domingo, 8 de octubre de 2017

Silencios:

La otra historia de la calle Sierpes.

A Pepelu.

Esta espléndida mujer que charla y gesticula en la calle Sierpes es Doña Ernestina Queipo de Llano Martí. Tiene la elegancia que dan el poder, el dinero y sus 33 años. Acaba de salir de la sombrerería Maquedano y se está despidiendo de sus amigas doña Amalia y doña Josefina. Las tres hablan, sonríen y agitan sus brazos como si algo les impidiera percartarse del ambiente de angustia que asola la ciudad en estos días de julio de 1940.
Doña Ernestina luce un vaporoso vestido azul y, aunque es temprano y el sol no está aún en todo lo alto, su cabeza va elegantemente equipada con una pamela del mismo color, con tres flores rosas y una redecilla de hilo fino. Sus amigas parten hacia arriba, en dirección a la Plaza de San Francisco, mientras que ella marcha en sentido contrario hasta que decide sentarse en uno de los veladores de la plaza de la Campana. El atento camarero sabe lo que ella tiene decidido tomar: un corto de café con una nubecilla de leche. Un periódico extranjero ha sido olvidado en la pequeña mesa redonda. Ella apenas le dirige una leve mirada, pero le es suficiente para poder leer las grandes letras negras que dicen: “La Lozère, un vrai désastre!”.
El camarero deposita cuidadosamente la taza de café sobre la mesa y pregunta: “¿Algo más, doña Ernestina?”. “No, gracias, Mariano. Es suficiente.” El camarero gira sobre sí mismo y se adentra en la cafetería por la puerta que da a la misma plaza de la Campana. En ese instante una señora de unos cincuenta años aparece en la plaza. Viene de la misma calle Sierpes y se detiene de pie junto al velador, frente a la propia doña Ernestina. El contraste no puede ser mayor. Va vestida toda de negro: falda larga y blusa. Lleva, recogiéndole el pelo, un pañuelo también negro en la cabeza. Sus ojos son grises y sus manos arrugadas. Mira fijamente a doña Ernestina. Parece reconocerla. Parece también que está deseando hablar. No se decide. Se gira, camina dos pasos hacia la calle Velázquez, se para, se vuelve a girar y finalmente comienza a hablar desde algo más de dos metros de distancia.
“Yo la conozco, doña Ernestina. Por favor. Usted puede ayudarme. Por favor. No es por mí. Es por mi hijo, por favor. ¡Es tan joven! Él no ha hecho nada. Se tuvo que marchar, pero fue por error. Él quiere volver y usted tal vez pudiera hacer que lo haga. Por favor, doña Ernestina. Aún no tiene usted hijos, pero pronto los tendrá y sabrá lo que duele un hijo.
(Silencio)
Estoy preparada para visitar la tumba de mi hijo. Estoy preparada para yacer junto a él. Pero no sé cómo vivir con este silencio, con esta ausencia. No he vuelto a saber de él. Hace un año. Hágase cargo, por favor.
(Silencio)
¿Podría ahora reconocerlo, su rostro, su voz? ¿Cómo le habrá cambiado la guerra? ¿La soledad? ¿El hambre?
(Silencio)
En su última carta me decía que echaba de menos los paseos por el río, y los labios y los susurros de Azucena, su prometida.
(Silencio)
Hace dos semana tuve un sueño. Soñé que esperaba a mi hijo, que él tardaba, que no venía. Y entonces me lo traían en una camilla unos milicianos. Llevaba las manos delicadamente colocadas sobre su barriga. Lo depositaban en el suelo y de pronto el suelo era el de mi cocina y él incorporaba su cabeza, sonreía y decía: “Ya llegué, madre”.
Tal vez no fuera un sueño y fuera una broma.
(Silencio)
De pequeño decía que quería ser radiotelegrafista. El maestro indicaba en sus notas que era muy aplicado. Años más tarde intentaba entrar en la Escuela Superior de Ingenieros, pero la guerra lo truncó todo. Por favor, doña Ernestina, haga que todo vuelva a ser como antes. Usted podría hablar con su padre o, tal vez, con su suegro. Era tan feliz. Le iba todo tan bien. De niño, las noches le daban miedo. ¿Tendrá miedo ahora a las noches? Entonces me llamaba y me agarraba de la mano. Eso parecía tranquilizarlo. ¿Y ahora? Entonces se dormía con sus manitas entre las mías.
(Silencio)
A veces también sueño que alarga sus manos hacia mí y me dice que tiene hambre. En mis sueños suelo verlo pequeñito, hambriento, humillado.
Envidio a esas madres que han visto volver a sus hijos ofendidos o mutilados. O a aquellas que saben de ellos, aunque estén lejos o escondidos.
No odio. Por eso puedo perdonar. Tal vez usted también pudiera...
Envidio incluso a las madres que enterraron a sus hijos. Yo le llevaría flores a su tumba y me sentaría a su lado y le hablaría.
(Silencio)
Con sus hermanos era diferente, pero con este mi segundo hijo... de niño era tan obediente, tan dócil, me agarraba de la falda y se pegaba a mis piernas. Me necesitaba tanto.
Es un idealista que no entiende nada de la vida real. La culpa fue mía. Una tarde lluviosa me dijo: “Nada de lo que me has enseñado existe”. “Nada es real”. “¿Qué será de mí?” Pasamos toda la tarde sentados en silencio frente a la ventana de la cocina.
(Silencio)
Estaba enamorado de la Antigua Grecia y un día, cuando era un muchachito, vino a mi lado y me dijo que quería ser filósofo. Su padre le respondió: “Hoy día, en nuestro país, ser filósofo es difícil. Si dices la verdad acabarás en el manicomio... o en la cárcel”. Más tarde se enamoró de Italia. Después, años después, me dijo: “No me preguntes nada mamá, pero me he apuntado con los milicianos”. Hace más de un año que no sé nada de él. Marchó a Francia. Tal vez usted pueda hablar con el padre de usted y dejarlo volver. Es bueno. No ha matado a nadie. No hubiera podido. Es demasiado débil y bueno. O con su suegro, tal vez. Usted también tendrá hijos. Por favor. Dígame que sí. Que lo intentará al menos. Dígamelo.
(Silencio)
No puede durar tanto un exilio.
No puedo seguir viviendo sin saber de él.
No necesito vivir sin él.
(Silencio)
“Tú me has educado, madre. No me digas ahora que nada de lo que me enseñaste era verdad”. “Me educaste bien, sólo que no calculaste con acierto el número y el poder de los fanáticos. Ellos no podrán evitar que exista todo lo sublime que me enseñaste.”
¿Qué le podía decir yo entonces? ¿Que la patria no lo merecía? ¿Qué la mejor de las ideas no vale la sangre que se pierde? ¿Es digno que una patria condene a muerte a sus mejores hijos?
No sé qué me pasó entonces, pero no pude dejar de llorar. Hasta hoy no he podido dejar de llorar. Por favor, doña Ernestina. Usted puede ayudarme.
(Silencio)
Las vecinas murmuran. Ya ni se molestan en cerrar las ventanas para que yo no pueda oírlas. Yo les pregunto: ¿por qué vosotras sí tenéis a vuestros hijos a vuestro lado? ¿Por qué yo no sé nada del mío?
Sólo me interesan sus cosas, sus cartas, sus libros. Me encierro en su habitación y allí paso las horas. No puedo más. Estoy desgarrada. Mi hijo es mío y no vuestro. Hace un año que me muero. No estoy enferma, pero me muero. Si no me he quemado en la calle, si mi marido no ha salido aún a matar o a martarse, es porque ya estamos muertos. Solo que nadie se ha dado cuenta, ni nosotros mismos.
(Silencio)
Cuando nació era muy pequeñito. Menos de dos kilos y medio. Parecía una niñita y me daba miedo cogerlo en brazos. “Vida mía”, le decía estrechándolo en mi pecho. Después creció muy bien, delicado, pero bien. A los cinco años me dijo: “Mamá, una ola me dejó en la orilla”. Nunca entendí lo que le pasaba, lo que quería. ¡Pero es tan cariñoso! Una ventosa noche, agarrándome la mano, me preguntó: “¿quién llora ahí fuera?”. “Tengo miedo, mamá”, dijo.
(Silencio)
Volvió de su primera campaña muy cambiado. Sus ojos no eran los mismos. Ni su voz. Parecía más recio y firme. Distante. Sus hermanos también lo notaron. Cogió a su sobrino en brazos y se quedó quieto. Frío. Le sudaba el rostro. Tenía tanto miedo.
(Silencio)
Anoche volví a soñar con él. Había una enorme extensión de arena. Era de noche. A veces fogonazos blancos se extendían por el campo. Lo veo intentando esconderse, huyendo. Explosiones. Yo corro tras él. Intento alcanzarlo. Se me escapa. Estoy a punto de agarrarlo por la espalda, pero caigo y él se marcha: no se ha dado cuenta de que era yo quien le seguía. ¿Cómo ha podido no sentir mi presencia? ¿Habrá olvidado mi voz? ¿Por qué seré tan débil? Sus pasos son tan largos.
Hace tres meses una mujer me dijo: “Si no lo hubieses educado así, todavía seguiría contigo”. No puedo quitarme estas palabras de la cabeza. Yo soy la única culpable, señora. Por favor. Pero no puedo seguir sin saber de él. Por favor, permítanle volver.
(Silencio)
(Se tira al suelo)
(Llora)
Ahora rezo, dice. Rezo todos los días. Acudo a la iglesia y rezo. Tal vez Dios y usted pueden ayudarme. Sus padres, don Gonzalo y doña Genoveva son buenos cristianos. Ayúdenme por favor.
Busco amparo. ¿No quiere usted escucharme? ¿Por qué, señora, no me atiende? ¿Acaso ya estoy muerta y aún no me he enterado de ello? Por favor, doña Ernestina. Es usted una buena señora y cristiana. Apiádese de mí, por humanidad.
Él es bueno. Marchó a Francia. En su última carta me decía que estaba en La Lozère, con los guerrilleros. Liberando a Francia. ¿Quién lucharía para liberar a una patria que no es la suya? Es tan generoso. Si usted lo viese y le mirase a los ojos no dudaría de su bondad. Él no está hecho para la guerra. Cuando se fue me dijo que volvería. Por eso aún lo espero. Porque sé que está vivo y que volverá.
(Doña Ernestina ha estado escuchando todo el discurso de la señora de negro sin moverse. Mirándo al frente con la taza de café entre sus dedos. Ahora mueve su mano para tapar el titular del periódico: “La Lozère: un vrai désastre! Des centaines de soldats espagnols sont morts. Un champ du sang”).
(Silencio hecho de otro silencio. Finalmente la señora de negro vuelve a hablar.)
Sólo fue mío mientras era pequeño. Después me lo robasteis. Ahora sólo me habéis dejado el miedo al paso del tiempo, el miedo a olvidar sus ojos, su voz. No tenéis derecho a arrebatarme mis recuerdos.
(Aprovechando el silencio más largo, doña Ernestina deja unas monedas sobre la pequeña mesa redonda. Se levanta, recoge el periódico y los paquetes, y en silencio marcha en dirección a la calle Alfonso XII. Cuando pasa junto a la señora de negro no dice nada, no hace ningún gesto.)

José Manuel Martínez Arias.


viernes, 6 de octubre de 2017

Abrió los ojos como si así pudiera escapar de la angustia que la atenazaba.
No podía moverse.
No podía hablar.
A su alrededor silencio.
Comprobó que la pesadez de su cuerpo, no podía calmar el deseo de su mente de salir de allí.
Una habitación blanca y aséptica, una luz tenue que dejaba ver la silueta de unos pocos muebles y una ventana cerrada, hermética. Bajo la ventana un pequeño sofá, y sobre él una figura de costado que le daba la espalda.
Se sentía como una mole de mármol, fría y pesada.
Recordó un paseo por el bosque, entre castaños, yendo a buscarla, como hacía siempre que podía, en el atardecer.
Y volvió a recordar, esta vez recordó los ojos que la observaban con pena, con espanto, ojos silenciosos, mientras que ella no entendía nada.
Intuía miedo y oscuridad y el camino hasta casa fue eterno.
Llegó y allí encontró más frío, un mar negro en la mirada de su padre perdido en un abismo de desesperación.
Palabras que apenas comprendía le explicaron lo ocurrido: entre sollozos, la mala suerte, justo cuando pasaba... Así es la vida.
Oía voces lejanas.
En su cabeza sólo los latidos de su corazón.
Rebosó.
Explotó y empezó a correr buscándola, llamándola anhelante, impaciente.
No quería que se fuera sin despedirse. No quería.
La vió, despistada, como era ella, como siempre, esperando el bus, distraída.
Fue en su busca hipnotizada por su calma y suspirando aliviada extendió su mano hacia ella, confiada y serena, una mano que chocó con el poste duro, impasible.
Cerró los ojos.
Ahora, mientras recomponía sus últimos recuerdos, vio una mujer que la miraba despistada, sonriente, tranquila desde la esquina de la habitación.
Serena le pareció entender casi en un susurro...
                       Yo tampoco quería irme sin despedirme.

Maribel de la Fuente (2 de septiembre).

miércoles, 4 de octubre de 2017

Desasosiegos:

La otra tercera historia de Guareschi.

Hoy vendrá. Lo sé.

No recuerdo desde cuándo tengo el don de atravesar con la mirada, pero sí la primera vez que de forma consciente lo había conseguido provocar. Tenía ocho años y estaba en el jardín de la casa de mis abuelos paternos, un jardín como este de ahora, junto a una higuera vieja.

Sola, alejada de los gritos de la familia que comenzaba a preparar la merienda, con tanta delicadeza como cuando cogía en brazos a mi nueva hermanita Inés, y sin que nadie me viera, cogí un higo entre mis manos, lo limpié un poco con los dedos, o tal vez lo frotase. Y de pronto, a través del higo comencé a ver a mi madre en la noche anterior. Estaba en el sillón del salón de la casa dándole de mamar a mi hermanita. Mi padre las miraba paciente. ¡De eso hace ya tantos años! ¿cincuenta?

Años después había empezado a comprender que no era yo la que tenía el poder de atravesar con la mirada, de ver más allá de las cosas, de recordar minuciosamente. Era al revés: las cosas evocaban en mí los recuerdos, algunos incluso nunca vividos, como cuando vi a mi hermanita en su primer día de colegio, sentada sola en una silla, esperando a que llegara la maestra, ¿o no era Inés? ¿Quién sería? Algunos objetos me provocaban visiones, recuerdos la mayoría de las veces, fantasías también, pero fantasías recordadas, sentidas como si las hubiera vivido.

Con los años también había desarrollado otro don: el de predecir por unos segundos lo que iba a ocurrir, a veces incluso por algunos minutos, antes de que realmente ocurriera. Como ahora, sentada en un banco del jardín de este balneario. Sonreía porque sabía que en unos instantes llegaría él, el más elegante de todos los hombres. Nunca vi a ningún otro al que le quedase tan bien la pajarita. Ahora estaría saliendo de su habitación o tal vez bajando ya las escaleras y pronto saldría desde detrás de la arquería que da al jardín. Me buscará con la mirada y vendrá a sentarse junto a mí. Sonriendo, sin decir nada. Así era Mario.

Ya lo veo tras las columnas de los arcos, ya lo veo cruzar hacia el jardín, ya lo veo buscarme. Ahí llega.

  • ¡Hola, Mario!
  • ¿Qué tal te encuentras hoy?
  • ¿Mejor? Ayer parecías más apagado de lo normal.
  • Sí, hoy te veo mejor... y como siempre... tan elegante...
Mario llevaba un fino pañuelo de seda blanca en el bolsillo de su chaqueta. De pronto de este pañuelo empezaron a brotar imágenes. Con Mario no había ningún problema, porque él me conocía desde hacía años y sabía de mis poderes. Al principio no les hacía mucho caso y decía que eran ensoñaciones mías, o algo parecido, pero poco a poco fue comprendiendo que no le mentía, que las cosas se dejaban transparentar por mi mirada. El pañuelo me llevó al día en que Inés conoció a Mario. Inés había ido a una tienda del centro a comprar telas para confeccionar unas servilletas y al salir de la tienda estaba él, de pie, muy derecho, como siempre, muy elegante, sonriente, como siempre, y atento. Estaba mirándola y según supe más tarde, había quedado prendado de su belleza, de sus cabellos, de sus ojos, o, como él decía, de su mirada.

Esa misma noche, en la oscuridad de nuestra habitación, Inés me habló de él. Me dijo:
  • Hoy he conocido a un joven. Me miraba de una forma extraña y ha preguntado cómo me llamaba.
  • ¿Y tú qué le has dicho?
  • Inés. Que me llamaba Inés.
  • ¿Y qué más?
  • Nada más. Me vine para casa y ya está.
  • ¿Y ya está?
  • Bueno. Me siguió hasta la esquina y ahí se quedó. Antes de cenar aún seguía ahí, pero ya no está.
  • ¡Estás loca! ¿Cómo te dejaste seguir? ¿Por qué no me has dicho nada hasta ahora? ¿Y si es peligroso?
  • No parecía peligroso. Sonreía.
Mientras le hablaba a Mario recordándole sus recuerdos y los míos, mientras veía lo que había sucedido treinta años atrás Mario callaba y sonreía como debía sonreír aquella tarde y todas las tardes de su vida.
A veces recordar es como beberse un licor muy lentamente destilado.

Mario bajó la mirada y observó el clavel que llevaba en el ojal. Yo también miré su clavel blanco y nuestras miradas se encontraron, conectaron, a través de los pétalos. Entonces no le conté lo que recordé, pero sé que él sabía lo que yo estaba viendo y también sabía por qué no se lo contaba.
Era el día en que Mario llegó a casa con un hermoso ramo de flores. Inés estaba muy nerviosa, porque intuía que Mario tramaba algo. Así fue. Mario vino a pedir la mano de Inés. Inés lloró antes de dar su beneplácito. Mi madre lloró durante aquella merienda. Yo lloré aquella tarde y muchas tardes más. Por Inés y por Mario. Por la felicidad de ambos. Cuanto más lloraba por ellos más desarrollaba el poder evocador. Ya no podía controlarlo. Todo provocaba en mí imágenes, recuerdos y recuerdos que se enlazaban con otros recuerdos más antiguos o con imágenes de recuerdos que aún no habían ocurrido. La felicidad de ellos era el motor que provocaba mis evocaciones.

Ahora todo ha cambiado.
Ya puedo de nuevo regular el orden y el caudal de imágenes.

Aquella otra tarde de hace más de veinte años Mario no sonreía. Me llegan las imágenes ahora desde el brillo de sus zapatos. Siempre tan limpios. Yo estaba muy nerviosa en la cocina de casa. Mi madre había salido cuando llegó Inés, siempre tan alegre, con un sombrero nuevo y con un vestido azul. Me preguntó que cómo me encontraba y le dije que bien, que contenta de estar en casa con ella. Me preguntó por mamá. Después de un largo silencio me anunció:
  • Estoy embarazada.
  • ¿Cómo? ¿De verdad?
Fue una enorme sorpresa. Ya empezamos a hablar de si sería niño o niña, de sus ropitas, de su cunita, de su habitacioncita...

Después tengo un vacío.
A veces recordar es como meter una mano en el fuego o como abrasarse por dentro.

Recuerdo que más tarde, cuando llegó Mario, Inés estaba sentada en el sillón con la cabeza caída sobre el pecho, parecía tranquila, como dormida. Nunca supe qué había pasado, pero el entierro del día siguiente que parece que nunca tuvo lugar, que fue un hecho irreal, inventado.

Yo me quedé muy triste después de la muerte de Inés. Tristeza que me duró meses. Gracias a Mario pude superarla. Desde entonces él nunca me ha abandonado. Aparece en todos mis recuerdos posteriores, sonriendo, elegante, alto, recto, amable. Cuando fuimos a comprar el coche, cuando visitábamos nuestro terrenito en las afueras, donde construiríamos nuestra casa, cuando salíamos al teatro con los amigos a quienes tanto queríamos y que tanto nos apreciaban,... cuando nos venimos a vivir al balneario,... nunca me ha abandonado su sonrisa, su mirada y ahora está aquí conmigo, sentado frente a mí, tan silencioso. Sabe que estoy triste, porque sabe que el brillo de sus zapatos siempre me evoca imágenes amargas. Por eso antes de que empiece a llorar alarga su mano hacia mi cara. Va a decirme “no llores, ángel”, pero nunca llega a decir nada y nunca llega a tocarme la cara. Su mano leve la atraviesa y acaricia el poste de madera que sujeta el banco en que estoy sentada. Después Mario se da media vuelta y se marcha. Todas las noches, en lo oculto de mi habitación, el mismo desasosiego: ¿vendrá Mario mañana a estar conmigo, a hablarme y a tocarme la cara?

José Manuel Martínez Arias.
... acababa de anochecer. En aquella sala de espera oscura y triste, seguíamos esperando acontecimientos. Uno de nosotrros no hacía más que entrar y salir para encender un cigarrillo, al que apenas, después de dos o tres caladas, tiraba en una muestra más de cansancio y desesperanza .. Los otros tres nos mirábamos los unos a los otros, con esa mirada cómplice del que espera tanto que le dén ánimo cómo él que quiere mantenerse entero, sin dar a entender que está tan triste y destrozado cómo ellos ...

La noche había sido muy triste y larga. El sonido del telefóno a eso de la medianoche no auguraba nada bueno. Mi mujer me miró entre extrañada y alarmada. Me puse: "¡dígame!". ¡hola! ¿pasa algo?. Por supuesto, estoy allí en media ahora ... no te preocupes que todo va a salir bien ... o eso deseábamos todos ...

No tardé ni 20 minutos, y en la sala de urgencias estaban otros dos amigos esperando. ¡que mala suerte! Espetó uno ... ¡no tendría que haber cogido el coche ... si hay taxis por doquier toda la noche ...!, comentó el otro.

Sin querer pedir más explicaciones, entré con ellos al interior. Escenas de todo tipo en la entrada ... un borracho tendido en una hilera de asientos ... dos chavales llorando el uno sobre el otro esperando acontecimientos ... algo que no se le desea a nadie ...

Al principio estábamos muy desorientados. No sabiamos a ciencia cierta que había ocurrido realmente. Las noticias que nos llegaban era de un choque frontal con una motorista, el cual había salido bien parado ... pero la hija de nuestro amigo ...

Esa misma mañana había estado preparándose para la fiesta de graduación. Se fué a la peluqueria, volvío loca a su madre demandándole continuamente su atención -mamá, planchame el vestido ... la chaqueta esta recogida del tinte ... ayúdame a plancharme el pelo ...

Terminó de estudiar tarde, porque es de las que les gusta aprovechar mucho el tiempo ... nadie podía pensar en algo así ... hasta que ocurre.

Seguimos hablando de temas triviales. Que si estoy aburrido de mi trabajo, que si no tengo tiempo para mi, que si mis hijos me adsorben el poco tiempo del que dispongo ... conversación propia de cincuentañeros con vistazos a una juventud que se nos escapó y no supimos saborear cómo hubieramos querido o podido ...

Al cabo de un rato, dormitamos un poco. Eran las 6 de la mañana y no estábamos precisamente acostumbrados ni a trasnochar ni a madrugar ... y esta largúisima espera ...

En el otro extremo de la sala, un hombre apoya los codos sobre la barandilla de la terraza, de tal forma que se proyecta la sombra de su cuerpo sobre la calle. La sombra de su cabeza se encuentra en mitad de un sendero, a la espalda del hospital. Por ese camino se acerca pedaleando en una bici una niña. Era muy joven, extraordinariamente joven, con ese aire despreocupado que tienen todos aquellos que nunca piensan que les pueda acontecer nada malo ... y sin temor a nada o a casi nada ... ¡bendita ignorancia! ¡que envidia! ¡quién pudiera estar en su lugar sin ninguna preocupación o zozobra!.

Me levanté a pedir un café. Les dirigí a todos una mirada inquisitiva, demándandoles si les apetecía. Uno me hizo un gesto de no poder con más cafeina ... otro me dijo que no quería pero que me acompañaba ... el tercero dormía apoyando su cabeza sobre el hombro de su mujer, agotado por una noche llena de acontecimientos y desesperanza.

Me comentaba mi amigo, con voz ronca por el cansancio y la preocupación, que se arrepentía de haber animado a su hija a sacarse el carnet de conducir. Yo le consolaba diciéndole que no podíamos echarnos la culpa de casi nada, si acaso, de haberle dado más de lo que se debería ... Al momento, se echó a llorar. La noche estaba llena de mucha tensión, ya había que soltarla de una vez ... ¡malditos coches!.


Cuando volvimos, un rayo de esperanza en forma de sonrisa de oreja y oreja del médico, al darnos las últimas noticias de la que era, en esa noche, hija de todos y cada uno de nosotros. Con un pronóstico aún reservado, no había daños irreversibles y en unas semanas podríamos disfrutar de ella cómo hasta ahora . ¡que maravilla! ¡que alegría!

José María Vázquez Recio. 

Remembranza

Un hombre está asomado al balcón de su casa. Su sombra se proyecta en la calle. De pronto, una chica en bicicleta cruza la calzada. El sonido de su bocina...su pelo rubio...Durante un momento, el hombre cierra los ojos y puede verla de nuevo. Vuelve a tener 15 años. El pelo de ella brilla al sol y, al pasar por su lado montada en la bici, le sonríe por un instante. Nunca fue capaz de decirle a esa chica lo que sentía por ella y, sin embargo, no ha pasado un solo día de su vida en que no la recuerde.

Todos los días, la veía pasar por delante de su casa y ella siempre le miraba y le sonreía. Por la tarde, se reunían en el pueblo y salían en pandilla. Eran muchos ,porque se juntaban los chicos del pueblo y los de ciudad, como él, que pasaban allí el verano con sus familias. Se veían en el paseo y sus miradas se cruzaban.

¡Aquellos largos veranos del final de la infancia¡ ¡cuando parecía que ibas a tener todo el tiempo del mundo¡ Por eso nunca le decía nada, pensaba que siempre habría un mañana, otro día en el que él sería más valiente y mientras tanto se conformaba con saber que ella existía, con verla cada día.

Pero un verano ,ella no volvió. Escuchó decir que veraneaba con sus padres en un lugar de la costa. Nunca más supo más de ella, mas nunca pudo olvidarla.

Cuando abre los ojos, la chica de la bici está doblando la esquina. Ha sido un instante. Ha bastado un sonido y una imagen fugaz y las vivencias de años han desfilado por su mente. ¿Por qué hace el tiempo eso con nosotros? ¿Cómo es posible que podamos recordar con tanta nitidez las sensaciones de hace 35 años y no recordemos lo que hicimos hace 5 minutos?


Pero hoy, la reminiscencia ha sido tan fuerte, que una idea cruza por su mente. Ya no tiene 15 años y , ni mucho menos, todo el tiempo del mundo. Tampoco tiene nada que perder, así que determina que nunca es tarde para las segundas oportunidades. Decidido como nunca en su vida entra en la casa y se dirige al ordenador. Después de todo, existe Facebook.

Ana María Cumbrera Barroso.

domingo, 4 de junio de 2017

Mientras me alejaba despacio procuré no volver la vista atrás, sentía su mirada sobre mí, sentía su ternura y su fuerza.
Lo imaginaba sin esfuerzo, los codos apoyados en la barandilla, la sonrisa tenue en sus labios, mientras me veía partir feliz y libre.
Llegó la hora de la despedida, llegó también con ella la hora de la esperanza, esa que fuimos construyendo juntos.
Aprendí de él, en todo este tiempo que los adioses no son tristes; son parte del camino que emprendimos un día. Son parte de la vida.
Ya estaba llegando a la estación, un sol resplandeciente inundaba la fachada.
Fue entonces cuando me crucé con Ana, fugaz, en su bicicleta azul.
Me pitó con gozo, con estruendo, muchas veces.
Cascabeles en mis oídos y una vocecita vital y espléndida que me gritaba: ¡adiós, que llego tarde al cole! Adiós repetí en un susurro.


Maribel de la Fuente

Cuentos del 3 de junio de 2017:

A partir de La cara de la desgracia de Juan Carlos Onetti.
http://www.literatura.us/onetti/lacara.html