lunes, 5 de marzo de 2018


OJOS GRISES

... había una vez una mujer joven, que andaba por ese parque florido cómo solo se puede ver en una primavera cualquiera,con esa tranquilidad de quién sabe que no tiene quién la espere. Veía a los niños jugar, felices, con madres y padres apostados en los bancos al acecho de cualquier imprevisto ... observaba con esa mirada triste y envidiosa de haber querido tener hijos, y no haberlo conseguirlo ...

¡Alicia, incorporese!¡ayúdeme por favor!

... seguía dando su paseo, cómo lo hacía todas las tardes a esa hora ... había tenido un día duro en clase. Los niños cada vez se portaban peor. Muchos de ellos buenos chicos, pero con esa indolencia que dá la edad temprana, sin saber que se pueden hacer mucho daño con sus actos y más con sus palabras ...

¡Muy bien, Alicia! ¿le apetece cenar?

... paseaba y paseaba. Se decidió a sentarse en un banco. A su lado estaba sentado un hombre joven. Lo miró de reojo y se dió cuenta de que él hizo lo mismo. Disimuló algo buscando algo en su bolso cuando él le habló ...

En un momento le traemos la cena y le ponemos algo en la tele. ¿que le parece?

Ella no le atendió. Parecía un joven agradable, pero ella ya estaba cansada de esos escarceos que no llevan absolutamente a nada ... o eso creía pensar ...

¿que hay?. ¿buen día de parque, verdad?

Su sonrisa era agradable y atrayente. Ella le contestó con lo primero que se le vino a la cabeza. No tenía ganas de hablar, y menos con un desconocido aburrido y, a lo peor, algo oportunista ...

¿viene a menudo por aquí? Yo casi todos los días. Me acompaña mi hijo pequeño, Diego. Es aquel, el que está en el columpio.

Le miró con gesto cansado. No le apetecía tener otra conversación trivial. Solo quería descansar un rato y seguir con su paseo rutinario.

¡Estos niños! ¡no se puede uno relajar con ellos! ¿usted tiene hijos?

Le miró otra vez. ¡Será posible que no se dé cuenta de que no me apetece hablar nada!.

No, estoy paseando un rato, le respondió. Y ya me quiero ir a casa.

¿dónde vive?

Dudó un instante. No era amiga de confiar en desconocidos, y le señaló un punto en la lejanía, donde se podían ver hileras de edificios alineados donde se almacenan tantas familias, tantas vidas ...

¡Pues me pilla de camino!. ¿Le parece que andemos un rato?. Ya se está haciendo de noche ... ¡Diegooooo!

Diego acudió a la llamada de su padre, y le extrañó que estuviera con una desconocida. Desde que su madre los dejó ..., nunca más había vuelto a ver a su padre con nadie ...

Alicia, ¿le pongo un almohadón en la cabeza?. Creo que así se sentirá más comoda ...

Ella vió al chiquillo acercarseles. Se le veía risueño, y al acercárse a su padre le dió un sonoro beso en la mejilla.

¡Mira Diego! ¡hoy no nos volvemos solos a casa! Nos acompaña esta señorita de nombre ...

¡Alicia!. Me llamo Alicia. Si les parece, nos podemos ir ya ... tengo un poco de prisa, sabe ...
Iniciaron el camino de vuelta hablando, con Diego encima de los hombros de su padre. Él se mostraba muy abierto y simpático. Alicia escuchaba y escuchaba, y notó poco a poco que ese hombre albergaba un buen corazón ...

¡Alicia, son las 10! ¡Es la hora de su medicación!. ¿prefiere agua o leche?

Siguieron caminando por el parque. Al poco, ella, con la primera excusa que se le ocurrió dijo que ya estaba cerca de casa, y que era hora de separarse. Con un gesto cariñoso, dió un beso al pequeño Diego, y se disponía a irse cuando él la cogió de la mano.

¿porque no nos acompaña, Alicia?. Diego y yo solemos tomar algo en una cafetería de esta calle. Al pequeño le encantaría que viniera con nosotros ... ¿verdad Diego?.

El pequeño asintió. Siempre le entristecía el camino de vuelta del parque, y cambiar jugar con sus amigos para volver a su casa, con la única ilusión de ver, cómo cualquier otro día, un rato la televisión con su padre hasta que sus párpados le pesaran demasiado.

Bueno, no venia con esa idea. Vale, les acompaño, pero sólo un rato ...

Ese gesto, y la alegría que despertó en sus acompañantes, fue el comienzo de uno de los escasos en que fue inmensamente feliz ...

¡Alicia, por favor, no llore más! Voy a tener que quitarle las fotos de su familia. No me gusta verla triste ...

Alicia asintió. A sus 80 años echaba de menos poder pasear, y contemplar niños jugando en el parque. Una vez más, se le inundaron de lágrimas sus bellos ojos grises ...




José María Vázquez Recio.

domingo, 4 de marzo de 2018


Había una vez.

Había una vez una niña que tenía miedo.

Miedo de la oscuridad.
De las noches, cuando se iba a dormir y se apagaban las luces.

Todas las luces.

Y la negrura lo envolvía todo, la envolvía a ella, se la engullía y la dejaba inmóvil, convertida en estatua de mármol, pétrea y helada, contando los minutos, las horas.... hasta el amanecer.

Miedo de los sonidos.

Del canto de los pájaros, de su fuerza, de su vuelo al surcar los aires del cielo inmenso en el que se perdían.

Miedo del agua de la lluvia, del viento y del sol.

Miedo.

Miedo a la indiferencia,

a no sentir alegría ni tristeza,

a no sentir emoción,

ni la ternura de un beso, ni la calidez de un abrazo.

A pasar sin pena ni gloria,

a pasar de puntillas por la vida.

Sin amor

Sin sentir la calma que cura la herida, el aliento que te sostiene firme.


Y así vivía, triste, atormentada por el miedo, en soledad.

En silencio.

Hasta que un día descubrió un resquicio en el cristal de la ventana, por el que se colaba un minúsculo rayo de sol.

Con curiosidad se acercó en un movimiento suave, apenas perceptible.

Fue su luz plena y cálida la que le devolvió el reflejo de su rostro en el ventanal.

Un espejo improvisado en el que contempló su mirada desprevenida.

Detrás de ese rayo de luz había una vez un ángel que le tendió la mano y se llevó los miedos

Todos sus miedos.

Para siempre

Maribel de la Fuente.

Letanía:



Había una vez.

Había una vez una bufanda oculta, pero no olvidada, que tenía la extraña virtud de provocar lágrimas irreprimibles.
Había una vez un muchacho que no comprendía por qué era invisible a los ojos de sus compañeras y no podía dejar de lamentarse por ello.
Había una vez un anciano octogenario que solo lograba recordar a dos muchachas felices y hermosas que alguna vez lo impresionaron hasta los huesos.
Había una vez una jovenzuela risueña que disponía como recursos más destacados y poderosos su inocencia y su timidez.
Había una vez un escritor que solo podía hacer el amor con el personaje que había ido trazando lentamente durante toda su vida y esto lo humillaba ante el altar de su propia conciencia.
Había una vez un joven obsesionado por la dulce y feroz sensación recién descubierta de acariciar por primera vez el vello púbico de su chica amada.
Había una vez un plateado pez apretado en un bolsillo por la mano inmaterial de un ángel que no era tan malvado como él mismo hubiera creído ser.
Había una vez una mujer madura que observaba cómo su amor zarpaba en un enorme barco y se alejaba irremediablemente de un muelle oxidado donde ella permanecía amarrada.
Había una vez un viejo que se disolvía en la nostalgia de una tarde de otoño caminando entre hojas secas y quebradizas.
Había una vez una madre que enloquecía de soledad.
Había una vez un pervertido que sentía cómo se excitaba progresivamente en un autobús repleto de muchachas jóvenes y se perdía en un laberinto de fantasías oscuras en que se desorientaba su voluntad.
Había una vez un joven viajero que se lamentaba acodado en la barra de un bar por haber hecho el amor mil veces con la misma mujer desconocida.
Había una vez una mujer que no sabía soportar ser feliz.
Había una vez un hombre vestido de uniforme incapaz de reconocer a la que fue el amor de su vida y una mujer absorta y sorprendida que huía de la realidad que observaba.
Había una vez un décimo de lotería que yacía en un ignoto lugar a la espera de ser descubierto.
Había una vez un anciano que recuperó la memoria y se puso a llorar.
Había una vez un niño que aprendió a convivir con la sombra monstruosa de sus impulsos que asomaba por detrás de sus hombros.
Había una vez un libro que dormía en un sótano.
Había una vez una pareja de novios que separaban sus manos, porque habían llegado a la triste conclusión racional de no seguir juntos. Ambos lloraban.
Había una vez una relación amorosa aburrida que continuaba por inercia, por razones físicas.
Había una vez una mujer que enfermaba repentinamente y que le tenía un miedo terrible y ancestral a la muerte. Había una vez también un hombre que no sabía consolarla y ésto lo destruía.
Había una vez un hombre que miraba sus manos ensangrentadas.
Había una vez una mujer hermosa, aunque no joven, que conservaba en su corazón lo mejor de un hombre que no podía recordar quién había sido y ésto la hacía feliz, porque siempre había querido susurrarle al oído de él todo lo bueno que llevaba dentro.
Había una vez un muchacho que escribía en las paredes “Soy lo que soy”.
Había una vez un atleta que corría en dirección contraria preguntándose: “¿Hacia dónde van todos?”
Había una vez una bella mujer que se maquillaba hábilmente y que se vestía con ropa muy ceñida antes de salir a pasear la noche.
Había una vez un niño con los ojos muy abiertos que agarraba con fuerzas la mano de su padre que lo llevaba al mejor espectáculo del mundo.
Había una vez un pobre imbécil que traicionaba a su mejor amigo y una mujer que le mentía diciéndole: “No te sientas culpable, amor”.
Había una vez un joven que escribía poemas de amor.
Había una vez una chica adolescente que se buscaba donde sabía que no podía encontrarse.
Había una vez un viejo reviejo que descubría en su corazón lo que nunca había sospechado hallar: odio, frustración y cobardía.
Había una vez un profesor que iba a clases nocturnas para aprender a no ser modelo para nadie.
Había una vez una mujer de ojos negros que se consolaba pensando en el paso del tiempo mientras contemplaba el Guadalquivir.
Había una vez una abuela que recordaba y lloraba por haber estado junto a su nieta donde no debió.
Había una vez una mujer que se había zambullido en piscinas de aguas sucias y gelatinosas.
Había una vez un joven que miraba cara a cara a su novia reciente.
Había una vez una jovencita de cabellos dorados que se sorprendía cada vez que pronunciaban su nombre.
Había una vez un agrimensor que pretendía comprender los tortuosos senderos de su cerebro.
Había una vez una mujer de rojo en un prado verde.
Había una vez una mujer negra que vagabundeaba por las calles mojadas y que contemplaba el cielo azul reflejado en los charcos irisados por el aceite que dejaban los coches viejos.
Había una vez un hombre que quiso vivir como los dioses y se arrepintió hasta el suicidio.
Había una vez un hombre y una mujer que olvidaron que habían recibido el mejor don de los cielos: el de existir, el de vivir en un mundo maravilloso y el de ser conscientes de ello.
Había una vez un hombre negro de cuarenta años y ningún amigo.
Había una vez un hada que delicadamente plegaba sus alas junto a un lecho caldeado por el débil sol de invierno que invadía su habitación.
Había una vez una mujer que era un tesoro, pero ella no sospechaba nada.
Había una vez una joven que era el centro del mundo y había una vez un mundo que existía solo para girar en torno a ella.
Había una vez un gitano que necesitaba cabalgar sobre un cohete dorado.
Había una vez un grupo de ocho individuos que se reunía una vez al mes para contarse historias.

José Manuel Martínez Arias.

martes, 13 de febrero de 2018

Una tarde de fútbol.

Apareció de repente, mientras rebuscaba entre un lío de ropa desordenada en el altillo del armario.
Envuelta en papel de seda, para preservarla del caos que la rodeaba, diminuta y pequeña pero intacta, como los recuerdos a los que me llevó en un viaje directo y fugaz a otro tiempo.
Y así, subida en la escalera, agarrándome a la puerta del armario para no caer, encontré el equilibrio que solo brota de la memoria sincera, de la mirada clara

Y comencé a evocar...

Desde por la mañana me sorprendía su alegría inusitada, siempre nueva, siempre extraordinaria.
Pareciera que acabara de descubrir una pócima mágica, una alfombra mágica... la pura magia.
La observaba entre divertida e incrédula, pero seducida por ese torrente de luces blancas que inundaban todas las partes de la casa por donde ella pasaba, dejando un halo de alboroto espontáneo y musical.
Era su manera de entender la vida, daba igual que las circunstancias fuesen adversas o favorables
Ella era la Esperanza, la convicción de que la vida era un hermoso regalo por el que valía la pena luchar siempre, en todo momento.
Y ahora abro esa llave envuelta en papel de seda que me trajo hasta aquí
Para encontrar una bufanda gastada
la bufanda que llevaba puesta esa niña todas las tardes que iba al fútbol de la mano de su padre

Con su esperanza, con su alegría
Esa que mueve el mundo.

3 de febrero de 2018

Maribel de la Fuente

martes, 6 de febrero de 2018

La pareja protagonista de nuestra historia se conoció en Semana Santa y empezó a salir en feria. Si a ésto añadimos que sucedió en Sevilla, puede sonar a tópico, pero así fue.

Una tarde de martes santo los presentó una amiga común. Aunque apenas hablaron esa tarde, a ella le cayó bien aquel chico simpático y dicharachero del que ya tenía referencias por sus amigas. Volvieron a quedar en grupo el martes de feria. Esta vez comenzaron a hablar nada más reunirse en la Calle Asunción y así se inició para ellos la que sería la mejor feria de sus vidas. Salieron todas las noches, comieron poco, bebieron algo más y bailaron mucho, rematando con los fuegos artificiales aquellos días festivos e inolvidables.

Como se decía entonces, empezaron a salir e hicieron lo que hacen todas las parejas del mundo en sus inicios : contarse sus vidas , descubrir aficiones comunes y ofrecer la mejor versión de ellos mismos. Fue una etapa feliz. Todo iba sobre ruedas hasta que una tarde de sábado él le hizo una proposición inesperada:

-¿Te vienes mañana conmigo al estadio a ver el partido del betis?

A ella el fútbol no es que le gustase poco ni mucho, es que no le gustaba nada en absoluto; es más, lo odiaba cordialmente. Para ella iba asociado a las tristes tardes de domingo con la eterna cantinela de Carrusel deportivo como banda sonora, las machaconas cuñas de Pepe Domingo Castaño -como olvidar lo de “Soberano, es cosa de hombres”- y los desagradables pitidos que anunciaban aquellos goles cantados de forma estridente. No había visto una partido televisado en su vida... ni el España Malta cuando iban por el décimo gol. Para colmo, el muchacho era bético y en su familia eran todos sevillistas desde hacía varias generaciones y aunque ésto también puede sonar a tópico, en Sevilla es poco más o menos como ser Montescos y Capuletos en Verona.

Todo ésto pasó por su cabeza en un segundo, pero bueno, estaban empezando y no quería ser desagradable. Después de todo ¿qué podía perder?

Así que al día siguiente se arregló y se puso un vestido rojo -que conste que sin la menor mala intención o doblez- y salió de su casa sintiéndose bastante culpable tras la mirada de desilusión y reproche que le lanzó su padre, en plan ¿¡cómo puedes estar haciendo ésto! ?¡Su padre! que siempre se bajaba al bar a ver los partidos para dejar que las cuatro mujeres de su casa pudieran ver la película en el salón y que ahora tenía que aguantar que a su hija le saliera un novio bético y que encima se fuese con él al fútbol.

Cuando entraron en el estadio y se instalaron, aquello era peor de lo que se imaginaba. Cerca de dos horas de pie, la gente gritando enloquecida, botando absurdamente -sevillista el que no bote- y cantando consignas. Detrás suya un hombre echándole todo el humo de un porro y lo peor de todo, aquel chico, hasta ese momento tan amable y educado, de pronto era el que más gritaba, el que más botaba, a la vez que sapos y culebras salían de su boca.

Aquella tarde de fútbol fue un punto de inflexión en su relación. Fue el final de la etapa de idealización. Era cuestión de dejarlo correr o aceptar el famoso dicho de nadie es perfecto. Era el momento de poner en una balanza lo bueno y lo malo y decidir si seguir o no juntos. Evidentemente ganó lo bueno, porque hoy, 30 años después, siguen juntos. Eso si, ella al campo no volvió.

TÍTULO: Su “única” tarde de fútbol.


Ana María Cumbrera Barroso.

lunes, 5 de febrero de 2018

Tarde de fútbol:


... ¿papá, a que hora nos vamos ...?

El niño se acercó a su padre, con ganas de llamar su atención. Acababan de almorzar la familia, otro domingo cualquiera con sus particulares costumbres y con su particular monotonía. El padre, con gesto cansado, ya que apenas había dormido tres cuartos de hora de su muy merecida siesta, se dirigió a su hijo con un gesto indulgente ...

... espera un momento, chico. Ya acabo ...

La madre terminó de arreglar al pequeño. Pantalón bien puesto, con la camisa para adentro, un buen chaquetón -siempre hace mucho frío en el estadio, y mañana hay colegio- , y dándole un beso muy fuerte en su mejilla, se despide ...

... a ver si ganais esta tarde ...

El niño se dirige a la puerta, y cuando aparece de nuevo su padre esboza una sonrisa de oreja a oreja ...

¡venga papá, que nos va a coger un atasco cómo siempre ...!

Cogen el coche, y se dirigen por la calle jilguero, a la derecha por la calle alondra, y embocan el barrio de la candelaria atravesando la avenida Federido Mayo Gayarre ...

¡papá, pon útlima hora futbolística, a ver quién juega ...!

El padre enciende el transistor, único elemento ajeno al engranaje del motor, que los lleva a ese lugar de común ilusión que es ese estadio ubicado al final de la palmera en el muy sevillano barrio de heliópolis ...

Llegan por fin, después de haber tenido la parada en el paso a nivel frente al cuartel de intendencia - papá, parece que se enteran los trenes cuando vamos al Betis -, y aparcan en uno de los pocos huecos que tienen la suerte de encontrar.

Se encaminan agarrados de la mano. Son cómo tantos en los que se entrecruzan dos generaciones compartiendo un mismo sentimiento. Padre e hijo, con la inacabable ilusión que los sostiene, domingo tras domingo.

¿papá, compramos caramelos?.

Una vez superada la oportuna liturgia de llenar de chuches los bolsillos del pequeño, embocan la entrada del estadio.

Se acumula mucha gente en la entrada. Siempre el mismo problema. El padre se saca del bolsillo ambos carnets de socio, y se lo muestra al portero, que muestra, cómo siempre, el mismo gesto entre desconfianza y hastío.

¿Seguro que el niño es infantil? A mi me parece demasiado alto para tener menos de 14 años ...

¡Si lo es!, -musita el padre no sin un gesto de cansancio al tener que decir lo mismo cada quince día-. El niño tiene aún 13 años, aunque pueda ser todo lo alto que usted quiera ...

Pasan al interior, no sin antes tener que escuchar el último comentario del portero musitando entre dientes ... Por fin, una vez dentro, se acercan a uno de los mostradores dónde se sirven bebidas.

Por favor, una mirinda de naranja y una cruzcampo. ¡que estén friás, eh!

Les sirven dichas bebidas, y ambos se miran felices después de ver el objetivo conseguido. Una hora y media, entre atascos, problemas de aparcamiento, porteros desconfiados, etc. Pero ha valido la pena ...

Si disponen a entrar por el vomitorio, y una vez sentados en sus localidades, el padre se dirige a su hijo ...

¡... y recuerda, si alguíen te dice que dónde estás sentado es su sitio, le pides el carnet!

Saltan los jugadores a calentar, el estadio al unísono los ovaciona. Son esos héroes temporales que durante unas horas colman las expectativas y la avidez de esa mística del balompié. Al poco, y cerca de las cinco de la tarde, los futbolistas vuelven a los vestuarios para terminar de prepararse antes del comienzo del partido.

¡papá, quíénes jugamos!

Esperate hijo, que ya van a dar la alineación ...

El estadio enmudece, y en ese momento, el espiquer calla a todo el estadio con su atronadora voz:

  • ... con el número uno ... Esnaola ...
    ¡Biennnn!
... con el número dos ... ¡Bizcochoooo!

El estadio acompaña a al nombre de cada jugador un grito al unísono. Son su equipo, sus jugadores ...
Comienza el partido. El equipo local ataca sin denuedo, pero enfrente tiene un gran enémigo. Tras unos veinte minutos, se confirmó la tragedia ...

¡Papá, nos han marcado!

El padre hace un gesto de desagrado, pero mira con esperanza a su hijo.

¡Tranquilo hijo, queda mucho tiempo!.

El juego continúa sin muchas variaciones, y menos en los guarismos del marcador. El 0 a 1 tendrá que esperar a la segunda parte.

Comienza el segundo tiempo, el equipo visitante, muy superior, sigue empujando para rematar el partido. El equipo local insiste en su empeño, más llevado por su fe que por otros argumentos futbolisticos, y el milagro llega ...

¡Gol, gol! ¡Papá, quién ha marcado!

El partido continúa, hay ocasiones que el portero local salva, y hace mantener la ilusión entre los aficionados. El partido parece que va a terminar con el empate cuando ...

¡gol, gol!

Padre e hijo se funde en un abrazo. Les embarga esa felicidad que dá los pequeños acontecimientos a su vida diaria.

Padre e hijo, felices con el devenir de la tarde, se despiden entre gestos de alegria y alivio ... El estadio se despide de sus jugadores entre cánticos de alegría y palmas ...

... ¿papá, a que hora nos vamos ...?


El padre se despierta, no sin tener que hacer un gran esfuerzo. Mira a su hija. Ella parece estar preparada. Tiene la misma mirada risueña que el tenía años atrás cuando su abuelo se la llevaba por esa senda de ilusión. De padres a hijos ... , ... de abuelos a nietos ..., una pasión llamada Betis ...

José María Vázquez Recio

domingo, 4 de febrero de 2018

Noc-tur-no:


Otras tardes de fútbol.
Enero de 2018:

  • No fue en 1980, como afirmas. Fue en el verano de 1978, porque tú y yo acabábamos de cumplir once años.
  • Gracias. Siempre he sabido que tú andabas mejor de memoria que yo.
  • Tampoco has descrito el vestido que llevaba la Maluca el día en que apareció. Era rojo, por encima de la rodilla y sin mangas.
  • Es verdad. Se muestra tan vivo en mis recuerdos que lo había pasado por alto.
  • Lo demás está bien. Salvo que no has mencionado que tú y yo éramos muy amigos. Tú-y-yo-y-Luis hasta que llegó ella.
  • Claro, eso también es verdad.
Mientras mantengo esta conversación con Marcos en un cementerio de Berlín junto al nombre de Luis, muerto hace ya veinte y cinco años, siento que los recuerdos van activándose en proporción inversa a la temperatura que noto descender en mis pies helados. Creo que él, Luis, nunca hubiera aceptado que nadie contara esta historia de niños, porque nunca habíamos vuelto a hablar de la Maluca, ni de su vestido, ni de sus ojos. Él también se fue o desapareció con ella aquel verano, o casi, porque pronto le perdimos el rastro. Años después supimos que había tenido problemas con el alcohol o eso nos dijo su hermana. Cuando conocimos de su maltrecha vida, ya llevaba varios años muerto. Su hermana nos lo dijo: “Javier, Marcos, Luis ha muerto”. Desde entonces, hace más de veinte años que llevo queriendo contar y escribir esta historia.
Todo comenzó la primera tarde de las vacaciones del verano de 1978. Yo me acababa de poner las zapatillas de deporte y había bajado las escaleras de mi casa corriendo junto a Luis en dirección al campo que había junto a la iglesia del barrio. Lo llamábamos el campo de la iglesia. Disponíamos de un largo verano para jugar al fútbol a todas horas, para lanzar desafíos a los niños de los otros patios. Esa primera carrera del verano hacia el campo de la iglesia, calzado con unas zapatillas poderosas y veloces, es lo más cercano que nunca he conocido a algo así que pudiéramos identificar con lo que entonces los mayores llamaban libertad. La iglesia estaba como hundida detrás de un pequeño muro y el campo, no muy grande, como medio campo de fútbol de los de verdad, quedaba en alto respecto a ella. Cuando Luis y yo llegamos, ya estaban allí todos los demás jugando. Nunca nadie esperaba a nadie. Los niños no entienden de paciencias, y la madre de Luis era muy latosa y siempre conseguía que llegáramos los últimos.
Cuando estábamos jugando, de pronto, apareció por detrás de la iglesia, circulando despacio pero con firmeza, y gruñendo, una gigantesca máquina excavadora, como si fuera un extinto y torpe animal prehistórico. Justo cuando apareció la máquina subiendo la pendiente que daba al campo de fútbol lazó por el tubo de escape una enorme nube de humo negro. El aire de junio estaba inmóvil y la nube densa tardó en disiparse. Cuando lo hizo, sobre el muro, apareció la figura extraña de la niña Maluca: más o menos de nuestra edad, baja y delgada, levemente jorobada, con dientes de ardilla, de una piel tan blanquísima que contrastaba radicalmente con unos ojos negros y profundos, muy abiertos, muy atentos. Todos nos quedamos fijos en ella, pero sobre todo Luis que no pudo apartarle su mirada hasta pasados unos minutos. Ella saltó por detrás del muro, hacia la iglesia y todos volvimos en silencio a jugar al fútbol. Luis abandonó la portería, él era nuestro portero titular, y se fue pendiente abajo a buscar a la niña. Ya no los volvimos a ver hasta pasadas unas horas, al final de la tarde. Venían andado desde el estrecho callejón que corría paralelo a la tapia de una fábrica desmantelada que suponía, más allá de la iglesia, la frontera natural de nuestras aventuras.
A la Maluca le gustaba sentarse sobre el muro, con sus canijas piernas colgando, mostrando sus huesudas y oblongas rodillas desnudas, y con sus manos apoyadas junto a sus muslos para enaltecer su figura y mirar mejor nuestras carreras, nuestros pases, nuestras luchas. A ti, Marcos, te gustaba hacer las alineaciones, diseñar las estrategias y disparar desde lejos. A mí me gustaba que ella nos mirara jugar; pero eso sobre todo le gustaba a Luis. Si cuando llegábamos al campo ella no estaba allí, a él se le quitaban las ganas de jugar, se hacía el remolón, te decía, Marcos, que jugaras por él, aunque tú eras nuestro defensa central titular, también hacías de portero suplente. Pero cuando ella llegaba y clavaba sus profundos ojos negros en nuestro juego, Luis volvía a la portería y comenzaba a tirarse sin miedo hacia la pelota. No había forma de meterle un gol. Se convertía en un auténtico gato.
Así fue transcurriendo todo el verano: carreras y aventuras por las mañanas y por las tardes, a veces hasta nos adentrábamos en el mismísimo callejón prohibido, y siempre jugando en el campo de la iglesia, lanzando desafíos a todos los niños del barrio, con la Maluca junto a nosotros, mirándonos y dejándonos hacer, pero sin ser uno de los nuestros.
Una tarde Luis, mintiendo, dijo que se encontraba mal, que le dolía un brazo y que no podía jugar con nosotros. Se sentó en lo alto del muro junto a la Maluca y mientras nosotros jugábamos ellos miraban. Más tarde, Luis nos contó que la Maluca no entendía nada de fútbol, que ni siquiera le gustaba, y que lo que hacía era contar los botes del balón y observar sus recorridos. Dijo que el primer día que nos vio jugar, contempló una jugada extraordinaria. Contó que él mismo, Luis, había sacado el balón dándole un puntapié fuerte y alto hacia el centro del campo, que la pelota había botado en el suelo sobre una abultada piedra saliente y que antes de botar de nuevo, yo había lanzado un chupinazo hacia la portería rival marcando un gol hermoso, espectacular. Fue una jugada aparentemente simple, pero que, debido sin duda a algún ignoto misterio, no había vuelto a repetirse nunca, nunca más. En cosas como esa se fijaba la Maluca.
Un día le vimos a través de los botones descosidos de su vestido parte de su espalda. No era jorobada. Tenía unas cicatrices abultadas y bermejas. Luis, que decía haberlas visto de cerca, porque ella se las había dejado ver, decía que eran los muñones de unas antiguas alas. La Maluca parecía venir de un lejano lugar. No le conocíamos ni padre ni madre ni hermanos ni abuelos,... Siempre que el sol comenzaba a ponerse y todos nos volvíamos a nuestras casas, ella se dirigía al callejón y en su negrura, como en un túnel, se alejaba de nuestra vista perdiéndose, disolviéndose hasta el día siguiente.
Al final de aquel verano, cuando Luis ya no quería jugar con nosotros y prefería quedarse junto a la Maluca mirándonos jugar o paseando por el borde del callejón o adentrándose en él, apareció de nuevo el enorme animal prehistórico subiendo por la pendiente que da a la iglesia. Aquella tarde el juego quedó interrumpido como la primera vez. Cuando la máquina llegó arriba lanzó de nuevo una densa nube de humo negro. Tras ella se encontraban la Maluca y Luis. Cuando el aire húmedo de septiembre, que anunciaba el final del verano, logró disipar la nube, la Maluca había desaparecido. Luis permanecía de pie, solo, más alto junto al muro, mayor que a principios del verano.
Desde entonces Luis se volvió taciturno y solitario. Cuando le preguntábamos por la Maluca no respondía o sólo parecía balbucir algo así como “Se fue”. Entonces giraba sobre sí mismo y se marchaba.
Después... el paso del tiempo... él se marchó con un hermano mayor a Madrid... dejamos de vernos hasta que algunos años más tarde me topé con él a la puerta de su casa. Nos saludamos con un abrazo y unas palmadas en la espalda y comenzamos a hablar como si nos hubiéramos visto la tarde anterior. Se lo veía contento. Me habló de sus años en Madrid, de lo que había estudiado y de los trabajos que había realizado, me habló también de los proyectos que barruntaba, de sus viajes soñados, de que quería montar un taller de mecánica de motocicletas, me habló también de visitar la próxima semana Berlín.
  • ¿Berlín? -le pregunté.
  • Sí. Allí está la Maluca. ¿Te acuerdas de ella? Finalmente apareció. Vive allí. Se dedica a contar historias o a inventarlas.
  • ¿Pero tú seguiste sabiendo de ella?
  • No. Sólo hace unos días. Por eso he vuelto, para despedirme de mi madre y de mi hermana. Me envió una carta y me han entrado unas ganas irreprimibles de ir a verla. Sigo siendo un impaciente -dijo con una sonrisa-.


Aquí y ahora, sentados sobre una abultada piedra saliente frente a una lápida sucia y un sol vencido pero aun hermoso, espectacular, veinticinco años después de aquel último encuentro con Luis, estábamos Marcos y yo, en un cementerio de Berlín, en estos días de finales de septiembre en que el viento frío y húmedo de la tarde, cargado de recuerdos, nos susurra al oído que nunca más somos quienes fuimos, haciéndonos añorar aquellas lejanas tardes de fútbol, las únicas tardes verdaderamente libres de nuestras vidas.

José Manuel Martínez Arias