martes, 6 de febrero de 2018

La pareja protagonista de nuestra historia se conoció en Semana Santa y empezó a salir en feria. Si a ésto añadimos que sucedió en Sevilla, puede sonar a tópico, pero así fue.

Una tarde de martes santo los presentó una amiga común. Aunque apenas hablaron esa tarde, a ella le cayó bien aquel chico simpático y dicharachero del que ya tenía referencias por sus amigas. Volvieron a quedar en grupo el martes de feria. Esta vez comenzaron a hablar nada más reunirse en la Calle Asunción y así se inició para ellos la que sería la mejor feria de sus vidas. Salieron todas las noches, comieron poco, bebieron algo más y bailaron mucho, rematando con los fuegos artificiales aquellos días festivos e inolvidables.

Como se decía entonces, empezaron a salir e hicieron lo que hacen todas las parejas del mundo en sus inicios : contarse sus vidas , descubrir aficiones comunes y ofrecer la mejor versión de ellos mismos. Fue una etapa feliz. Todo iba sobre ruedas hasta que una tarde de sábado él le hizo una proposición inesperada:

-¿Te vienes mañana conmigo al estadio a ver el partido del betis?

A ella el fútbol no es que le gustase poco ni mucho, es que no le gustaba nada en absoluto; es más, lo odiaba cordialmente. Para ella iba asociado a las tristes tardes de domingo con la eterna cantinela de Carrusel deportivo como banda sonora, las machaconas cuñas de Pepe Domingo Castaño -como olvidar lo de “Soberano, es cosa de hombres”- y los desagradables pitidos que anunciaban aquellos goles cantados de forma estridente. No había visto una partido televisado en su vida... ni el España Malta cuando iban por el décimo gol. Para colmo, el muchacho era bético y en su familia eran todos sevillistas desde hacía varias generaciones y aunque ésto también puede sonar a tópico, en Sevilla es poco más o menos como ser Montescos y Capuletos en Verona.

Todo ésto pasó por su cabeza en un segundo, pero bueno, estaban empezando y no quería ser desagradable. Después de todo ¿qué podía perder?

Así que al día siguiente se arregló y se puso un vestido rojo -que conste que sin la menor mala intención o doblez- y salió de su casa sintiéndose bastante culpable tras la mirada de desilusión y reproche que le lanzó su padre, en plan ¿¡cómo puedes estar haciendo ésto! ?¡Su padre! que siempre se bajaba al bar a ver los partidos para dejar que las cuatro mujeres de su casa pudieran ver la película en el salón y que ahora tenía que aguantar que a su hija le saliera un novio bético y que encima se fuese con él al fútbol.

Cuando entraron en el estadio y se instalaron, aquello era peor de lo que se imaginaba. Cerca de dos horas de pie, la gente gritando enloquecida, botando absurdamente -sevillista el que no bote- y cantando consignas. Detrás suya un hombre echándole todo el humo de un porro y lo peor de todo, aquel chico, hasta ese momento tan amable y educado, de pronto era el que más gritaba, el que más botaba, a la vez que sapos y culebras salían de su boca.

Aquella tarde de fútbol fue un punto de inflexión en su relación. Fue el final de la etapa de idealización. Era cuestión de dejarlo correr o aceptar el famoso dicho de nadie es perfecto. Era el momento de poner en una balanza lo bueno y lo malo y decidir si seguir o no juntos. Evidentemente ganó lo bueno, porque hoy, 30 años después, siguen juntos. Eso si, ella al campo no volvió.

TÍTULO: Su “única” tarde de fútbol.


Ana María Cumbrera Barroso.

lunes, 5 de febrero de 2018

Tarde de fútbol:


... ¿papá, a que hora nos vamos ...?

El niño se acercó a su padre, con ganas de llamar su atención. Acababan de almorzar la familia, otro domingo cualquiera con sus particulares costumbres y con su particular monotonía. El padre, con gesto cansado, ya que apenas había dormido tres cuartos de hora de su muy merecida siesta, se dirigió a su hijo con un gesto indulgente ...

... espera un momento, chico. Ya acabo ...

La madre terminó de arreglar al pequeño. Pantalón bien puesto, con la camisa para adentro, un buen chaquetón -siempre hace mucho frío en el estadio, y mañana hay colegio- , y dándole un beso muy fuerte en su mejilla, se despide ...

... a ver si ganais esta tarde ...

El niño se dirige a la puerta, y cuando aparece de nuevo su padre esboza una sonrisa de oreja a oreja ...

¡venga papá, que nos va a coger un atasco cómo siempre ...!

Cogen el coche, y se dirigen por la calle jilguero, a la derecha por la calle alondra, y embocan el barrio de la candelaria atravesando la avenida Federido Mayo Gayarre ...

¡papá, pon útlima hora futbolística, a ver quién juega ...!

El padre enciende el transistor, único elemento ajeno al engranaje del motor, que los lleva a ese lugar de común ilusión que es ese estadio ubicado al final de la palmera en el muy sevillano barrio de heliópolis ...

Llegan por fin, después de haber tenido la parada en el paso a nivel frente al cuartel de intendencia - papá, parece que se enteran los trenes cuando vamos al Betis -, y aparcan en uno de los pocos huecos que tienen la suerte de encontrar.

Se encaminan agarrados de la mano. Son cómo tantos en los que se entrecruzan dos generaciones compartiendo un mismo sentimiento. Padre e hijo, con la inacabable ilusión que los sostiene, domingo tras domingo.

¿papá, compramos caramelos?.

Una vez superada la oportuna liturgia de llenar de chuches los bolsillos del pequeño, embocan la entrada del estadio.

Se acumula mucha gente en la entrada. Siempre el mismo problema. El padre se saca del bolsillo ambos carnets de socio, y se lo muestra al portero, que muestra, cómo siempre, el mismo gesto entre desconfianza y hastío.

¿Seguro que el niño es infantil? A mi me parece demasiado alto para tener menos de 14 años ...

¡Si lo es!, -musita el padre no sin un gesto de cansancio al tener que decir lo mismo cada quince día-. El niño tiene aún 13 años, aunque pueda ser todo lo alto que usted quiera ...

Pasan al interior, no sin antes tener que escuchar el último comentario del portero musitando entre dientes ... Por fin, una vez dentro, se acercan a uno de los mostradores dónde se sirven bebidas.

Por favor, una mirinda de naranja y una cruzcampo. ¡que estén friás, eh!

Les sirven dichas bebidas, y ambos se miran felices después de ver el objetivo conseguido. Una hora y media, entre atascos, problemas de aparcamiento, porteros desconfiados, etc. Pero ha valido la pena ...

Si disponen a entrar por el vomitorio, y una vez sentados en sus localidades, el padre se dirige a su hijo ...

¡... y recuerda, si alguíen te dice que dónde estás sentado es su sitio, le pides el carnet!

Saltan los jugadores a calentar, el estadio al unísono los ovaciona. Son esos héroes temporales que durante unas horas colman las expectativas y la avidez de esa mística del balompié. Al poco, y cerca de las cinco de la tarde, los futbolistas vuelven a los vestuarios para terminar de prepararse antes del comienzo del partido.

¡papá, quíénes jugamos!

Esperate hijo, que ya van a dar la alineación ...

El estadio enmudece, y en ese momento, el espiquer calla a todo el estadio con su atronadora voz:

  • ... con el número uno ... Esnaola ...
    ¡Biennnn!
... con el número dos ... ¡Bizcochoooo!

El estadio acompaña a al nombre de cada jugador un grito al unísono. Son su equipo, sus jugadores ...
Comienza el partido. El equipo local ataca sin denuedo, pero enfrente tiene un gran enémigo. Tras unos veinte minutos, se confirmó la tragedia ...

¡Papá, nos han marcado!

El padre hace un gesto de desagrado, pero mira con esperanza a su hijo.

¡Tranquilo hijo, queda mucho tiempo!.

El juego continúa sin muchas variaciones, y menos en los guarismos del marcador. El 0 a 1 tendrá que esperar a la segunda parte.

Comienza el segundo tiempo, el equipo visitante, muy superior, sigue empujando para rematar el partido. El equipo local insiste en su empeño, más llevado por su fe que por otros argumentos futbolisticos, y el milagro llega ...

¡Gol, gol! ¡Papá, quién ha marcado!

El partido continúa, hay ocasiones que el portero local salva, y hace mantener la ilusión entre los aficionados. El partido parece que va a terminar con el empate cuando ...

¡gol, gol!

Padre e hijo se funde en un abrazo. Les embarga esa felicidad que dá los pequeños acontecimientos a su vida diaria.

Padre e hijo, felices con el devenir de la tarde, se despiden entre gestos de alegria y alivio ... El estadio se despide de sus jugadores entre cánticos de alegría y palmas ...

... ¿papá, a que hora nos vamos ...?


El padre se despierta, no sin tener que hacer un gran esfuerzo. Mira a su hija. Ella parece estar preparada. Tiene la misma mirada risueña que el tenía años atrás cuando su abuelo se la llevaba por esa senda de ilusión. De padres a hijos ... , ... de abuelos a nietos ..., una pasión llamada Betis ...

José María Vázquez Recio

domingo, 4 de febrero de 2018

Noc-tur-no:


Otras tardes de fútbol.
Enero de 2018:

  • No fue en 1980, como afirmas. Fue en el verano de 1978, porque tú y yo acabábamos de cumplir once años.
  • Gracias. Siempre he sabido que tú andabas mejor de memoria que yo.
  • Tampoco has descrito el vestido que llevaba la Maluca el día en que apareció. Era rojo, por encima de la rodilla y sin mangas.
  • Es verdad. Se muestra tan vivo en mis recuerdos que lo había pasado por alto.
  • Lo demás está bien. Salvo que no has mencionado que tú y yo éramos muy amigos. Tú-y-yo-y-Luis hasta que llegó ella.
  • Claro, eso también es verdad.
Mientras mantengo esta conversación con Marcos en un cementerio de Berlín junto al nombre de Luis, muerto hace ya veinte y cinco años, siento que los recuerdos van activándose en proporción inversa a la temperatura que noto descender en mis pies helados. Creo que él, Luis, nunca hubiera aceptado que nadie contara esta historia de niños, porque nunca habíamos vuelto a hablar de la Maluca, ni de su vestido, ni de sus ojos. Él también se fue o desapareció con ella aquel verano, o casi, porque pronto le perdimos el rastro. Años después supimos que había tenido problemas con el alcohol o eso nos dijo su hermana. Cuando conocimos de su maltrecha vida, ya llevaba varios años muerto. Su hermana nos lo dijo: “Javier, Marcos, Luis ha muerto”. Desde entonces, hace más de veinte años que llevo queriendo contar y escribir esta historia.
Todo comenzó la primera tarde de las vacaciones del verano de 1978. Yo me acababa de poner las zapatillas de deporte y había bajado las escaleras de mi casa corriendo junto a Luis en dirección al campo que había junto a la iglesia del barrio. Lo llamábamos el campo de la iglesia. Disponíamos de un largo verano para jugar al fútbol a todas horas, para lanzar desafíos a los niños de los otros patios. Esa primera carrera del verano hacia el campo de la iglesia, calzado con unas zapatillas poderosas y veloces, es lo más cercano que nunca he conocido a algo así que pudiéramos identificar con lo que entonces los mayores llamaban libertad. La iglesia estaba como hundida detrás de un pequeño muro y el campo, no muy grande, como medio campo de fútbol de los de verdad, quedaba en alto respecto a ella. Cuando Luis y yo llegamos, ya estaban allí todos los demás jugando. Nunca nadie esperaba a nadie. Los niños no entienden de paciencias, y la madre de Luis era muy latosa y siempre conseguía que llegáramos los últimos.
Cuando estábamos jugando, de pronto, apareció por detrás de la iglesia, circulando despacio pero con firmeza, y gruñendo, una gigantesca máquina excavadora, como si fuera un extinto y torpe animal prehistórico. Justo cuando apareció la máquina subiendo la pendiente que daba al campo de fútbol lazó por el tubo de escape una enorme nube de humo negro. El aire de junio estaba inmóvil y la nube densa tardó en disiparse. Cuando lo hizo, sobre el muro, apareció la figura extraña de la niña Maluca: más o menos de nuestra edad, baja y delgada, levemente jorobada, con dientes de ardilla, de una piel tan blanquísima que contrastaba radicalmente con unos ojos negros y profundos, muy abiertos, muy atentos. Todos nos quedamos fijos en ella, pero sobre todo Luis que no pudo apartarle su mirada hasta pasados unos minutos. Ella saltó por detrás del muro, hacia la iglesia y todos volvimos en silencio a jugar al fútbol. Luis abandonó la portería, él era nuestro portero titular, y se fue pendiente abajo a buscar a la niña. Ya no los volvimos a ver hasta pasadas unas horas, al final de la tarde. Venían andado desde el estrecho callejón que corría paralelo a la tapia de una fábrica desmantelada que suponía, más allá de la iglesia, la frontera natural de nuestras aventuras.
A la Maluca le gustaba sentarse sobre el muro, con sus canijas piernas colgando, mostrando sus huesudas y oblongas rodillas desnudas, y con sus manos apoyadas junto a sus muslos para enaltecer su figura y mirar mejor nuestras carreras, nuestros pases, nuestras luchas. A ti, Marcos, te gustaba hacer las alineaciones, diseñar las estrategias y disparar desde lejos. A mí me gustaba que ella nos mirara jugar; pero eso sobre todo le gustaba a Luis. Si cuando llegábamos al campo ella no estaba allí, a él se le quitaban las ganas de jugar, se hacía el remolón, te decía, Marcos, que jugaras por él, aunque tú eras nuestro defensa central titular, también hacías de portero suplente. Pero cuando ella llegaba y clavaba sus profundos ojos negros en nuestro juego, Luis volvía a la portería y comenzaba a tirarse sin miedo hacia la pelota. No había forma de meterle un gol. Se convertía en un auténtico gato.
Así fue transcurriendo todo el verano: carreras y aventuras por las mañanas y por las tardes, a veces hasta nos adentrábamos en el mismísimo callejón prohibido, y siempre jugando en el campo de la iglesia, lanzando desafíos a todos los niños del barrio, con la Maluca junto a nosotros, mirándonos y dejándonos hacer, pero sin ser uno de los nuestros.
Una tarde Luis, mintiendo, dijo que se encontraba mal, que le dolía un brazo y que no podía jugar con nosotros. Se sentó en lo alto del muro junto a la Maluca y mientras nosotros jugábamos ellos miraban. Más tarde, Luis nos contó que la Maluca no entendía nada de fútbol, que ni siquiera le gustaba, y que lo que hacía era contar los botes del balón y observar sus recorridos. Dijo que el primer día que nos vio jugar, contempló una jugada extraordinaria. Contó que él mismo, Luis, había sacado el balón dándole un puntapié fuerte y alto hacia el centro del campo, que la pelota había botado en el suelo sobre una abultada piedra saliente y que antes de botar de nuevo, yo había lanzado un chupinazo hacia la portería rival marcando un gol hermoso, espectacular. Fue una jugada aparentemente simple, pero que, debido sin duda a algún ignoto misterio, no había vuelto a repetirse nunca, nunca más. En cosas como esa se fijaba la Maluca.
Un día le vimos a través de los botones descosidos de su vestido parte de su espalda. No era jorobada. Tenía unas cicatrices abultadas y bermejas. Luis, que decía haberlas visto de cerca, porque ella se las había dejado ver, decía que eran los muñones de unas antiguas alas. La Maluca parecía venir de un lejano lugar. No le conocíamos ni padre ni madre ni hermanos ni abuelos,... Siempre que el sol comenzaba a ponerse y todos nos volvíamos a nuestras casas, ella se dirigía al callejón y en su negrura, como en un túnel, se alejaba de nuestra vista perdiéndose, disolviéndose hasta el día siguiente.
Al final de aquel verano, cuando Luis ya no quería jugar con nosotros y prefería quedarse junto a la Maluca mirándonos jugar o paseando por el borde del callejón o adentrándose en él, apareció de nuevo el enorme animal prehistórico subiendo por la pendiente que da a la iglesia. Aquella tarde el juego quedó interrumpido como la primera vez. Cuando la máquina llegó arriba lanzó de nuevo una densa nube de humo negro. Tras ella se encontraban la Maluca y Luis. Cuando el aire húmedo de septiembre, que anunciaba el final del verano, logró disipar la nube, la Maluca había desaparecido. Luis permanecía de pie, solo, más alto junto al muro, mayor que a principios del verano.
Desde entonces Luis se volvió taciturno y solitario. Cuando le preguntábamos por la Maluca no respondía o sólo parecía balbucir algo así como “Se fue”. Entonces giraba sobre sí mismo y se marchaba.
Después... el paso del tiempo... él se marchó con un hermano mayor a Madrid... dejamos de vernos hasta que algunos años más tarde me topé con él a la puerta de su casa. Nos saludamos con un abrazo y unas palmadas en la espalda y comenzamos a hablar como si nos hubiéramos visto la tarde anterior. Se lo veía contento. Me habló de sus años en Madrid, de lo que había estudiado y de los trabajos que había realizado, me habló también de los proyectos que barruntaba, de sus viajes soñados, de que quería montar un taller de mecánica de motocicletas, me habló también de visitar la próxima semana Berlín.
  • ¿Berlín? -le pregunté.
  • Sí. Allí está la Maluca. ¿Te acuerdas de ella? Finalmente apareció. Vive allí. Se dedica a contar historias o a inventarlas.
  • ¿Pero tú seguiste sabiendo de ella?
  • No. Sólo hace unos días. Por eso he vuelto, para despedirme de mi madre y de mi hermana. Me envió una carta y me han entrado unas ganas irreprimibles de ir a verla. Sigo siendo un impaciente -dijo con una sonrisa-.


Aquí y ahora, sentados sobre una abultada piedra saliente frente a una lápida sucia y un sol vencido pero aun hermoso, espectacular, veinticinco años después de aquel último encuentro con Luis, estábamos Marcos y yo, en un cementerio de Berlín, en estos días de finales de septiembre en que el viento frío y húmedo de la tarde, cargado de recuerdos, nos susurra al oído que nunca más somos quienes fuimos, haciéndonos añorar aquellas lejanas tardes de fútbol, las únicas tardes verdaderamente libres de nuestras vidas.

José Manuel Martínez Arias

martes, 12 de diciembre de 2017

UNA NOCHEVIEJA DIFERENTE.

Mi abuela era la mejor narradora del mundo. Tanto como cuentista como cuando contaba las historias de su propia vida. Sus relatos eran ricos en detalles y diálogos. Sus numerosos nietos éramos un público fiel y entregado que una y otra vez le pedíamos que nos contase nuestras historias preferidas. Ella no nos defraudaba y lo hacía, tal como a nosotros nos gustaba, sin variar nunca ni una frase, ni una palabra, de manera que , a medida que crecíamos ,sabíamos textualmente lo que diría a continuación. Su repertorio era amplio , desde anécdotas infantiles -tuvo nueve hermanos y cuatro hijos-hasta sus amoríos, pues había sido lo que se dice una mujer de bandera y tuvo numerosos pretendientes , pasando por las historias familiares. Con ella aprendimos lo que fue la posguerra y en sus vívidos relatos pudimos verla, como la heroína anónima que fue, acudiendo al mercado con su cesta vacía y enfrentándose a los estraperlista en su misión de llevar algo de comer a su casa. Todo un carácter de mujer. Alguna de sus “batallitas”, como las llamaba mi padre con sorna, eran auténticamente surrealistas y arrancaban nuestras carcajadas hasta hacernos llorar de risa.

Mi abuela siempre vivió con nosotros. Enviudó un año antes de casarse mi madre y, como decía mi padre, iba incluida en el lote. Siempre se llevó bien con su yerno, aunque él se metía con ella sin piedad y ella no se callaba una. Eso si, siempre tratándose con un respetuoso “de usted”. Ella me enseñó a jugar a las cartas, me aficionó a la zarzuela, cuyos argumentos me contaba entretemetiéndolos con las canciones y me inculcó el amor a la lectura. A pesar de que la sacaron del colegio con 9 años, siempre fue muy aficionada a leer y lo mismo leía libros de Corin Tellado, que novelas de Galdós o las Hermanas Bronte. El primer libro “de mayores” que leí fue Jane Eyre, después de que ella me lo contase, como siempre, con todo género de detalles.

Mi abuela era el blanco preferido de nuestras bromas. Comprábamos tarántulas o ratones de pega para ponérselos a ella expresamente. O provocábamos su enfado y luego la grabábamos con el radio-casette. La verdad es que nunca nos perdonó que grabásemos sus ronquidos durante una siesta. También la que aguantaba mis conciertos de flauta, instrumento al que cogí una desmedida afición allá por 5º de EGB, y que siempre acababan con un despectivo: - ¡niña,deja ya de dar la murga con el pito! Lo que se dice, psicología infantil.

En aquellas navidades de mi infancia el día grande era la Nochevieja . También celebrábamos su santo y el de mi madre. Ambas se pasaban los días previos preparando exquisiteces al ritmo de un eterno soniquete: -¡Es el último año que me meto en este jaleo! Nos juntábamos más de veinte personas, de las que la mitad éramos niños. Todos los primos formábamos una auténtica pandilla o patulea, como decía la abuela. Encabezados por nuestro cabecilla Roberto, alias Rompetecho, ideábamos todo tipo de travesuras. A las diez y media nos metían en las camas, de dos en dos. La abuela nos adelantaba las uvas y nos daba las campanadas con una pandereta, tras lo cual los mayores pretendían, ingenuamente, que nos durmiéramos, para poder continuar la fiesta en el salón. Pero, tal como se cerraba la puerta del pasillo empezaba el jolgorio, las carreras, los sustos, los gritos y las risas. Hasta que llegaba la abuela que, con su vozarrón y zapatilla en ristre, amenazaba con mandarnos a la cama calentitos.

Qué gran noche fue para los chiquillos la primera en la que nos dejaron estar levantados hasta el final de la fiesta y por primera vez tomamos las uvas al ritmo de la Primera Cadena, con los consabidos atragantamientos, ataques de risa y uvas espolvoreadas por todas partes. Luego participamos en el baile, los niños bailando juntos y las mujeres emparejadas en los pasodobles, mientras los hombres se dedicaban a su entretenimiento preferido: discutir. Y es que aquellos cuñados, que se conocían desde críos y se apreciaban entrañablemente, habían desarrollado una extraña habilidad: bastaba que uno dijera blanco sobre un asunto, para que el otro o los otros, opinasen que negro, aunque el asunto en cuestión les resultase totalmente indiferente. Menos mal que nunca llegaba la sangre al río y terminaban contándose chistes.

Y así fueron pasando los años y los niños fuimos creciendo, pero seguíamos acudiendo a esta cita familiar, mejor para nosotros que cualquier cotillón.

Pero hubo una Nochevieja diferente. La abuela estaba ingresada. Ya era mayor y un catarro se había complicado en neumonía. Aunque ya estaba mejor, el alta no había llegado a tiempo para celebrar la entrada del año en casa. No hizo falta citarse ni ponerse de acuerdo. A la hora de siempre, hijos, nietos , yernos y nueras nos reunimos en aquella habitación de hospital, para celebrar la Nochevieja juntos, como siempre. Fue la más especial de todas.

Mi abuela fue el primer ser querido que se me fue y la recuerdo siempre, pero especialmente en Nochevieja. Me la imaginó allí arriba, como un ángel de fuerte carácter, dando las uvas con su pandereta y poniendo firmes, zapatilla en ristre, a los angelitos revoltosos.


Ana María Cumbrera Barroso.
¿navidad con ángel?

Erase una vez una tarde de paseo navideño. ¡si, si, de paseo navideño!. ¿y porque recalco lo de navideño?. Porque dificilmente podría ocurrir lo que voy a relataros en otra época del año ...

Hacía frio, mucho frio. Deambulaba por las calles del casco antiguo en busca de algún sitio dónde me ofrecieran una copa fría y un lugar caliente dónde refugiarme ... de tanto niño con globo, madre con bolsa plena de gasto superfluo ... perdón, de regalos ... y por fin encontré mi paraiso ...

Era una pequeña taberna, con una luz taciturna lo suficiente para no verle la cara a nadie y no tropezarse con el escalón de la entrada ... ni con ningún imbécil que se cruzara ...

Una vez pedida mi copa, miré el reloj. Eran casi las 10 de la noche, y el camarero estaba limpiando unos vasos con una paño.

Estaba con mi cabeza dando más vueltas de las deseables a mis problemas, cuando se sentó un hombre a mi lado.

¡Buenas noches! ¿puedo sentarme?

Miré a mi alrededor y noté que todas las mesas estaban vacias. No entendía porqué tenía que compartir mesa con un desconocido ... además, no quería ser mal educado, pero no me apetecía soportar una conversación más vacía para mi y llena de tópicos navideños ...

¿Cómo te encuentras? ¿Eres Julio, verdad?

Levante la mirada y lo observé. ¿Quién narices era y cómo sabía mi nombre?. En ese momento le íba a preguntar cuando ...

¡Tranquilo! No te voy a molestar, pero veo que estabas demasiado sólo y triste, y vengo a saber porqué.

Mire usted, si no le importa, me apetece estar sólo. Me voy a tomar una copa y me voy a casa a ..

¿Te espera alguíen Julio?, me preguntó poniéndome su mano sobre la mía, sin dejarme tiempo a terminar mi frase.

Le miré contrariado. No me apetecía que esta noche, esta maldita noche, nadie ni nada me fastidiara más. Quería pasarla tranquila.

Julio, debes intentar pasar página. Nadie tiene culpa de lo que te ha pasado ...

¿quién es usted?, le pregunté.

Alguién que sabe de ti más que tú mismo ...

¡Oiga, no le consiento ...!

Tranquilio, Julio. Sólo quería que te sintieras algo mejor. Te llevo observando desde hace varios días. No paras en casa, llevas varios días que tal cómo sales de tu trabajo, te llevas todo el día fuera de casa ...

Le miré con enfado, pero reconociéndole que tenía razón. Desde el accidente de coche que tuve y en la que perdí a mi familia no acertaba a reconducir mi vida ... o lo que me quedaba de ella ...

Vamos a salir a la calle ... termínate la copa ...

Hice lo que me dijo, y me dejé coger por el brazo. En ese momento, vi con extrañeza que era de día ...

Estabamos los dos delante de mi casa. Yo me disponía a coger mi coche, y escuché la voz de mi hija...

¡Papá, venga, arranca el coche! ¡mamá baja ya ...!

La vi como si no la conociera, perplejo. En eso escuché la voz de mi mujer ...

¡vamos julio! ¡Se nos hace tarde!

Arranqué el coche, y emprendimos el camino. Miraba por el retrovisor y no daba crédito a lo que veía ...

No sabia a ciencia cierta a dónde tenía que dirigirme. Mi mujer estaba ocupada peinando a mi hija y, en ese momento, se me cruzó aquel camión otra vez ...

Me hice con mi coche cómo pude, evité chocar con aquel muro y lo frené a tiempo antes de que nos embistiera de ... nuevo.

En ese momento, apoyé mi cabeza en el volante ... volví a notar una sensación fria en mi cabeza y...



¡oiga, oiga!. Era el camarero ...

¡que ya es hora de cerrar!

Me levanté para irme a casa, y apenas acertaba a cruzarme con gente que corría de un lado a otro, a recoger a familiares, amigos ...

Llegué a mi portal, y me sorprendí al ver luces encendidas en mi casa ... y más cuando miré a mi ventana ...

¡Papá, papá! Me gritaba mi hija cómo una loca para que subiera a casa que me estaban esperando ...

... parece que el destino te dá una segunda oportunidad ...


José Mª Vázquez Recio.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Navidad y ángel.

Cerrar los ojos para ver mejor.
Los vuelvo a abrir, la luz que entra por la ventana me atrapa, cálida, azul, seductora.
Pero vuelvo a cerrarlos.
Necesito cerrarlos, para poder ver bien.
Ahora sí. Aparece una figura clara y nítida, que viene hacia mí. Noto su olor, oigo sus pasos ágiles y seguros, su certeza al caminar.
Transita a mi alrededor con naturalidad, enfrascada en sus cosas, y yo la miro embelesada, siempre me dejaba absorta su capacidad infinita de trabajar sin parar un instante.
Daba igual qué cosa hiciera en ese momento, ella lo convertía en el centro del universo.
Me hipnotizaba.
Sus voz, sus manos.
Así era.
Ya entonces intuía la nostalgia que un día sentiría, ya empezaba a echarla de menos, a extrañarla.
Ya sabía entonces que sería mi ángel de vida, incluso cuando ya no estuviera a mi lado, incluso cuando su ausencia me llevara de la mano a tener que cerrar los ojos para poder verla nuevamente.
Ángel permanente con los brazos abiertos de par en par.
Ángel mágico...
Sólo tenía que cerrar los ojos para verte.


Maribel de la Fuente.

Presente eterno:

Otra Navidad con ángel.

Perdonadle, porque no sabe lo que hizo”.
José Saramago, El Evangelio según Jesucristo.

Sevilla, año 2067. Tres años después del apocalipsis. Un hombre de mediana edad camina por las desoladas calles de una ciudad fantasma...

La eternidad es aburrida. O al menos eso es lo que debe pensar el viejo después de mirar al vacío durante miríadas de horas. Tal vez por ello es por lo que, lenvantándose, proclama: “Hágase la luz en aquel rincón de la galaxia”. Y la luz se hace. A mí siempre me falta tiempo para impedir semejante atrocidad. Ya conozco las demencias del viejo, sus vicios, sus inconsciencias. Y con la luz y en la luz, que precisamente yo tengo el deber de llevar a los hombres, se hacen también los valles y las montañas, y las aguas de los mares y las de los ríos, y las plantas y los animales, y el hombre y después la mujer para que le sirviera a éste de fiel compañera. Dios, con un soplo, les dice a ellos: “Henchid y dominad la tierra”. Entonces, a espaldas del viejo, decido hacerme con el control de esta región de la galaxia. Decido construir, para gozo del hombre y de la mujer, un jardín, un vergel, un edén y ellos retozan inconscientes, hasta que el viejo dirige su mirada hacia ellos y decide que son demasiado felices, que son casi como él de felices, que eso no es tolerable y los condena a la ignorancia eterna, al olvido de sí, colocando en el centro del paraíso un árbol frondoso y advirtiéndoles “comed cuanto queráis de este árbol de vida”. Y el hombre y la mujer fueron desdichadamente idiotizados para solaz del viejo. Sus carcajadas retumban en los cielos y la mujer dice al hombre: “son truenos” y el hombre dice a la mujer: “eso debe ser. Ven conmigo mujer, que no tengas frío”. Con mis brazos siembro un árbol nuevo en el vergel, el árbol del conocimiento del bien y del mal, me transfiguro en serpiente, llamo a la mujer y le digo: “Come del fruto de este árbol y serás feliz como Dios”. La mujer come y da de comer al hombre. El viejo, que ve alterados sus planes, surgiendo entre las nubes, grita: “Fuera del paraíso. Me habéis desobedecido. Avergonzaos de vuestro cuerpo, trabajad, sudad”. Fui yo quien les dio, primero a ella y después a él, unas hojas de parra para cubrir sus rubores. Desgraciados, qué pena me dan. Mirando desde su trono, el viejo no oculta una sonrisa.
La eternidad es aburrida. O al menos eso es lo que debe pensar el viejo después de mirar durante siglos aquella lejana región de la galaxia. Tal vez por ello, por aburrimiento, es por lo que decide destruir la vida que ha creado, animales y hombres principalmente. Levantándose proclama: que llueva y llueva hasta que toda la tierra sea cubierta por las aguas. A mí nunca me falta tiempo de acudir al hombre y decirle: “Construye un arca con tus hijos, reúnete después con ellos y con tu mujer, escoged una pareja de todas las especies que conozcáis y esperad a que pase la tormenta. El viejo, como el vicio, es inconstante. Creed en mí”. Trescientos días y trescientas noches de diluvio terrenal, trescientos días y trescientas noches hasta que el arca finalmente se posa en la cima de una montaña, trescientos días y trescientas noches hasta que los animales comienzan a repoblar la tierra y con ellos el hombre y la mujer, que -confiados- cruzan sus miradas y quédamente hablan de mí y conmigo: las primeras y leves oraciones. El viejo ve alterados sus planes y, surgiendo entre las nubes, grita: “Que la tierra sea un infierno para el hombre y para la mujer. Que entre los animales y plantas que se han salvado, algunos se conviertan en sus depredadores y otras en venenos jugosos y mortales para sus cuerpos”. Fui yo quien les dio al hombre y a la mujer, unas hojas para sanar sus enfermedades y un paño para enjugar sus lágrimas. Desgraciados, qué pena me dan. Mirando desde su trono, el viejo no oculta una sonrisa.
La eternidad es aburrida. O al menos eso es lo que debe pensar el viejo después de mirar durante siglos aquella lejana, pero maravillosa, región de la galaxia. Tal vez por ello es por lo que decide destruir la paz y la concordia entre los hombres todos y las mujeres todas, incitándolos a construir una torre elevadísima, que llegara a los cielos, empeño imposible, además de inútil, pero empeño que acabaría desgastando la voluntad de los hombres y de las mujeres, desgaste perverso que divertiría al viejo. Fui yo quien infundo a los hombres todos el deseo de elevar sus plegarias hacia mí, hacia los cielos, y con ellas crece la torre. Pero el viejo, observando el irrefrenable crecer de la torre y temiendo el asalto a su trono, proclama: “Que se confundan sus lenguas”. Y sus lenguas se confunden: los viejos no entienden a los jóvenes, ni los hombres a las mujeres, ni los padres a sus hijos. La torre cae en mil pedazos y muchos hombres y mujeres perecen entre los escombros de la incomprensión. Una ciega y cruenta guerra recorre la región. Llorando, decido bajar para infundirles a los hombres todos un don divino que el viejo nunca me hará perdonar: el sentido moral, que ya han olvidado desde la mordedura de la manzana prohibida, y el sentido de la justicia del que nunca han dispuesto. Esta vez voy depositando ambos sentidos delicadamente, uno a uno, en todos los hombres y en todas las mujeres de la tierra, porque solo así pueden sobrevivir a las demencias del viejo y a su propia naturaleza maldita. Muchos años duran aún las guerras, muchas catástrofes tienen que padecer, hasta que finalmente, dispuesto a morir por ellos decido bajar a la tierra y nacer en la tierra, como hombre vivir, y sufrir como hombre, morir como hombre a manos del hombre, intentar salvar al hombre de sí mismo y de su dios creador. En la tierra nazco en el día que los hombres y las mujeres llaman de la Natividad, en el exacto día en que comienza mi pasión. Esa noche el viejo no despega su mirada del corral en que el hombre coloca sobre una mesa maltrecha un paño, un trozo de pan y una jarra de vino. No despega su mirada del gesto del hombre que sirve de apoyo a la mujer cansada para que ésta se aproxime a la mesa. No despega su mirada tampoco del niño recién nacido que soy yo como hombre. Y el viejo siente celos del hombre que tiene una tarea, de la mujer que tiene otra tarea, de mí que soy como él mismo más joven, de mi tenacidad. Y el viejo siente odio hacia mí, hacia él mismo, hacia quien él mismo fue, es y será. Mas esta vez no proclama nada, en secreto dirige su acción. El hombre, paciente, sentado a la mesa mira el fondo de la jarra y las figuras que las migas de pan han dibujado sobre el paño. En ellas o con ellas o sobre ellas cree ver algo, una imagen, una intuición tal vez. Proclama a la mujer: “Levántate, coge a tu hijo y lo que puedas llevarte contigo mientras yo preparo el asno. Nos vamos de aquí”. Aquella noche el gobernador manda degollar a todos los niños recién nacidos en la ciudad. Esa visión del hombre me salva a mí todos los días desde entonces.
En su trono el viejo proclama: “Rafael, Gabriel, Miguel, Azrael, Uriel, venid a mí. Haced desaparecer la tierra. Destruid la tierra, esa inmunda tierra. Borrad al hombre, desagradecido, borrad a la mujer, traidora, de la faz de la tierra”. Blanca espuma mana de su boca: “Azrael, Uriel, Miguel,... venid a mí”. Gabriel dice: “El viejo está demente”. Rafael: “El viejo ha perdido el juicio”. Uriel: “El viejo delira”. Miguel: “Tal vez deberíamos llevarlo al tribunal de la Suprema Unidad. Él juzgará”. Azrael: “Él juzgará”. Rafael: “Él juzgará”. Uriel: “Él juzgará”. Yo, Lucifer, proclamo: “Hombres todos, perdonadlo, porque no sabe lo que hace”.


Sevilla, año 2067. Tres años después del apocalipsis y tres días después de la Navidad. Una densa lluvia de polvo dorado cae sobre toda la superficie de la tierra. El hombre de mediana edad camina por las desoladas calles de una ciudad fantasma. La mujer con un niño en brazos sigue los pasos del hombre. A veces se para a rebuscar entre los escombros, mientras no deja de susurrar una tonada: “duérmete niño, que en el edén todos somos hijos del amor”.
José Manuel Martínez Arias.