martes, 15 de febrero de 2022

Perfectos desconocidos:

Patricia se refugió en el cálido abrigo de la cafetería. La temperatura era mucho más benigna que en el exterior. Siempre había sido uno de sus locales preferidos, un buen lugar para iniciar una nueva relación.


Con los nervios metidos en el estómago, se sentó de manera que podía divisar a las personas que entraban. Llegaba temprano a propósito, después de todo estaba citada con un desconocido. Su situación estratégica le permitía una huida honrosa en caso de que él no le causase buena impresión. Sus amigas llevaban años utilizando las aplicaciones de citas, pero para ella era la primera vez, y todavía resonaban en sus oídos las palabras de su madre al salir de casa:


    • Patri hija, ¡con lo que tú vales! ¿qué necesidad tienes de quedar con alguien de quien no sabes absolutamente nada? ¿y si fuera un pervertido, alguien peligroso? Ten paciencia, que lo que tenga que ser para tí llegará.

    • Mira mamá, si algo aprendí de mi relación con Javier es que nunca se termina de conocer a una persona.


Lo cierto es que a ella se le había acabado la paciencia. Tenía 34 años y, aunque todo el mundo decía que parecía una chiquilla, su reloj biológico no decía lo mismo. Estaba harta de ser la protagonista de una historia con un triste final, al menos para ella. A estas alturas de la vida hace mucho que había planeado estar casada y con hijos. Durante diez años fueron planes compartidos con Javier, el que había sido hasta la fecha su único novio formal. Se conocieron muy jóvenes. Ambos eran muy tradicionales y la boda siempre estuvo implícita. Tenían piso, regalo de los padres de ella, y solo tenían que esperar a situarse. Ella aprobó la carrera y empezó a trabajar. Esperó pacientemente a que él completase los estudios y aprobara las oposiciones. Pero, inexplicablemente para ella, cuando parecía que ya no había obstáculos para hacer los tan deseados planes de boda, él empezó a distanciarse, a mostrarse cada vez más frío, a poner excusar para no salir...Un día le dijo que necesitaba tiempo para aclararse. Dos meses después coincidieron en una reunión de amigos y él iba acompañado, muy bien acompañado, por otro chico muy joven y guapo. Se sintió engañada, traicionada, compadecida por todos. ¿Cómo había podido estar tan ciega? Sintió que había perdido los últimos diez años de su vida. Por eso le había dicho a su madre que ni siquiera un largo noviazgo bastaba para conocer realmente a alguien.


Le costó recuperarse. Pasó por una etapa en la que solo pensó en divertirse. Cuando empezó a plantearse de nuevo una relación seria, se dio cuenta de que los varones de su generación huían ante la mención de su piso ya amueblado y de todo lo que sonase a compromiso; al menos, antes de los cuarenta. La famosa igualdad entre sexos aquí flojeaba, para ellas el famoso reloj corría más rápido.


Por fin se decidió a recurrir a la aplicación que, según la publicidad, iba encaminada a las relaciones formales y, después de un tiempo chateando con un chico, habían quedado en conocerse hoy.


Tan enfrascada estaba en sus pensamiento que le cogió de sorpresa el jovial saludo de un joven que se autopresentó como Miguel, un amigo de la infancia. Le dio mucha alegría verlo. Le invitó a sentarse y charlaron largo y tendido durante media hora. Llevaban años sin saber el uno del otro. Patricia descubrió encantada que, cuando se conecta con una persona, da igual los años que pasen, la conexión sigue estando ahí. Y él parecía tan feliz con el reencuentro como ella. Estaba tan a gusto con él, que le propuso cambiar de lugar, no le apetecía nada que su cita se presentara. Cogidos del brazo y riéndose, Patricia abandonó la cafetería junto a su amigo. Agradables mariposas en el estómago habían sustituido a sus nervios de hace un raro. Así, sin buscarla, una nueva ilusión comenzó a germinar en su corazón.


Acodado en la barra, un joven los observaba mientras salían. Había llegado justo en el momento en el que aquel chico se había sentado en la mesa con ella. No le pareció oportuno acercarse. Metió la mano en su bolsillo y acarició con cuidado la afilada navaja que guardaba. No importaba, dos horas después estaba citado con otra chica. Esperaba tener más suerte.

 

Ana María Cumbrera Barroso.




 

Los comensales:

 

      Me lo advirtieron muchas veces, pero nadie, cómo dice el refranero popular, escarmienta por cabeza ajena. Otra vez tirado en medio de la nada, en una carretera comarcal, y sin pasar nadie que me pudiera ayudar. Y para colmo, el móvil sin cobertura ...

 

      Hacía ya mucho frío, y el anochecer amenazaba con hacerse presente en su plenitud, y sin saber para dónde dirigirme. La temperatura era mucho más benigna que en el exterior. Cerré el coche, y me dispuse a cruzar el bosque, a ver lo que me depararía el destino.

 

      A la media hora de estar caminando, pude ver, a lo lejos, una luz tenúe. Apresuré el paso, no fuera a ser que fuera un vehículo y que se marchara. Conforme me acercaba, me día cuenta de que era una luz fija, por lo que mis temores se desvanecieron. Una pequeña cabaña, con una chimenea humeante que me hacía pensar que algo caliente podría tomar para resarcirme algo del frío, se me apareció frente a mi.

 

      Por una de las ventanas observé una animada reunión, con varios hombres riendo y comiendo. Sonreí, porque parecía que mi suerte cambiaba.

 

      Llamé a la puerta con los nudillos, y nadie acudía. A la segunda vez, alguíen abrió una mirilla, y me preguntó que quería. Le dije que estaba perdido, con mi coche averiado en la carretera, y que sólo quería llamar por teléfono y resguardarme un poco. Asintió con un gesto, y me permitió la entrada.

 

      Era una pequeña habitación, con una chimenea al fondo, una cocina y un camastro que acababa de ser usado. Otra mujer aguardaba mirándome con indiferencia meciéndose una y otra vez en una ruidosa mecedora.

 

      Les día las gracias, y pregunté por un teléfono, a lo que me contestó que no tenían, pero que por la mañana esperaban a un repartidor, y posiblemente podría irme con él. Me ofreció pasar la noche en un pequeño desván en la parte superior de la casa y algo de comer.

 

      Les día las gracías. Quitándome el grueso abrigo que llevaba, y acercándome a la chimenea para recuperarme algo del frío, observé a la mujer de la mecedora. Me miraba fijamente, y, sin dirigirme la palabra, sonreía con un gesto extraño. La primera de mis anfitrionas me ofreció un té caliente con galletas, y me dijo que me sentara. Era bastante más amable que la otra, que ni me hablaba ni me quitaba la vista de encima para nada.

 

      ¿De dónde es vd?, me preguntó. Le contesté que de la ciudad, y que queriendo acortar el camino, me terminé perdiendo.

 

      - Mala época para perderse. Este bosque, en invierno y de noche, no depara nada bueno. Los lobos acechan y no sería el primer incauto que perdiera la vida por estas tierras... -, me contestó.

 

      Mientras que la escuchaba, y con la mujer de la mecedora mirándome con una sonrisa bastante rara, me extrañó no escuchar a los comensales de la otra habitación. La señora amable me comentó que algunas veces se reunían allí, para jugar a las cartas, pero que, afortunadamente, la tenían insonorizada. Nunca les gustó ni a ella ni a su hermana excesivamente el jaleo ...

 

      ¡Ah, son hermanas!, le pregunté, ya que la otra no abría la boca para nada, eso sí, con una sonrisa terriblemente inquietante.

 

      Si, somos hermanas, y llevamos aquí varios años viviendo muy tranquilas. No nos gusta mucho la gente, ni nosotros a ellos. Estamos en paz.

 

      Veía ya que la noche era cerrada y, aceptando su amable ofrecimiento, me dispuse a lenvantarme para ir a descansar. Extrañamente, sentía cómo si mis piernas no me respondieran, y caí de bruces al suelo. Plenamente consciente pude ver que las dos hermanas se apresuranon a ayudarme, y me subieron a una silla de ruedas, dónde, para mi sorpresa, me sujetaron con unos correajes para que no me cayera. Intenté protestar, pero las palabras no pudieron salir de mi boca, y apenas podía mover los labios ...

 

      ¡Por fín nos ha caido otro Clarence! Ya había perdido la esperanza de renovar nuestra mesa. ¡Por fin!, dijo alborozada. Mientras una lo llevaba en la silla de ruedas, la otra abrió la puerta dónde se divertían varios hombres jugando a las cartas, o eso parecía.

 

      Le presento al Sr. Escobar. Llegó hace unos 30 años, casi como usted, ¿guapo verdad?. Está cómo el primer día.

 

      Y este otro es el sr. Hurtado. Éste lleva menos tiempo disfrutando de nuestra hospitalidad, no más allá de 15 años, pero se mantiene perfecto, cómo si no pasaran los años por él ...

 

      Mi sorpresa se tornó en horror. Esos hombres, por una extraña razón, estabán inmóviles, cómo estatuas, con una sonrisa estúpida en los labios, mirándose entre si. No entendía nada, y no sabía que querían de mí.

 

Por ahora no se preocupe -, me dijo la que me abrió la puerta. Le vamos a dejar aquí  para que se vayan conociendo. Van a tener todo el tiempo del mundo para ello, ¿verdad Elizabeth?.

 

      Elizabeth practicamente no la escuchaba, al estar ocupada en preparar unos cuchillos de cocina de gran tamaño, sonriéndome con una mirada, ahora sí, muy dulce.

 

                  José María Vázquz Recio, Febrero 2022

     

lunes, 15 de noviembre de 2021

La cabalgata:

 

La víspera de Reyes, siempre ha sido y será, mi día preferido del año. Cuando me lanzo a la calle en busca de la cabalgata, siento en el estómago los mismos nervios de siempre. Ese cortejo de la ilusión tiene el poder de sacar fuera a la niña que sigue viviendo dentro de mi. Si algún día veis que no voy a ver la cabalgata, preocupaos por mí, sin duda me ocurrirá algo grave.


Mientras espero el alegre desfile me siento transportadas a otros tardes mágicas. Es como un viaje lleno de dulce nostalgia.


El primer recuerdo que tengo de la cabalgata se remonta a mi primera infancia, me veo a mí misma llorando por la inquietud que me causaba pensar que iba a ver realmente a los reyes magos, los mismos que habían adorado al Niño Jesús hace muchísimo tiempo. Pensar en esos poderes mágicos de los reyes, esos seres capaces de viajar en el espacio y en el tiempo, me provocaron un llanto nervioso, del que, afortunadamente, me recuperé pronto. Esas cabalgatas de mi niñez siempre las veía acompañada de mi familia. Quedábamos con todos los tíos y primos. Todos los chiquillos nos poníamos en primera fila -privilegio de ser niños- y cuando empezaba el cortejo, iniciábamos la divertida batalla de competir a ver quien cogía más caramelos.


Después llegaron las cabalgatas de mi adolescencia y mi juventud. Recuerdo una muy especial. Mi novio y yo habíamos quedado con otra pareja. Ella no llevaba mucho tiempo en Sevilla. Aquella chica no cabía en sí de asombro cuando nos vio a los tres matándonos por los caramelos, tirándonos al suelos y hasta dándonos empujones. Los tres jóvenes circunspectos se habían convertido en tres energúmenos, que se mataban por unos dulces. Al año siguiente, aquella chica, que con el tiempo se convirtió en una de mis más queridas amigas, participó en la divertida batalla como la que más.


Luego vinieron las cabalgatas de la infancia de mis hijas. Suponía verlo todo de nuevo a través de sus inocentes miradas, ser ahora yo la reina maga que haría realidad sus ilusiones.


Ningún año me perdí la cabalgata, ningún año dejé de recuperar la ilusión. Pero hubo una Navidad en la que la cabalgata no acudió a su cita con la ciudad. Una maldita pandemia nos hizo ver que nada de lo que creíamos inmutable lo era, que éramos vulnerables, que todo era posible. Aquel año descubrimos que puede nevar en primavera.


Aquella víspera de reyes no hubo pues ninguna cabalgata, sin embargo, aquella noche vi en mis sueños, a una niña que lloraba porque sus emociones la habían desbordado, a una joven que se asombraba por la transformación de sus amigos y a dos niñas preciosas que, en mi memoria, serán siempre niñas. En mi sueño, la cabalgata de reyes, salió expresamente para ellas.

Ana María Cumbrera Barroso. Noviembre 2021.

Comprobarás que puede nevar en primavera:

 

El despertador sonó puntual y gravemente, como siempre. Teresa, restregándose los ojos, se levantó con algo de pereza. Era lunes, y el fin de semana fué exigente. Pero que vamos a hacer. Las clases, los prefeseres, y los compañeros y amigos la esperan.


El agua caliente mejoró rápidamente la mañana. Su ropa, preparada cuidadosamente por, quién si no, su madre, la esperaba para vestirla y poder irse rápidamente a su instituto.


Se estaba terminando de arreglar cuando, desde abajo, alguíen pitaba con insistencia al porterillo. Era su padre. No se acordaba de qué esa mañana, cómo la de todos los lunes, la acompañaba al instituto.


Salió presurosa por la puerta, y bajando los escalones de tres en tres, se encontró con la caricia de la sonrisa de su padre.


¡Vamos dormilona, que vamos tarde! .


Llegaron a la puerta del centro, dónde la acumulación de coches en la puerta hacía difícil poder avanzar. Teresa, viendo esta situación, bajó y dándole un sonoro beso en la mejilla a su padre, se dispuso a entrar en el centro.


Tuvo una mañana plácida, pero al final de la misma comenzó a encontrarse algo mareada. Sin darle más importancia, salió del centro y volvió a su casa.


Su madre la recibió en la puerta. Le dió tiempo de preparar algo de almuerzo para las dos, y comenzar una breve conversación antes de que cada una volviera a su rutina. Teresa se seguía encontrando mal, pero con una sonrisa algo forzada seguía conversando con su madre.


Una vez sentada en su dormitorio, Teresa seguía mareada. Se echó un rato en su cama, pensando que sería algo más de cansancio de lo habitual, y sin darse cuenta, se quedó dormida.


Lo siguiente que recordó fue que sus padres la estaban acompañando al hospital. Ella sólo asentía, y sus padres intentaban en vano mantenerla despierta. Su madre, cogiendola por los brazos, la animaba a que se despabilara.


Una vez en el centro médico, se confirmaron las peores noticias. Una enfermedad larga, una lucha extrema, que pusieron a prueba tanto a sus padres como a ella, la estaban esperando y, aunque sea muy raro, siempre puede nevar en la primavera de nuestras vidas. Pero su ánimo y el de sus progenitores nunca se quebró, ya que, Teresa, recuérdalo siempre, la vida y las clases, los profesores y amigos, siempre te esperarán ...


Dedicado a Teresa y a sus padres, que siempre estarán ahí.


José María Vázquez Recio.

miércoles, 20 de octubre de 2021

El cuarto de baño:

 

Llovía, y a Jesús se le empezaba a hacer tarde. Aquel día se quería acercar a casa de sus padres a echar un último vistazo. Desde el fallecimiento de los mismos, y tras varios meses esperando, la inmobiliaria, al fin, les comunicó que tenían un comprador y sus hermanos, y no él, tenían prisa por venderla. A él nunca le gustó la idea, pero eran mayoría, aunque no tuvieran razón alguna para deshacerse de buena parte de la memoria de sus padres. Y él no quería dejar esa casa por nada en el mundo ...


Entró al fin en su calle, y pudo distinguir algunas de las antiguas tiendas que marcaron su infancia. La carniceria de Benito, la tienda de comestibles de Manola, dónde puntualmente compraba la botella de vino para su padre, la panadería de Polvillo, ...


Entró en el rellano y se encontró con una antigua vecina, de esas que se cruzaban contigo y saludaban y se interesaban por cómo estabas. La saludó y la besó, consciente de que pocos ratos cómo ese podría volver a experimentar esa sensación de bienestar.


Ya en la puerta, dudó varios instantes en cual era la llave correcta. Sera esta dorada, o no, la cerradura de arriba se abre con la alargada. Consiguió superar el umbral, y cerró tras de si. Una vez dentro, se quitó el abrigo y miró el interior de su casa. Muebles cubiertos de sábanas, cajas a medio rellenar, ventanas con las persianas cerradas ...


Notó que tenía ganas de ir al cuarto de baño. - Espero que la cisterna funcione- pensó, - no me gustaría dejar mal olor por usarlo -. Al entrar, y después de usar el inodoro, se dispuso a lavarse las manos, sonriendo divertido cuantas cosas se le habían pasado por la cabeza y miró al espejo.


... En ese momento, pudo ver la imagen de su madre lavándolo con ayuda de su hermana en un pequeño baño de cinc. Él reía contento, cuando su madre lo levantó y lo secó meticulosamente, mientras su hermana le traía la ropa interior caliente. Su madre le cantaba y le sonreía, y él aún protestaba por el celo que ponía en secarlo convenientemente.


El cerró los ojos, algo aturdido. Al momento, pudo escuchar una voz fuera del aseo. Su padre le conminaba que se diera prisa, que el coche para llevarlo a la Iglesia estaba al llegar, y que no cabía en cabeza ajena que la novia fuera la que lo esperara. Y cuidado con cortarte al afeitarte, que ese día tenías que estar impecable. Venga, vamos, que hay que ver lo que tardas en salir del cuarto de baño ...


Abrió la puerta, y allí no había absolutamente nadie. Pensó que habría descansado poco esa noche, porque no sólia tener esas alucinaciones o lo que pudieran ser.


Algo más tranquilo, se sentó en uno de los sillones del pequeño salón, y cerró los ojos reclinando la cabeza. En aquel sillón pudo disfrutar muchas días, con permiso de su padre, dueño absoluto de todo lo que se moviera en su casa, de pequeñas cabezadas. Y aquel día intuyó que le hacía falta.


No llevaba apenas 5 minutos durmiendo, cuando una voz desde la cocina le despertó. Su madre le conminaba aque estuviera más pendiente de su hijo pequeño, que ella no estaba ya para esos menesteres. Y siempre le habian dado mucho miedo los niños entrando y saliendo de la cocina.


Él acudió presuroso a ver de dónde salía esa voz tan nítida. ¡Pero si era su madre!. Una vez dentro de la cocina, evidentemente, no vió a nadíe.


¿Que me estará pasando?. Su primera intención hubiera sido salir despavorido, pero se contuvo. Él había ido con una sóla intención, e íba a cumplirla.


Para ello, cogió un vaso y, llenándolo de agua, se tomó un par de pastillas de las que llevaba en el bolsillo. Su experiencia de médico le convenció que su efecto era practicamente indoloro y rápido. Se sentó nuevamente en el sillón, y se dispuso a disfrutar en sus últimos instantes del lugar en el que fué alguna vez feliz, antes de caer en el mayor castigo al que se puede sometar a un ser humano, el olvido de los suyos ...


José María Vázquez Recio.

jueves, 23 de abril de 2020

El astro rey:


Javier llevaba toda su vida enamorado de Cristina. Y lo “de toda la vida” no era metafórico, sino literal. Eran del mismo barrio y coincidían en clase desde pequeños. Ya con cinco años, aquella niña brillaba con luz propia, era el astro rey de su pequeño mundo.
Cuando la miraba y veía como la querían, tanto los adultos como los otros niños, se acordaba del cuento de La Bella Durmiente, también unas hadas pequeñitas debieron tocarla al nacer con sus varitas mágicas para otorgarle toda clase de dones. A su corta edad ya se planteaba Javier la injusticia del don de la belleza, recibida gratuitamente por unos y negada a otros, pero el afortunado poseedor de la misma atraía, sin ningún esfuerzo, las simpatías ajenas.

Él era un niño invisible, que no destacaba en nada. Ella la mejor estudiante de la clase y la más popular, siempre rodeada de amigas y, al llegar la adolescencia, de chicos, con los que salía alternativamente. Sus vidas transcurrían igual que dos líneas paralelas. Él la veía brillar de lejos.

El bachillerato inclinó un poco la balanza a favor de Javier. Se matriculó en Informática, asignatura entonces nueva y desconocida, y por primera vez empezó a destacar en algo. Dejó de ser el chico invisible para pasar a ser el rarito cerebrito. Por su parte, Cristina se graduó con el mejor expediente de la clase.

Durante los años de Universidad se vieron ocasionalmente por el barrio. Él siguió con la Informática y para su sorpresa, encontró trabajo nada más terminar los estudios.

Y allí, en la planta baja de una gran empresa, el destino volvió a unir sus caminos. Más de cien auxiliares trabajaban en diminutos cubículos, separados por mamparas de medio cuerpo, como había visto en las películas americanas. Cristina se incorporó a la plantilla unos meses después. Estaba más guapa que nunca.

Su éxito con los estudios, lo bien que le iba en el trabajo y la amable sonrisa de ella cuando se cruzaban, le dieron a Javier el valor necesario para encaminarse un día a su mesa en las vísperas de navidad. Y después de una charla intrascendente se lanzó de cabeza.

    • Cristina ¿qué te parece si vamos juntos a la fiesta de la empresa?
Ella, con la soltura propia de quien está acostumbrada a declinar invitaciones, le contestó :

-Lo siento Javier ,es que estoy muy liada, cualquier mañana quedamos para un café ¿vale?

A la fiesta fue con el Jefe de Sección de la 2ª planta, la primera de una serie de conquistas que se sucedieron en los años siguientes. Siempre esporádicas y siempre jefes de lo que fuera. Él nunca más le propuso quedar.

Durante esos años Javier fue cambiando de puesto. En aquel edificio subir de planta también suponía subir en el escalafón laboral, y su titulación y su valía le llevaron muy alto en poco tiempo. Ahora rara vez veía a Cristina, que continuaba en la colmena de la Planta Baja.

Una mañana se cruzaron en el ascensor y ella, en un instante ,volvió a deslumbrarlo con una encantadora sonrisa.

    • Caramba Javier, desde que estás en las alturas no te acuerdas de los amigos de la infancia. ¿Qué tal si quedamos este sábado para cenar y recordar viejos tiempos?
Durante una décima de segundo Javier supo que solo había una respuesta posible, también supo que después se arrepentiría, pero a pesar de su brillo, pudo ver a la chica que ya rozaba la treintena, que había salido con todos los jefes de sección sin que ninguna relación le cuajara y que estaba aburrida de su monótono trabajo. Así que, con todo el dolor de su corazón, le dijo:

    • Lo siento mucho Cristina, pero es que ahora ando muy liado. Cualquier mañana de estas quedamos para tomar un café ¿vale?

El astro rey, que ya no brillaba tanto, salió del ascensor y de su vida, con la contrariedad reflejada en el rostro de la que no está acostumbrada a recibir calabazas.

Javier supo que había hecho lo correcto, que ni siquiera el primer amor podía pesar más que el amor propio. Era hora de arrinconarla en algún lugar de su memoria, donde habite el olvido.

Ana María Cumbrera Barroso.

Su mejor amiga:


 Gabriel acabó de meter un par de documentos en su maletín, y cerró con llave nerviosamente el cajón de su mesa de despacho. Marta, su secretaria, estaba algo distraida mirando el monitor de su ordenador. Le hizo una señal, pero al ver que no lo veía, desistió de su empeño. De todas maneras, ya quedaba poco para irse a casa.


¡Por fin eran las cuatro de la tarde!. Gabriel acababa de salir de su trabajo, se paró a tomar algo en un bar cercano cerca de su bufete, y se disponía a pasar un par de horas con Raquel.

¡Le encantaba estar con ella!. Estaba acostumbrado, más bien resignado, a que día tras día alternase con muchos clientes, compañeros, conocidos, pero que a ninguno le pudiese llamar amigo. No hay peor soledad del que está permanentemente rodeado de gente pero que ninguno te sonría y te pregunte ¿cómo te encuentras Gabriel?, y que todo sean frases formales, sin ningún contenido. Palabras de cumplido, corteses, pero vacias de la mínima complicidad necesaria para hacerte parcicipe de un sentimiento de verdadera amistad ... pero con ella no era así.

Aparcó su coche en una calle cercana. Siempre le costaba encontrar un lugar cercano, sobre todo porque después disponía de poco más de 15 minutos para llegar de nuevo al bufete, y nunca le gustaba llegar tarde ...

Subió los cuatro escalones antes de llegar al portal y, nervioso, apretó el botón correspondiente al 2ºc. A los pocos segundos, escuchó su voz. ¿eres tú Gabriel? ¡sube!.

Una vez en el portal, saludó a un vecino que lo miró con gesto hosco. Gabriel se limitó a dar las buenas tardes, y siguió su camino al ascensor. Su tiempo, el tiempo de ambos, era corto y había que aprovecharlo.

Raquel lo recibió con un beso en la mejilla, y le preguntó si le apetecía algo, Él le pidió café, y se fué a la pequeña cocina a prepararlo. Gabriel, mientras tanto, se desanudó la corbata, se quitó la chaqueta, y se sentó frente al pequeño televisor del apartamento. Apenas 5 minutos después, una taza de café humeante ocupaba su mano derecha, pero sin apenas haberlo podido probar, con la izquierda agarró a Raquel por la cintura, demostrándole lo que realmente le apetecía ...

Sin más tiempo para prolegómenos ambos se fueron a la pequeña cama existente en el apartamento. Apagaron la luz, y ambos se entregaron a su amor poco legítimo. Tenían sus vida por separado, familias, etc ... pero ese era su momento, su tiempo, y no querían perdérselo, cómo así habia sido una vez por semana, hace ya bastantes años. Nunca, y ambos se conocían desde hacía bastante tiempo, se preguntaron quién más había en sus vidas. Se sabían sus nombres, verdaderos o no, y sus números de telefono móvil, y era más que suficiente. Para que querrían saber más el uno del otro, si ni les hacía falta. Estos encuentros eran sólo para ellos. Un lugar dónde sólo quedaba un rato de complicidad y amor fugaz, sin más expectativas. Un lugar dónde al poco de marcharse, sólo quedaría un bonito recuerdo dónde habite el olvido ...

Estaba Gabriel en estos pensamientos, apurando un cigarrillo en la cama, cuando Raquel se levantó de la misma. Se puso una bata muy ligera, y con un beso cariñoso en la frente, le dijo que iba al baño a darse una ducha. Gabriel se incorporó, y comenzó a vestirse. Miró nerviosamente el reloj, y se percató de que ya eran cerca de las seis ...

Una vez listo, entreabrió la puerta del cuarto de baño. Raquel aún se estaba duchando y cuando Gabriel le dijo adios, ella le contestó con una preciosa sonrisa.

Gabriel se dirigió a la puerta, y al abrirla, se percató de que se había olvidado de algo. Entre risas, volvió al dormitorio, y miró en su interior. Una vez dentro, abrió un pequeño cajón dónde había un sobre de color morado. Lo abrió, y depositó en él 150 euros. Era el precio a pagar por un rato de felicidad.

José María Vázquez Recio.