una profunda depresión. La verdad es que no le faltaban motivos para sentirse airada, traicionada, furiosa y triste ,muy triste.

María Jesús se había casado muy joven, tal como había aprobado las oposiciones de magisterio. Su marido no tuvo tanta suerte, se presentó varias veces y solo consiguió algún que otro contrato de interinidad. Durante aquellos años, ella llevó el peso de la casa en todos los sentidos: en el económico, financiando academias y preparadores ,y en todos los demás aspectos. Dos hijas vinieron al mundo, que apenás veían a su padre, siempre estudiando en el despacho. Ella las sacaba todos los días para que él pudiese estar tranquilo, además de cocinar, limpiar y sacar adelante su trabajo como podía .Un año, por fin sonó la flauta, Luis consiguió una plaza. María Jesús pensó que por fin los malos tiempos habían acabado pero,el mismo día que vieron los resultados, él le anunció que la dejaba, que se había enamorado de su preparadora, según él ,la persona que más le había ayudado en el mundo.

Don Ramón pensaba que el tal Luis debía de ser un cretino de mucho cuidado. Una mujer como María Jesús, tan lista, tan guapa, tan completa en todos los sentidos.... Y una vez más se preguntó que para qué iban a servirle las pastillas que le recetaba.

Sin pensárselo más la hizo pasar. Le hizo las preguntas de rigor. Era curioso... hoy había un brillo especial en la mirada de María Jesús, estaba más animada. ¿Resultaría que las pildoras servían para algo? La emplazó para dentro de dos meses e hizo pasar a su siguiente paciente.

Juan era otro caso de dificil solución. Era un hombre que no se acostumbrara a la soledad desde que su mujer le abandonó, llevándose con ella a sus dos hijas. Mantenía muy buena relación con ellas, pero ya eran mayores y tenían su vida. El caso es que Juan estaba hoy mucho más parlachín que otros días, normalmente había que sacarle las palabras de la boca. Tras despacharle la consabida receta, don Ramón llamó a su ayudante:

    • Dígame Marisa, ¿han coincidido en la sala de espera María Jesús y Juan?
    • Pues si don Ramón, un buen rato que han estado charlando.

¿Y si la solución fuera tan fácil?

    • Escucheme Marisa, me los cita a los dos cada 15 días y asegúrate que permanecen al menos media hora en la sala de espera.

Ocho años después, don Ramón asistía a una de las bodas más simpáticas de su vida: la boda rociera por lo civil de Juan y María Jesús, quienes tras unos años de feliz convivencia, se habían decidido a dar el paso definitivo.

A la hora del brindis se decidió por unanimidad que debía pronunciarlo don Ramón, inocente cupido, o al menos eso creían todos, de aquella pareja. El médico levantó su copa y mirando a los ojos del feliz novio, dijo:

-Amigos¡ ¡brindemos por el amor, por las salas de espera y por las segundas oportunidades!

Ana María Cumbrera Barroso. Junio 2019.


El novio de Sara.

Al atardecer, Sara, junto a su madre y abuela, cruzaban el amplio zaguán donde terminaban tanto su casa cómo sus escasas vivencias, y se disponían a sentarse en la calle para ver, cómo cualquier otro día, el trasiego de gente paseando por la calle principal del pueblo.

Era el único rato que salía a la calle. Con algo de costura en la falda, y con esa mirada triste y distraida que tenía, Sara observaba las pandillas de muchachos pasando por su portal, indiferentes a lo que allí había. Su madre, a la que no se le escabapa una, solía animarla, diciéndole que más pronto que tarde alguno de ellos repararía en ella. No en vano, le decía, era una chica joven. Sólo tenía 35 años. Le quedaba mucho tiempo en la vida ...

Atrás quedan los recuerdos de un matrimonio desdichado ... ¿te acuerdas mamá? Solias decirme que tuviera paciencia, que me conformara, que los hombres son todos así ... ¡y que me importaba a mí cómo eran todos los hombres, mamá!

Sara, imbuida en estos pensamientos, miraba con envidia a esos muchachos. ¡Que suerte tenían de tener amigos, y una vida lejos de las 4 paredes de su casa!. Observaba ensimiasmada cómo reían, charlaban, y cómo bromeaban entre si. Para ella, en la distancia de su infinita melancolía, suponía en la mayoría de las veces el único consuelo que tenía al cabo del día ...

¡Cómo podías tenerme tan engañada, mama! ¿Te acuerdas que te decía una y otra vez que me pegaba, y tú mirabas, tragándote las lágrimas, hacia otro lado? ¡Cómo pudiste engañarte y, lo que es peor, engañarme durante tanto tiempo, mamá! ¡sus palizas, esas palizas de borracho que tuve que soportar ante tu mirada conformista y cómplice!

Sin embargo, algo cambió una de esas tardes. En un momento que estaba enhebrando una aguja, vió por el rabillo del ojo cómo alguíen la observaba. Se hizo la distraida, volvió la cara y, efectivamente, alguíen la miraba. Al percatarse esta persona de que Sara se había dado cuenta, bajó la mirada, e hizo cómo si conversara con una amiga.

Sara se quedó un poco aturdida. Volvió su mirada a su costura, sin saber cómo reaccionar. Bueno, pensó, habrá sido una mirada curiosa sin más importancia Sara, que estás deseando que alguíen se fije en ti ... ¡serás boba!.

Estaba en estos pensamientos cuando observó que alguíen se sentó a su lado. No se atrevió a levantar su mirada, y sólo pudo ver que ni su abuela ni su madre estaban en ese momento a su lado. Al fin la miró, y vió a una chica con una sonrisa y unos ojos muy alegres. Ella, sin mediar palabra, la cogió por la mano, apretándola dulcemente y, a continuación, la besó en la mejilla. El rubor de una extraña sensación subió por las mejillas de Sara, sin entender que le estaba pasando. A continuación, se le acercó al oido para decirle algo. Sara sonrió, asintió y, dejando todo lo que tenía de costura en la silla, la cogió de la mano para sentirse protagonista también tanto en el paseo cómo en su propia vida.

Junio 2019
José María Vázquez Recio

miércoles, 1 de mayo de 2019


Tema: Deterioro.

Título: Hogar dulce hogar


Eran las 9 de la noche. En casa de Ricardo era la hora marcada para estar todos en casa. A su padre le gustaba, al menos, cenar todos juntos, ya que en el resto del día no podía disfrutar de toda su familia.

Pero a esa hora no estaban todos. Su hermana, una adolescente de apenas 15 años, aún no había llegado. Su padre se ponía furioso. No dejaba de preguntarle a su mujer que "dónde narices estaba la niña ...". Era la misma situación de todos los días, cómo si fuera culpa de su madre. Algunas veces, Ricardo temblaba cuando su padre, airadamente, se levantaba de su sillón, frente al televisor, y se metía en la cocina a discutir con su madre. Ricardo se ponía muy nervioso. No era ni la primera, ni la última vez, que su padre la tomaba con su madre. Al momento, el ruido inconfundible de un guantazo rompia el tenso silencio que se respiraba en la casa, y las primeras lágrimas de impotencia asomaban por las mejillas de su abuelo ...

El padre volvió encolerizado, y pudo percibir la mirada de reproche de su abuelo. El padre, cobardemente, la tomó con él. Le recriminó que se quedara más tiempo con ellos que con su otras hijas, e incluso que, sin respeto a su edad, se quedara todos los días en casa viendo la televisión ...

Ricardo estaba en esos pensamientos, cuando escuchó el ruido de la puerta de su casa abriéndose. Aunque la hermana intentaba de todas formas que no se la escuchara entrar, todos se percataron. En ese momento, el padre se levantó y, hecho una furia, abordó a la hija con palabras llenas de furia y reproche. La hija se excusaba diciendo que se habían entretenido algo en casa de sus amigas, pero no habia supuesto más alla de un escaso cuarto de hora ...

El ruido fuerte y seco de un puñetazo los dejó a todos helados. El padre agredió a la que, según él, era su "pequeña". Ella, aún dolida pero no sorprendida con la reacción del padre, se fué a su cuarto llorando, llevándose la mano derecha a su mejilla amoratada ...

La madre, indignada con este proceder, recriminó al padre su actitud. Éste, lejos de tranquilizarse, volvió nuevamente su furia hacia ella. La culpa de que su hija llegara tarde, sabe Dios de dónde y con quién, era de ella. Era la culpable de todo.

Ricardo seguía toda la escena triste, sentado a la mesa para cenar. Veía la humillación sufrida en su hermana, la impotencia en la mirada gacha del abuelo y, sobre todo, la eterna tristeza en los ojos de su madre. Y eso para él era demasiado. Soñaba con terminar con esta situación, con poder huir algún día de su casa, con ese sinvivir que suponia para todos la impotencia de su padre desahogada de malas maneras ...

Ya por la noche, todos se acostaron. Ricardo escuchaba muy tenuemente aún los gemidos de su hermana, triste por el trato vejatorio recibido. Los ronquidos tanto de su abuelo como de su padre se escuchaban de forma alternativa hasta que, en un momento el del padre cesó de una forma abrupta, violenta ... y definitiva. En ese instante, Ricardo, observando por la ventana de su habitación el amanecer de un nuevo día, sonrió felíz.


José María Vázquez Recio, Abril 2019




UNA SONRISA DE ESPERANZA.

- Los cuentos de hadas mienten, las novelas y las películas también mienten. Te hacen creer que todos tenemos derecho a vivir una historia de amor con final feliz o, al menos, una gran historia de amor cuyo recuerdo te acompará toda la vida.

Estos pensamientos pasaban por la cabeza de Teresa todavía en la cama. Siempre se despertaba cinco minutos antes de que sonará el despertador y ese era el único momento del día en el que podía pensar con tranquilidad.

En cuanto sonó el reloj comenzó su ajetreo diario. Llevó mudas limpias y planchadas a los niños y a Luis, su marido, quien ni siquiera se molestó en darle los buenos días. Luego preparó los desyunos y los bocadillos para el colegio, escuchó protestas y metió prisas, mientras al fondo del pasillos sonaba la voz de su suegra, reclamándola. Suspiró de alivio cuando salieron por la puerta con tiempo para llegar a sus destinos. Los chicos esquivando sus besos y en cuanto a Luis... la relación entre ellos mas que fría, era inexistente, se limitaba a un intercambio de información sobre asuntos prácticos, pero, en fin, así llevaban varios años, estaba hecha a la idea de vivir con un extraño.

Su suegra volvió a llamarla. Le llevó el desayunó, la aseó, mientras escuchaba con paciencia el relato de la mala noche que había pasado. Preguntó por su hijo, hablando de él con adoración, aunque éste había días en los que ni se asomaba a su habitación, y, como no, aprovechó para compararla con su hija mayor. Hubiera sido una crueldad decirle que esa hija perfecta nunca iba a verla, así que se mordió la lengua y se calló. La dejó viendo la tele y el resto de la mañana se le fue en hacer la compra, el almuerzo, poner y tender lavadoras y recoger un poco la casa.

Al mediodía, con el regreso de todos los miembros de la familia se repitió el bullicio de la mañana. La tarde se fue en llevar a los chicos a las actividades extraescolares, ayudarlos con los deberes, planchar y hacer la cena.

Aquella noche estaba especialmente agotada y le pidió ayuda a Luis para poner la mesa. Sus injustas palabras- yo estoy cansado de trabajar mientras que tú te pasas el día en casa- la hicieron estallar. Se marchó a la calle dando un portazo tras amenazar con que no pensaba volver, que se la apañaran sin ella.

Vagó por la ciudad solitaria. Sabía que había sido solo un desahogo, que volvería, que ellos sabían que volvería. Después de todo la necesitaban y era bueno sentirse necesitada.

Se sentó en un banco en una plaza desierta a aquellas horas. Lloró en silencio. Una mano le ofreció un pañuelo de algodón. Un hombre de mirada amable se había sentado a su lado. No le preguntó nada y, sin embargo, ella se lo contó todo: su absurdo arranque de genio, su frustración, su soledad, el deterioro de su matrimonio, su desesperanza...y esa monotonía que la estaba ahogando.

También él habló. Su vida era todo lo contrario. Siempre estaba de paso por su trabajo. Aquella misma noche cogería el tren para otra ciudad. Estaba paseando para matar el tiempo. Ella se ofreció a acompañarlo y, con la libertad que dar hablar con alguién a quien no volverás a ver, le abrió su corazón. Pasearon por calles solitarias, mojadas por los camiones de limpieza, tomaron café en el bar de la estación y Teresa pensó que tal vez fuese verdad la vieja historia de las almas gemelas.

En el andén, en el momento de la despedida, él cogió sus manos.

    • Ven conmigo- le dijo.

Ella negó con la cabeza, no podía. la estaban esperando.

Dos meses después Teresa le está contando esta historia a la abogada que una amiga le ha recomendado.

    • Resulta que cuando volví a casa, al amanecer ,Luis ya había solicitado una demanda de divorcio. Abandono del domicilio conyugal lo llama él.. Yo siempre pensé que le convenía seguir como estábamos y al parecer llevaba dos años saliendo con una compañera de trabajo. Seguramente no quería solicitar el divorcio pensando que le sería poco ventajoso.No me importa, no quiero nada, volveré a trabajar, En cuanto a los niños, no pienso obligarles a nada, que ellos elijan con quien quieren vivir.. En realidad, solo hay una cosa de la que me arrepiento...

Teresa dejo la frase inacabada. Acababa de meter la mano en el bolsillo de su chaqueta, la misma que llevaba aquella noche. Allí, cuidadosamente doblado, había un papel, con un nombre y un teléfono. Una sonrisa de esperanza se dibujó en su rostro.



Ana María Cumbrera Barroso. Abril 2019.





jueves, 21 de marzo de 2019


LA REBELIÓN DE LOS NIÑOS SIN NOMBRES.

Hoy era un día importante. Era el primer día de colegio de Manolito. Acababa de llegar con su familia al pueblo, lo que significaba que no conocía a nadie, iba a ser “el nuevo” y estaba un poco asustado.

Su padre lo despidió con un abrazo y le dijo con mucho cariño:

    • Ya verás como te va a ir muy bien. ¡Ya mismo te estoy recogiendo gordito!

Su maestra lo cogió de la mano y entraron en su clase de Infantil de 5 años. Se lo presentó a sus compañeros diciendo su nombre, pero un chico alto exclamó nada mas verlo:

-¡Parece un botijo! Y Botijo se le quedó.

Aquel día Manolito descubrió dos cosas: la primera, que en el cole ser gordito era motivo de risa y no una palabra cariñosa como él creía . Y la segunda, que en su clase Fran era quien realmente mandaba y no la seño, por eso, los demás niños tampoco tenían nombre. Si una niña era alta la llamaba Girafa, si un chico era bajito le decía Enano. Solo Fran conservaba su nombre.

Cuando llevaba unas semanas en el colegio y ya empezaba a hacer amigos, Manolito tomó una decisión: habló con todos los niños de la clase menos con aquel abusón.

-¿De verdad os gusta que os llamen así?

-No, decían ellos, ¿pero qué podemos hacer?

-¡Tenemos que recuperar nuestros nombres! ¡Ya veréis!

Desde aquel día, cada vez que Fran los llamaba por alguno de aquellos nombres tan feos, todos los demás coreaban:

-¡No se llama así, se llama Laura! ¡No se llama así, se llama Manolito!

Lo más divertido fue que hasta la señorita se unió a los coros.

Fran comprendió que ya no tenía ningún amigo y que tenía que cambiar si no quería quedarse solo.

Y así fue como los niños de la clase de Manolito recuperaron sus nombres.

Ana Mª Cumbrera Barroso. Marzo 2018

miércoles, 20 de marzo de 2019


El sueño.

Juan se preparaba, como cualquier otra mañana, para ir al colegio. Pero esa no era una mañana cualquiera. Su madre le acababa de preparar el desayuno y, con un beso muy fuerte en su frente, quiso animarlo. Juan se echó a llorar, con ese llanto inconsolable del que ha perdido a su padre para siempre ... ¿que te pasa hijo?, le preguntó su madre. ¡Anda anímate!. Esta noche he vuelto a soñar con papá ..., le dijo. No te preocupes hijo, le contestó su madre, es difícil tanto para ti como para mi. Piensa que papá nos observa a ambos desde el cielo. Se pondría muy triste si te ve así ...

Juan se marchó a su colegio, como cualquier otra mañana. Al llegar a la puerta del mismo, vió a una niña que se despedía de su padre ... y volvió a echarse a llorar desconsoladamente. Una mano se apoyó en su hombro. Era su maestra. ¡Juan! ¡anímate! ¡!Vamos a darles los buenos dias a tus compañeros y verás que pronto te animarás!. Lo siento señorita, le contestó Juan. He visto a esa niña despedirse de su papá y he recordado cuando mi padre me despedía todas las mañanas, antes de entrar en clase ...

Al salir de clase, como cualquier otra tarde, juan quedó con sus amigos para jugar a la pelota en su patio. Al rato, algunos padres acudieron al lugar de juegos, y el se volvió a ver solo volviendo a su casa ...

Por la noche, se sentó a cenar solo, con su madre, cómo cualquier otra noche. Antes de comenzar, cerró sus ojos e imaginó a su padre preparándole su cena, y bromeando sobre cualquier anécdota del día. Al volver a abrir sus ojos, vió a su madre con los ojos enrojecidos, posiblemente de llorar más por su hijo que por ella misma ...

Tras ver un rato la televisión, Juan se fue a su cama, donde esperaba que su madre le contara un pequeño cuento que le hiciera conciliar el sueño. Siempre se lo contaba su padre. Él contaba unos cuentos preciosos, y conseguía que juan se lo pasara en grande antes de dormirse. Cuando llegó su madre, Juan se quedó dormido con estos pensamientos ...

Al rato, Juan se despertó. En la oscuridad, pudo ver por la ventana una estrella fugaz que iluminó la noche cerrada. En ese momento, sintió una leve presión de alguien apoyándose en su cama. Alguien le sonreía, con sus ojos observándole entre lagrimas, y su mano le acarició su mejilla suavemente. Juan le sonrió, y saliendo de su cama en sus brazos, salieron padre e hijo juntos hasta la eternidad.


Jose María Vázquez Recio.- Marzo/2019