miércoles, 20 de octubre de 2021

El cuarto de baño:

 

Llovía, y a Jesús se le empezaba a hacer tarde. Aquel día se quería acercar a casa de sus padres a echar un último vistazo. Desde el fallecimiento de los mismos, y tras varios meses esperando, la inmobiliaria, al fin, les comunicó que tenían un comprador y sus hermanos, y no él, tenían prisa por venderla. A él nunca le gustó la idea, pero eran mayoría, aunque no tuvieran razón alguna para deshacerse de buena parte de la memoria de sus padres. Y él no quería dejar esa casa por nada en el mundo ...


Entró al fin en su calle, y pudo distinguir algunas de las antiguas tiendas que marcaron su infancia. La carniceria de Benito, la tienda de comestibles de Manola, dónde puntualmente compraba la botella de vino para su padre, la panadería de Polvillo, ...


Entró en el rellano y se encontró con una antigua vecina, de esas que se cruzaban contigo y saludaban y se interesaban por cómo estabas. La saludó y la besó, consciente de que pocos ratos cómo ese podría volver a experimentar esa sensación de bienestar.


Ya en la puerta, dudó varios instantes en cual era la llave correcta. Sera esta dorada, o no, la cerradura de arriba se abre con la alargada. Consiguió superar el umbral, y cerró tras de si. Una vez dentro, se quitó el abrigo y miró el interior de su casa. Muebles cubiertos de sábanas, cajas a medio rellenar, ventanas con las persianas cerradas ...


Notó que tenía ganas de ir al cuarto de baño. - Espero que la cisterna funcione- pensó, - no me gustaría dejar mal olor por usarlo -. Al entrar, y después de usar el inodoro, se dispuso a lavarse las manos, sonriendo divertido cuantas cosas se le habían pasado por la cabeza y miró al espejo.


... En ese momento, pudo ver la imagen de su madre lavándolo con ayuda de su hermana en un pequeño baño de cinc. Él reía contento, cuando su madre lo levantó y lo secó meticulosamente, mientras su hermana le traía la ropa interior caliente. Su madre le cantaba y le sonreía, y él aún protestaba por el celo que ponía en secarlo convenientemente.


El cerró los ojos, algo aturdido. Al momento, pudo escuchar una voz fuera del aseo. Su padre le conminaba que se diera prisa, que el coche para llevarlo a la Iglesia estaba al llegar, y que no cabía en cabeza ajena que la novia fuera la que lo esperara. Y cuidado con cortarte al afeitarte, que ese día tenías que estar impecable. Venga, vamos, que hay que ver lo que tardas en salir del cuarto de baño ...


Abrió la puerta, y allí no había absolutamente nadie. Pensó que habría descansado poco esa noche, porque no sólia tener esas alucinaciones o lo que pudieran ser.


Algo más tranquilo, se sentó en uno de los sillones del pequeño salón, y cerró los ojos reclinando la cabeza. En aquel sillón pudo disfrutar muchas días, con permiso de su padre, dueño absoluto de todo lo que se moviera en su casa, de pequeñas cabezadas. Y aquel día intuyó que le hacía falta.


No llevaba apenas 5 minutos durmiendo, cuando una voz desde la cocina le despertó. Su madre le conminaba aque estuviera más pendiente de su hijo pequeño, que ella no estaba ya para esos menesteres. Y siempre le habian dado mucho miedo los niños entrando y saliendo de la cocina.


Él acudió presuroso a ver de dónde salía esa voz tan nítida. ¡Pero si era su madre!. Una vez dentro de la cocina, evidentemente, no vió a nadíe.


¿Que me estará pasando?. Su primera intención hubiera sido salir despavorido, pero se contuvo. Él había ido con una sóla intención, e íba a cumplirla.


Para ello, cogió un vaso y, llenándolo de agua, se tomó un par de pastillas de las que llevaba en el bolsillo. Su experiencia de médico le convenció que su efecto era practicamente indoloro y rápido. Se sentó nuevamente en el sillón, y se dispuso a disfrutar en sus últimos instantes del lugar en el que fué alguna vez feliz, antes de caer en el mayor castigo al que se puede sometar a un ser humano, el olvido de los suyos ...


José María Vázquez Recio.

jueves, 23 de abril de 2020

El astro rey:


Javier llevaba toda su vida enamorado de Cristina. Y lo “de toda la vida” no era metafórico, sino literal. Eran del mismo barrio y coincidían en clase desde pequeños. Ya con cinco años, aquella niña brillaba con luz propia, era el astro rey de su pequeño mundo.
Cuando la miraba y veía como la querían, tanto los adultos como los otros niños, se acordaba del cuento de La Bella Durmiente, también unas hadas pequeñitas debieron tocarla al nacer con sus varitas mágicas para otorgarle toda clase de dones. A su corta edad ya se planteaba Javier la injusticia del don de la belleza, recibida gratuitamente por unos y negada a otros, pero el afortunado poseedor de la misma atraía, sin ningún esfuerzo, las simpatías ajenas.

Él era un niño invisible, que no destacaba en nada. Ella la mejor estudiante de la clase y la más popular, siempre rodeada de amigas y, al llegar la adolescencia, de chicos, con los que salía alternativamente. Sus vidas transcurrían igual que dos líneas paralelas. Él la veía brillar de lejos.

El bachillerato inclinó un poco la balanza a favor de Javier. Se matriculó en Informática, asignatura entonces nueva y desconocida, y por primera vez empezó a destacar en algo. Dejó de ser el chico invisible para pasar a ser el rarito cerebrito. Por su parte, Cristina se graduó con el mejor expediente de la clase.

Durante los años de Universidad se vieron ocasionalmente por el barrio. Él siguió con la Informática y para su sorpresa, encontró trabajo nada más terminar los estudios.

Y allí, en la planta baja de una gran empresa, el destino volvió a unir sus caminos. Más de cien auxiliares trabajaban en diminutos cubículos, separados por mamparas de medio cuerpo, como había visto en las películas americanas. Cristina se incorporó a la plantilla unos meses después. Estaba más guapa que nunca.

Su éxito con los estudios, lo bien que le iba en el trabajo y la amable sonrisa de ella cuando se cruzaban, le dieron a Javier el valor necesario para encaminarse un día a su mesa en las vísperas de navidad. Y después de una charla intrascendente se lanzó de cabeza.

    • Cristina ¿qué te parece si vamos juntos a la fiesta de la empresa?
Ella, con la soltura propia de quien está acostumbrada a declinar invitaciones, le contestó :

-Lo siento Javier ,es que estoy muy liada, cualquier mañana quedamos para un café ¿vale?

A la fiesta fue con el Jefe de Sección de la 2ª planta, la primera de una serie de conquistas que se sucedieron en los años siguientes. Siempre esporádicas y siempre jefes de lo que fuera. Él nunca más le propuso quedar.

Durante esos años Javier fue cambiando de puesto. En aquel edificio subir de planta también suponía subir en el escalafón laboral, y su titulación y su valía le llevaron muy alto en poco tiempo. Ahora rara vez veía a Cristina, que continuaba en la colmena de la Planta Baja.

Una mañana se cruzaron en el ascensor y ella, en un instante ,volvió a deslumbrarlo con una encantadora sonrisa.

    • Caramba Javier, desde que estás en las alturas no te acuerdas de los amigos de la infancia. ¿Qué tal si quedamos este sábado para cenar y recordar viejos tiempos?
Durante una décima de segundo Javier supo que solo había una respuesta posible, también supo que después se arrepentiría, pero a pesar de su brillo, pudo ver a la chica que ya rozaba la treintena, que había salido con todos los jefes de sección sin que ninguna relación le cuajara y que estaba aburrida de su monótono trabajo. Así que, con todo el dolor de su corazón, le dijo:

    • Lo siento mucho Cristina, pero es que ahora ando muy liado. Cualquier mañana de estas quedamos para tomar un café ¿vale?

El astro rey, que ya no brillaba tanto, salió del ascensor y de su vida, con la contrariedad reflejada en el rostro de la que no está acostumbrada a recibir calabazas.

Javier supo que había hecho lo correcto, que ni siquiera el primer amor podía pesar más que el amor propio. Era hora de arrinconarla en algún lugar de su memoria, donde habite el olvido.

Ana María Cumbrera Barroso.

Su mejor amiga:


 Gabriel acabó de meter un par de documentos en su maletín, y cerró con llave nerviosamente el cajón de su mesa de despacho. Marta, su secretaria, estaba algo distraida mirando el monitor de su ordenador. Le hizo una señal, pero al ver que no lo veía, desistió de su empeño. De todas maneras, ya quedaba poco para irse a casa.


¡Por fin eran las cuatro de la tarde!. Gabriel acababa de salir de su trabajo, se paró a tomar algo en un bar cercano cerca de su bufete, y se disponía a pasar un par de horas con Raquel.

¡Le encantaba estar con ella!. Estaba acostumbrado, más bien resignado, a que día tras día alternase con muchos clientes, compañeros, conocidos, pero que a ninguno le pudiese llamar amigo. No hay peor soledad del que está permanentemente rodeado de gente pero que ninguno te sonría y te pregunte ¿cómo te encuentras Gabriel?, y que todo sean frases formales, sin ningún contenido. Palabras de cumplido, corteses, pero vacias de la mínima complicidad necesaria para hacerte parcicipe de un sentimiento de verdadera amistad ... pero con ella no era así.

Aparcó su coche en una calle cercana. Siempre le costaba encontrar un lugar cercano, sobre todo porque después disponía de poco más de 15 minutos para llegar de nuevo al bufete, y nunca le gustaba llegar tarde ...

Subió los cuatro escalones antes de llegar al portal y, nervioso, apretó el botón correspondiente al 2ºc. A los pocos segundos, escuchó su voz. ¿eres tú Gabriel? ¡sube!.

Una vez en el portal, saludó a un vecino que lo miró con gesto hosco. Gabriel se limitó a dar las buenas tardes, y siguió su camino al ascensor. Su tiempo, el tiempo de ambos, era corto y había que aprovecharlo.

Raquel lo recibió con un beso en la mejilla, y le preguntó si le apetecía algo, Él le pidió café, y se fué a la pequeña cocina a prepararlo. Gabriel, mientras tanto, se desanudó la corbata, se quitó la chaqueta, y se sentó frente al pequeño televisor del apartamento. Apenas 5 minutos después, una taza de café humeante ocupaba su mano derecha, pero sin apenas haberlo podido probar, con la izquierda agarró a Raquel por la cintura, demostrándole lo que realmente le apetecía ...

Sin más tiempo para prolegómenos ambos se fueron a la pequeña cama existente en el apartamento. Apagaron la luz, y ambos se entregaron a su amor poco legítimo. Tenían sus vida por separado, familias, etc ... pero ese era su momento, su tiempo, y no querían perdérselo, cómo así habia sido una vez por semana, hace ya bastantes años. Nunca, y ambos se conocían desde hacía bastante tiempo, se preguntaron quién más había en sus vidas. Se sabían sus nombres, verdaderos o no, y sus números de telefono móvil, y era más que suficiente. Para que querrían saber más el uno del otro, si ni les hacía falta. Estos encuentros eran sólo para ellos. Un lugar dónde sólo quedaba un rato de complicidad y amor fugaz, sin más expectativas. Un lugar dónde al poco de marcharse, sólo quedaría un bonito recuerdo dónde habite el olvido ...

Estaba Gabriel en estos pensamientos, apurando un cigarrillo en la cama, cuando Raquel se levantó de la misma. Se puso una bata muy ligera, y con un beso cariñoso en la frente, le dijo que iba al baño a darse una ducha. Gabriel se incorporó, y comenzó a vestirse. Miró nerviosamente el reloj, y se percató de que ya eran cerca de las seis ...

Una vez listo, entreabrió la puerta del cuarto de baño. Raquel aún se estaba duchando y cuando Gabriel le dijo adios, ella le contestó con una preciosa sonrisa.

Gabriel se dirigió a la puerta, y al abrirla, se percató de que se había olvidado de algo. Entre risas, volvió al dormitorio, y miró en su interior. Una vez dentro, abrió un pequeño cajón dónde había un sobre de color morado. Lo abrió, y depositó en él 150 euros. Era el precio a pagar por un rato de felicidad.

José María Vázquez Recio.



domingo, 9 de febrero de 2020

El cuñado:


Javier dirigió, resignado, sus pasos al hospital. Aquella tarde le tocaba quedarse con su madre, ingresada desde hacía dos meses. Entre todos los hermanos se organizaban bastante bien. Seguía resultándole extraño ver a su madre postrada en aquella cama, ella era siempre la que cuidaba a los demás y la que, hasta hace poco días, llevaba su casa con total independencia, además de estar siempre disponible para echar una mano a sus hijos y nietos. Según los médicos tenía un poco de todo: el corazón, la tensión alta, algo de insuficiencia respiratoria... pero ¿qué podía esperarse, con la edad que tenía? Sus hijos, a pesar de todo, mantenían la esperanza de que saldría de esta. A Javier lo que más le preocupaba era su estado de ánimo, esa inquietud y esa depresión no eran propios de ella.

Aquella tarde, Javier solo aspiraba a una cosa, distraerse con la telenovela que todas las tardes veían su madre y su compañera de cuarto. Nunca lo confesaría en voz alta, pero estaba totalmente enganchado a los amores y desamores de Antonella y Luis Alberto. Sin embargo, su madre parecía tener la cabeza en otro cosa, pues a cada momento interrumpía su concentración con ganas de cháchara.

_- Javi hijo ¿tú te acuerdas de la María Engracia, mi prima del pueblo? La que estaba casada con el Andrés. Ella siempre decía que era un buen hombre, aunque algo soso y arisco. Pero ¡échame cuenta hombre! Que te quiero contar la historia.

Javier fingió prestarle atención, aunque la verdad es que estaba más pendiente de como Antonella confesaba a Luis Alberto que él era en realidad el padre de su hijo.

- Pues veras, mi prima era feliz a su manera. Llevaba cinco años casada y en la granja no le faltaban trabajos ni ocupaciones. Lo único que echaba en falta era tener hijos, pero todo el mundo le decía que eran muy jóvenes, que ya llegarían. Pero el día que conoció a su cuñado su mundo se puso patas arriba.

-¿Tanto peligro tenía el cuñado?- comentó Javier, por seguirle la corriente a su madre.

    • Es que resulta que su cuñado Santi vivía en Bélgica, donde había emigrado muy jovencito, por eso no vino a su boda y ella no lo había conocido hasta aquel verano, que había ido al pueblo a pasar las vacaciones. Lo cierto es que las cosquillas que sentía en el estómago cada vez que lo veía no las había sentido nunca con su marido ¡y aquella forma de mirarla! La prudencia le decía que sería mejor no quedarse a solas con él. Pero se quedaron y por más que ella se decía a si misma – por favor, María Engracia, piénsalo con cautela- ni pensó ni nada y pasó lo que tenía que pasar.

-¡Vaya tela mamá! Yo que creía que esas cosas en tus tiempos no ocurrían. Pues está muy bien la historia.

    • Pues no ha hecho más que empezar hijo, porque resulta que cuando él se marchó a Bélgica, ella intentó autoconvencerse de que las cosas seguían como antes. Ella quería a su marido y lo de su cuñado había sido una locura que no volvería a repetirse. Pero resulta que, unas semanas después, descubrió que estaba embarazada y ¿qué podía hacer ella? Pues tragárselo todo y dar la noticia y todo el mundo feliz y contento, sobre todo Andrés, al que la noticia del niño le hizo muchísima ilusión. El caso, se decía ella, que como poder, también podía ser hijo de su marido, lo único seguro es que el niño salió clavado a la familia paterna.

Llegados a este punto, Javier guardó silencio, confiando en cogerle el hilo a la novela, pero su madre no se daba por vencida.

    • Pues ahí no termina la historia. Su cuñado volvió el verano siguiente y el otro y el otro. Y siempre pasaba lo mismo, ella se juraba a sí misma que no recaerían, pero recaían ¡vaya si recaían !y en septiembre ella volvía a descubrir que estaba embarazada.
    • ¿ Y nunca dejó a su marido?
    • ¡Qué va! Ella era sincera cuando decía que seguía queriendo a Andrés, que además, desde que se veía rodeado de niños, era otro hombre y nunca fue capaz de abandonarlo, por más que Santi se lo suplicaba cada verano. Al final del cuarto verano no volvió más y acabó casándose con su novia belga.
    • ¡Para que luego digan de las telenovelas!


Dos semanas después, Javier y sus hermanos se citaron en el caserón familiar para recoger entre todo los recuerdos de toda una vida. Su madre, después de una ilusoria mejoría, se apagó poco a poco y se fue rodeada del cariño de su familia. Él no se había vuelto a acordar de la historia de María Engracia hasta que su hermana Tere les enseñó a todos una fotografía.

    • ¿Quién será este hombre que esta en la foto con mamá? ¿Os habéis fijado en lo guapa que está? No había visto esta foto en mi vida, estaba en la mesilla de noche, junto a su cama.
    • Es el tío Juan -dijo Ernesto, su hermano mayor- lo recuerdo de cuando venía al pueblo de vacaciones. Vivía en Bélgica, vosotros erais muy pequeños.
Y fue entonces cuando Javier recordó con todo detalle aquella historia que había escuchado de mala gana. No pudo menos que admirar la forma tan sutil de su madre de descargar la conciencia. Emitió un profundo suspiro, llamó a sus cuatro hermanos y tras sentarlos les dijo:

    • Chicos, tenemos que hablar.
Ana Cumbrera Barroso

El sueño de Silvia:


Era un domingo de final de enero, cerca del mediodia. El Hospital Provincial recibía muchas visitas ese día, y los pasillos del mismo era un ir y venir de familiares y amigos queriendo visitar a sus parientes enfermos.

La familia de Silvia esperaba pacientemente a que saliera el médico de la habitación. Sus tres hijos, acompañados de las esposas, se miraban entre si, preocupados porque todo presagiaba el final de la vida de su madre. El más pequeño se rebelaba más si cabe ante esta situación. No la consideraba justa, tan llena de vida hace apenas unas semanas ...

Por fin, el doctor salió de la habitación con gesto grave, y miró fijamente al primero de los hijos que lo abordó ... "su situación es muy grave. Les recomiendo que estén localizables porque no creo que soporte una noche más ...".

Pasaron al interior de la habitación, y todos sacaron fuerzas de flaqueza para ofrecerle a su madre un pequeño halo de esperanza. A Silvia, sin embargo, mujer avezada en la vida, y que se tuvo que hacer cargo de sus hijos una vez terminada la guerra, no le hacía falta casi nada para saber que sus dias de lucha y entrega se acababan ...

Silvia se dirigió a su hijo mayor, y con su voz cansada le preguntó quién fue quién la acompañó esta última noche. Él le contestó que había estado él, y que su cuñada María estuvo la noche anterior.

¡No!, insistió Silvia. Recuerdo a una mujer alta, muy delgada, vestida como si fuera una novia, con un vestido blanco precioso.

¡Mamá, no te habrás confundido con alguna enfermera! ¡Para nada!, contestó ella. La enfermera hubiera encendido la luz, sin importarle nada que hora fuera. Pero esta mujer estuvo conmigo, a mi lado, hablándome sobre vosotros, sobre mis nietos, y haciendome recordar días felices de mi infancia y mi juventud con vuestro padre ...

Los hijos se miraron entre ellos. Posiblemente, fruto de la medicación administrada para aliviarle los dolores, tuvo alguna alucinación o sueño demasiado real.

¡No me mireis asi, como se estuviera loca! Recuerdo muy bien cómo me dió varios besos en la mejilla, y su voz era dulce, muy dulce.

Su hijo mayor se le acercó, y besándole suavemente en la frente, le dijo que si, que tenía razón, pero que él no salió nada más que a tomar café apenas15 minutos, y que no recordaba a nadie más junto a su madre.

El reloj de la fachada principal del hospital marcaba las 9 de la noche, y comenzaron a advertir por la megafonia que las visitas tenían que marcharse. Una de las nueras se quedaba aquella noche y, siguiendo el ritual acostumbrado, acompañó a Silvia al cuarto de baño, la acomodó con cariño en su cama, le quitó sus gafas, y se despidió de ella deseándole buenas noches, antes de apagar la débil luz que alumbraba el cabecero. Al poco rato, ambas dormían placidamente, y sólo se escuchaban algunos enfermos, en escapadas furtivas para charlar un rato, apurando con culpabilidad un cigarrillo antes de que la enfermera de planta los descubriera ...


La noche transcurría lentamente, y apenas se escuchaba el ruido de algún coche saliendo del aparcamiento. Silvia languidecía, debílmente, moviéndose de forma agitada a un lado y a otro. En aquel instante, alguién con un ramo de flores abrió la puerta, lentamente, dejando tras de si un pequeño hilo de luz procedente del pasillo del hospital.

Silvia enarcó las cejas, y, sonriendo, se alegró de ver nuevamente el rostro de aquella mujer. Movió timidamente su mano derecha, diciéndole que se acercara. Ella, llevándose el índice de su mano derecha a sus labios, en ademán de que no hablara, puso las flores sobre la pequeña mesilla y, mientras con una mano apretaba dulcemente la de Silvia, con la otra cerró sus ojos bañados en lágrimas, ya carentes de vida.

José María Vázquez Recio

miércoles, 13 de noviembre de 2019

La carta:



Querido papá.

Como veras estoy cumpliendo la promesa que te hice de escribirte periódicamente para contarte cómo me va. Como tú muy bien decías, estas cartas me servirán de diario para recordar todas las vivencias de mi experiencia Erasmus. Sí, ya se que han pasado dos meses desde mi llegada y que esta es la primera carta, pero como dice la abuela: nunca es tarde si la dicha es buena.

Empezando por el principio te diré que fueron un poco desmoralizadores. Parece mentira que en una ciudad tan bonita como esta yo alquilase en el barrio más feo. El piso también es un poco cutre y ,como dijo mamá al verlo, con más mierda que once jamones. Menos mal que mis compañeros de piso son geniales, aunque con ellos hay que tener una mente bastante abierta.

El primer día, mamá y yo llegamos cargadas como mulas. A ella, ya la conoces, le dio un ataque de los suyos e hizo limpieza general, ante la sorna de mis compañeros, que me decían por lo bajo, que todas las madres de Erasmus hacen lo mismo. La verdad es que una vez que ella se marchó la limpieza duró poco.

Estoy todo el día muy ocupada, entre las clases y las fiestas. Te alegrará saber que soy mucho más prudentes que mis compañeros y no acepto más de una quedada al día, pero considero que es fundamental conocer a personas de otros países y culturas. Viajar también me ocupa mucho tiempo, no puedo perder la oportunidad de conocer todo lo que pueda. Pero tranquilo, que también estudio.

Estoy madurando muchísimo. Soy menos escrupulosa que antes y ya lo de la hornilla sucia o el lavabo con pelos me da igual. La verdad es que aquí no tenemos tiempo para nada, menos mal que la semana que viene se incorpora una compañera y seguramente su madre nos hará limpieza. Esto me lleva a una interesante reflexión sobre la igualdad de géneros: vienen padres y madres, pero siempre limpian las madres, vuestra generación se ve que no ha conseguido la igualdad. Afortudamente la mía si, pues no limpiamos ni los chicos ni las chicas.

En el tema de las comidas también he madurado mucho. Sé que te preocupaba mucho que no sé cocinar, pues bien, sigo sin saber, pero ahora ya nunca protestaré por las comida de casa en las que pienso con nostalgia, aquí solo comemos lo que sale del microondas. Mis compañeros y yo os agradeceríamos en el alma un envío con chacinas envasada, sobre todo de jamón.

Bueno papá me despido ya. Os echo mucho de menos. Besos y abrazos para todos.

PD. Por poco se me olvida, ¿podrías mandarme dinero, por favor?

Ana Cumbrera Barroso




Recuerdos de Ansterdam:



... Una persona puede nacer en un día, y puede comenzar a morir en varios. Me invadía este pensamiento cuando, sentada en la parte posterior de la iglesia, veía cómo varios hombres portaban su cuerpo, después de un breve responso, hacia la salida ...

Me levanté ayudada por una de mis amigas, y ambas nos abrazamos compugidas, llorando, sin posible consuelo. En aquellos momentos, mis recuerdos me llevaron a unos meses antes, a mi llegada a Amsterdam para realizar mi último curso de la carrera. Fueron las primeras semanas muy azarosas, conociendo a compañeros y profesores nuevos, y con días a los que les faltaban horas entre clases y salidas nocturnas ...

En una de ellas lo conocí. Prácticamente forzada por una amiga, que me insistió en que en aquel bar podríamos comer algo mientras jugábamos al billar, juego que, por otra parte, detestaba. Para no contradecirla, y también porque no me apetecía pasarme el resto de la noche estudiando sola, accedí.

Era uno de esos antros llenos de estudiantes, con poca luz y demasiado humo de fumadores poco respetuosos con las necesidades de respirar ajenas. Encontramos un pequeño hueco en una barra atiborrada de gente pidiendo cerveza. No sin esfuerzo, conseguimos un par de jarras y nos dispusimos a buscar alguna compañia masculina. No había gran cosa para elegir, y mi amiga no dejaba de señalarme con la mirada a uno o a otro, cuando ahí estaba él ...

Al principio creía que no me miraba a mi. Aparté la mirada, y al instante, volví mi mirada en su dirección. Ahí seguía, mirándome fijamente. Al ver que me fijaba en él, sonrió. Creí entenderle algo que me decía, pero fué más su gesto de invitación a que salieramos fuera del local lo que me hizo asentir y acercarme a él. Me dispuse a avisar a mi amiga, pero ésta estaba con otro chico riendo y pensé que tampoco sería una preocupación para ella que me fuera ...

Al salir, me lo encontré de espaldas, apoyado en un coche y fumando un cigarrillo. Volvió a sonreirme, y en un inglés poco fluido me preguntó mi nombre. Yo le contesté que mi nombre es Elena, que era estudiante, y española. No hizo falta más. Me besó dulcemente en los labios y cogiéndome suavemente de la mano, me llevó a un coche. Estuvimos un buen rato en el aparcamiento. Cuando más disfrutabamos ambos de nuestros respectivos encantos, un fuerte golpe sacudió nuestros corazones. Una chica, muy nerviosa, intentaba en vano abrir la puerta del vehículo sin conseguirlo. Le entendí entre sollozos que qué significaba aquello, y con quién la estaba engañando. Él, sin mediar palabra, arrancó el vehiculo sin dirección aparente.

Yo me acomodé en mi asiento y, al cabo de unos minutos, le pregunté quién era ella. Él no me contestó inmediatamente, pero al tiempo me dijo que era una antigua amiga. Yo me imaginé que sería algo más que eso, pero no le quise preguntar más. Me dejó en la puerta de la residencia sin mediar media palabra más. No supe en ese momento decirle algo, si volveriamos a vernos, su número de móvil, pero no ví oportuno nada. Le dije adiós, y me fui a mi habitación.

Durante buena parte de la noche mi pensamiento no se apartaba de él. Le daba vueltas y vueltas a la cabeza, y no acertaba a determinar que era lo que más me convendría. Pensé en acudir al mismo bar al día siguiente, pero no estaba convencida de que fuera lo mejor ...

Al día siguiente, entre horas de clase y la vuelta a mi rutina diaria, me lo conseguí quitar de la cabeza. Mi amiga me propuso que tomaramos algo en la cafetería y, después, aprovecharamos la tarde escuchando música. El día era frio y desapacible, e invitaba al recogimiento. Yo asentí, y nos dispusimos a seguir ese plan. Pero a la vuelta, allí estaba él ...

Llovia torrencialmente, sin nadie más en la calle. Su figura, alta y espigada, aguardaba pacientemente en la puerta. Una vez que me reconoció sonriéndome, me saludó. Yo también le saludé, y con un sonrisa cómplice mi amiga se marchó. Sólo las buenas amigas saben que hay momentos en que es mejor dejar el campo libre ...

Sin mediar palabra, y agarrándome fuerte por la cintura, me besó. Me hubiera gustado preguntarle en mi escaso inglés que pasó el día anterior, pero no me dió oportunidad. Con un gesto de la mano, me invitó a subir al coche.

Al poco rato, llegamos al amplio aparcamiento de un bar. Se escuchaba música alta y gente cantando. Lo miré y, ante su mirada inquisitiva de que mé parecía el lugar, asentí. Me cogió de la mano, y nos dispusimos a tomar algo.

No pasaron ni cinco minutos, cuando un chico llamo deliberadamente mi atención. Se nos quedó fijamente mirando, y con gesto algo airado, avanzó con grandes pasos a nuestro encuentro. Él estaba aún distraido pidiendo unas copas y él, sin media palabra, le llamó tocándole el hombro. Al volverse, el ruido de un gran bofetón rompió el alegre ambiente que había. Todos se volvieron a ver la escena, que indudablemente prometía, pero para mí, que era la segunda vez que era testigo de estos encuentros, me empezaba a contrariar bastante. Ví lo suficiente cómo para imaginar la historia, y el amargo sabor del despecho que desprendía todas las palabras que le estaba diciendo.

Creí que era oportuno salir de allí. No quise volverme a mirar cómo terminaba esta historia, porque, entre otras cosas, me resultaba muy ajena, o así quería yo interpretarlo. Cogí un taxi y, al querer dar mi dirección, el apareció de la nada y, sujetando la puerta, me pidió que le esperara.

No sabría decir porque lo hice, pero lo hice. Tras dar una generosa propina y pedirle disculpas al taxista que me miraba entre cínico e irónico, lo esperé en la puerta del bar. Al poco salió nervioso, con prisas, y, agarrándome de la mano, me llevó al interior de su coche.

De camino de vuelta a mi residencia apenas habló. Era la segunda vez que me veía en una de estas, y ya sólo quería llegar a mi habitación, ducharme y acostarme. Al día siguiente esperaba otro día duro de clase. Mi amiga, al verme entrar, no vió oportuno decirme nada. Yo se lo agradecí, con un gesto de contrariedad en mi cara y lágrimas en los ojos.

Al día siguiente, el ruido de una llamada telefónica nos despertó. Apenas eras las 7 de la mañana. Al otro lado, alguíen me preguntó si conocìa a Jerry. Al principio, aún aturdida, no sabía de quién me estaba hablando. Al seguir escuchándole con atención, las lágrimas saltaron en mis ojos. Jerry, el chico de mis últimos encuentros y desencuentros, había aparecido muerto la noche anterior en su habitación. Me preparé lo más rápidamente que pude, con una mirada icrédula de mi amiga cómo despedida ...

Al llegar a su habitación, la puerta estaba abierta, y llena de curiosos. Encima de la cama, semidesnudo y cubierto por una fina sábana, yacía él. Al fondo, un médico forente le decía a un responsable de la residencia algo en voz baja. Buscando respuestas, me fijé en otra chica que, sentada en su cama, lloraba.

Al verla, creí reconocerla. Ella también me reconoció y, sin mediar palabra, me abrazó, buscando en mi el imposible consuelo. Nos invitaron a ambas a salir de la habitación, ya que se disponían a sacar su cuerpo. Su imagen, cubierta con una sábana, sería un recuerdo imborrable para el resto de mi vida, que me llevaría a preguntarme quién fue él realmente ...

José María Vázquez Recio