sábado, 22 de abril de 2023

La excursión de Jaime:

 

Eran las 9 de la mañana. Un gran grupo de niños, con dos padres por cada uno, como no podría ser de otra manera, se arremolinaban en la puerta del colegio. Dos maestros, al borde de la afonía, no daban abasto para organizar el acceso de los jóvenes e inocentes infantes en autobús que los llevaría al museo de bellas artes. Entre ellos estaba Jaime, con su abuelo terminando de preparar su mochila con el añorado bocadillo en el descanso de la visita.


Jaime miraba entre perplejo y asustado el enorme lio que tenía ante sus ojos. No comprendía tanto griterío. Era una visita más, como todos los años en primavera antes de semana santa, y no le veía ningún especial aliciente.


Su abuelo, viendo su actitud, le recordaba que siempre se podía descubrir un cuadro nuevo, y que, incluso, una nueva perspectiva de un cuadro ya conocido. Pero él no tenía demasiado interés. Su abuelo, resignado, le dió un beso en la mejilla, esperando que a sus 8 años pudiera disfrutar de algo a lo que a él no tuvo oportunidad.


Una vez todos dentro del vehículo, y con un griterio ensordecedor, el autobús cogió la ruta más cercana hacia el museo. Éste estaba en una zona céntrica de la ciudad, y no podrían estar demasiado tiempo parado. Cosas de la circulación.


Al llegar a su destino, otra profesora estaba a la espera, y fue agrupando a los alumnos junto a un viejo árbol, frente a la pinacoteca. Era uno de tantos árboles que había en la ciudad y que, salvo en raras excepciones como ésta, todavía no se le había ocurrido a algún iluminado retirarlo para un fin escasamente público.


Jaime observó que nada había cambiado. Delante del museo se agolpaban multitud de turistas, con los guías haciendo de maestros de ceremonias con unas banderitas de colores llamativos. Delante del edificio, varios estudiantes se afanaban en pintar la orginal fachada, llena de motivos escultóricos.


Una vez dentro, observó que su amigo David le hacía señas. Se acercó a él, a ver que alternativa le ofrecía.


¿Jugamos al esconder?. Estoy cansado de ver lo mismo, y me gustaría pasarlo muy bien. Yo cuento y tú te escondes primero ... ¿vale?.


Le respondió con un sonrisa pícara. Por supuesto que le pareció una idea genial.


Le hizo una seña, a lo que David se volvió y, tapándose los ojos, comenzó a contar hasta diez ...


Uno ... dos ... tres ...


Jaime miraba a derecha e izquierda, y no sabía dónde meterse. Se fijó en un pequeño almacén, dónde un trabajador desembalaba unos cuadros viejos. Sin pensarlo, y aprovechando que éste miraba hacía otro lado, se introdujo dentro y se escondió entre unas cajas que tenían casi su altura. Aguardó allí, y cuando su amigo David terminó de contar, se le escapó una risita. Pero ésta no duró mucho tiempo, ya que al levantarse para ir en su busca, se dió cuenta que se había quedado encerrado. El sonido de un pestillo desde el exterior le hizo darse cuenta del error en que había incurrido.


Se acercó a la puerta, y no pudo abrirla. El pestillo era exterior. Golpeó varias veces en vano gritando que alguíen le sacara de allí, pero nadie le oyó. Unas lágrimas cayeron por sus mejillas, y comenzando a sentir frío y desamparo a partes iguales.


Se volvió, y empezó a examinar más detenidamente el salón dónde estaba encerrado. Arriba, a la derecha, un pequeño tragaluz de varios colores era la única entrada luminosa que disponía, y un silencio sepulcral invadía cada rincón de su confinamiento.


Miró su reloj, ya apenas había pasado media hora desde que entró al museo. Esperaba que su seño le echara de menos - quién lo podría decir si era un trasto según ellla -, cuando alguién le siseó ...


Miró a derecha e izquierda, sin ver a nadie. Nuevamente recibió otro siseo, y pudo reparar en un cuadro con un jinete a lomos de un gran caballo. Se restregó los ojos, no podía ser. El jinete, desde el cuadro, le sonreía. El pánico aumentó cuando el mismo, bajándose del caballo, se salió del cuadro y se le acercó.


¿Que haces aquí? Le preguntó.


Jaime no daba crédito a lo que le estaba pasando. El caballero, con un gesto cariñoso, lo cogió por los hombros y lo reconfortó.


No te preocupes. Mientras vienen por tí, te voy a enseñar una algo que seguro que te gustará. Verás como si.


Y cogiéndolo en brazos, se metieron ambos en el cuadro y, a lomos del caballo, comenzaron a galopar por unos campos cubiertos de flores.


Mira, le dijo, ¿ves aquella polvareda?. Es una batalla entre moros y cristianos. Se peleaban no porque se conocieran o tuvieran problemas entre ellos, sino por defender su religión. ¿que te parece?.


Jaime no podía ni abrir la boca. Se agarró con más fuerza que nunca a las crines del caballo, que no debaja de correr.


¿Ves aquella montaña?. Allí hay un viejo poblado, junto a un rio. ¿Sabes que la mayoría de las civilizaciones han crecido junto a un rio o un mar?. El agua es vital para todos Jaime.


Jaime, que no solía escuchar muchos las explicaciones de los adultos, lo miraba con atención. Le gustaba todo lo que le estaba diciendo.


¿Quieres bajarte del caballo? Le dijo el caballero, a lo que Jaime, ayudado por éste, se descalbagó.


Mira este árbol. Tiene muchos años, y sigue dando frutos como el primer día. ¿Te apetece probarlas?.


Jaime, subido a horcajadas, cogió algunas, y compartiéndolas con él, se daba cuenta que tenía un nuevo amigo del que no se cansaría de aprender.


Subieron nuevamente al caballo, y a gran velocidad iniciaron el camino de vuelta. Jaime, con ojos como platos, no dejaba de disfrutar de todo lo que se le ofrecía a su curiosa mirada. Pueblos, ciudades, campos abiertos ....


El sonido de la cerradura abriéndose le sacó de su ensimismamiento. La enorme puerta dió paso a dos maestras qué, cogiéndole por las manos, le recriminaban que, por su culpa, se pasaron toda la visita buscándolo, que cómo se le había ocurrido escaparse y jugar al esconder con David, que también se íba a enterar, y tanto que sí ...


Seño, le dijo Jaime a su maestra, creo que es la visita que más me ha gustado desde que vengo con usted. El año que viene quiero repetir, le dijo, ante la cara de perplejidad de su maestra.


Mientras, detrás, en el viejo almacén, alguíen sonreía viendo la escena y, dándose la vuelta al lomos de su caballo, prosiguió su aventura.

José María Vázquez Recio

Abril 2026

sábado, 4 de marzo de 2023

El desafío:

 

13 años tenía el niño pintor cuando lanzó su desafío al cielo.



Durante su infancia, con piedad infantil, creyó en el Dios de sus padres. Cuando lo bautizaron, añadieron a su primer nombre los de Diego, José, Francisco de Paula, Juan Nepomuceno, María de los Remedios, Cipriano, de la Santísima Trinidad. A pesar de tanto nombre, todos empezaron a llamarlo desde sus primeros años, el niño pintor.



Vivía en una casa en la que predominaban las mujeres. De pequeño jugaba con los retales que sobraban de las tardes de costuras de su madre y sus tías. Con estas telas de colores empezó a hacer collages, que despertaron la admiración de su familia. Su padre, que también era pintor, pronto descubre al genio en el pequeño.



Tenía 6 años cuando nació su hermana Conchita. La amó desde el primer momento en que la vió. Aquella pequeña despertó en él el sentimiento de la ternura. Pintó con amor sus bucles rubios y durante años fue su modelo preferida. Pero, cuando la niña tenía 7 años, contrajo una terrible enfermedad, la difteria. La pequeña sonriente de rizos rubios a la que había pintado con tanta ternura pasó a ser un fantasma de sí misma. La tristeza invadió aquel hogar. El médico de la familia les dijo que debían  prepararse para lo peor. Aquel fue el último año que el pequeño niño pintor celebró la Navidad. Todos fingieron una alegría que estaban muy lejos de sentir para que la pequeña moribunda viviera, una última vez, la ilusión del día de Reyes.



Fue entonces cuando su hermano lanzó su desafío a Dios. De rodillas,  se encaró con el Todopoderoso:



  • Señor, si la salvas, te prometo que nunca pintaré, te regalo este sacrificio.



Pero Dios no aceptó su pacto, la pequeña murió y el niño pintor renegó para siempre de ese Dios que había permitido la muerte de aquel ser inocente. De esta forma quedó liberado para ser el genio que soñó ser, que se propuso ser. Al mismo tiempo, un temor supersticioso lo dominó y lo persiguió toda su vida. Acaso, se preguntaba, ¿había sido él el culpable de la muerte de su hermana? ¿Dios no había aceptado su desafío porque él estaba destinado a ser un genio? No podía evitar pensar que, el precio final de su éxito, fue el triste final de su hermana menor. ¿Tal vez no había deseado con suficiente fuerza la recuperación de su hermana porque chocaba frontalmente con su pasión por la pintura? ¿sus logros creativos eran a expensa de la muerte de la pequeña?



El niño se hizo mayor. En él crecieron a la par el genio atormentado y la soberbia.  Por su vida pasaron muchas mujeres, a algunas las amó y otras lo amaron. También fueron muchas las que sufrieron por él. Pero nunca se sintió responsable de su dolor. Solo en su infancia, solo con su hermana, había conocido los remordimientos. A medida que envejecía, sus parejas eran más jóvenes; toda su vida buscó en ellas, aquella inocencia y aquella ternura que solo una vez había experimentado.



El éxito y el reconocimiento lo acompañaron toda su vida y, a pesar de todos los nombres con los que fue bautizado, la historia lo conoció como Pablo  Picasso. 


Ana María Cumbrera Barroso, Febrero 2023.

La promesa:

 

Llovía abundantemente. Los paraguas se aglomeraban en la puerta, y me costó mucho trabajo entrar en el hospital. A lo lejos, el sonido del viejo tren de mediodia, tan familiar y alegre, me auguraba un horrible día.


Mostradores llenos de usuarios demandando, con una gran angustia, información de sus familiares. Con suerte, o mejor dicho, con mucha suerte, abordé a un celador que salía de la cafetería. Con cara de sorpresa, me señalizó dónde podía encontrar a mi madre. Con un gesto de enorme agradecimiento, me despedí de él y me fui directo a los ascensores. La quinta planta se me escapa a mis posibilidades físicas ...


Una vez que llegué a la habitación, me encontré con mis hermanos, ajenos a casi todo. Paula estaba muy desmejorada, tras unas primeras horas después del ingreso. Me cogió del brazo y, casi sin poder ver a mi madre, me llevó a un lugar apartado.


Está muy mal. Los médicos no terminan de hacerle un diagnóstico claro. Parece que, si superas los 80, te tienes que morir obligatoriamente, no hacen nada ...


Quise tranquilizarla, diciéndole que no debía pensar eso , cuando reparé en él. Mi hermano Álvaro estaba con esa apariencia lastimosa de juguete roto, ajeno a todo, en un sillón, con la mano de mia madre entre las suyas.


Antonio dime, ¿que va a pasar con Álvaro?. Tu ya sabes que mi trabajo lo es todo para mí, lo más importante, y no tengo apenas tiempo para nada. Yo le contesté que si era su trabajo más importante que su propia familia, que su propio hermano. Agachó la cabeza y no me contestó.


No quise continuar con la conversación y me fijé en que Álvaro miraba absorto por la ventana, padeciendo la peor de las enfermedades de nuestro tiempo, la soledad.


¡Álvaro, ven!, le dije a mi hermano. Vamos a la cafetería a tomar algo.


Álvaro se levantó como un resorte, y me dió su mano. Una bonita sonrisa, como la de mi madre, se le dibujó en su boca, agradecido de que alguíen lo sacara de allí.


¿Qué vas a tomar? ¿Un batido, una tapita de ensaladilla ...?.


Álvaro, que apenas tenía lenguaje, miró con delectación a la vitrina de la cafetería, donde una bandeja de ensaladilla reinaba entre otras delicías.


Vale, Vale, te he entendido. ¡Por favor, una tapita de ensaladilla para mi hermano! Ahora Álvaro, ahora, ten paciencia ...


Una vez terminó de comer, subimos de nuevo a la habitación de mi madre, a la que apenas tuve tiempo de ver.


Ella me recibió sonriendo, para no querer preocuparte, con la huella que solo deja el sufrimiento de criar a 5 hijos sola. Le dí un beso, y me pidió que me sentara a su lado. Mis otros hermanos estaban absortos en los comentarios por televisión de un programa muy interesante del corazón ... Sus manos estaban a los lados de la cama, inertes, sin fuerza, vacías y limpias a la vez. Su expresión era de pena y preocupación. Me puse a llorar ...


Antonio, ¿cómo están los niños? ¿Y Cristina, terminó el bachillerato?.


Le comenté que afortunadamente por mi casa estaban todos sin ningún problema, y que tenía que velar por sí misma.


Antonio, desde que tu padre se fué, mi única preocupación es tu hermano. Álvaro ha estado siempre conmigo, pero tú sabes mejor que tus hermanos que algún día ya no estaré con todos vosotros y, sobre todo, con él que más me nececita. Y sé que tú, y solo tú, cuidarás de él con la misma dedicación que le he dado como madre. ¿Crees que en esta vida todos nacemos con una misión o propósito?. Yo creo que si ... debes estar para cada vez que dude, o se caiga, sé que no es fácil pedírtelo ...


En ese momento, instintivamente, miré a Álvaro. Miraba al suelo con esa mirada fria, tierna, inexpresiva. Agitaba sus manos compulsivamente, sin entender nada ni a nadie.


Ya sabes Antonio lo que quiero decir, lo que te quiero decir. Sé que no es justo para ninguno de vosotros, pero quiero intentar morirme tranquila, aunque eso sea muy díficil de conseguir. La vida, como el mar, raramente nos devuelve lo que no es suyo.


Se me saltaron las lágrimas . Recordé aquellos momentos en que mis padres me pedían que jugara con él, que lo sacara al patio, que le diera la mano, no vaya a ser que se perdiera, lo pillara un coche ... Álvaro me hizo madurar mucho, y hacerme una niño demasiado responsable para mi edad. Pero esto, por suerte o por desgracía, es algo que nunca se podrá elegir.


Mis hermanos seguían viendo la televisión, y entonces, tras darle una beso, que se me antojaba de despedida, llamé a Álvaro



Me miró y, tras darle un fuerte abrazo, nos fuimos juntos a la salida. Ya en la calle, cuando a lo lejos se escuchaba la llegada de un nuevo tren, cuyo sonido auguraba tiempos de amor, compromiso y esperanza, y sobre todo un gran cambio en nuestras vidas, los primeros copos de nieve de ese invierno tiñeron de blanco las calles, un blanco de pureza y de paz para mi conciencia. Y, mirando a mi hermano, a mi amigo, pude ver la sonrisa agradecida y tranquila de mi madre de ayer, hoy y siempre, queriéndome decir "no me dejes caer". Con un fuerte beso, le dije que encontraría un sitio, su sitio, a mi lado siempre. A lo lejos, el pitido del tren auguraba un nuevo tiempo y el inicio de una nueva etapa para ambos.


José María Vázquez Recio, Febrero 2023.

domingo, 11 de diciembre de 2022

El patinaje:

 

Como cada noche desde hacía más de 35 años, Eva escogió con esmero la ropa que se pondría al día siguiente para ir a trabajar. Siempre le gustó arreglarse para ir clase, aunque solo fuera por escuchar a sus niños decirle: - ¡Que guapa vienes hoy seño! o ¡me encanta tu vestido! Sabía que a ellos, sus niños, los echaría mucho de menos. Su trabajo le había otorgado muchas más satisfacciones que sinsabores. Pero era hora de iniciar una nueva etapa. Mañana era su último día. Sabía que era muy afortunada, jubilarse a los 60 años era todo un lujo. Hablar sobre la jubilación había sido el tema preferido de conversación con sus amigos y compañeros. Tenía muchos planes, disponer de tiempo le parecía mejor aún que disponer de dinero. Tiempo para viajar, y qué gusto sería hacerlo fuera de temporada alta, tiempo para sus aficiones, que eran muchas, y tiempo para tomarse la vida de otra manera, con más calma, pudiendo saborear cada momento, sin la sensación de ir a todas partes corriendo, con plazos para todo.


Aquella noche, durante la cena familiar, dejo a todos pasmados cuando les contó cual era su primer plan: quería retomar el patinaje. Andrés, su marido, le salió con lo típico de que a ver si se iba a lesionar y se le iban a acabar todos los planes. Sus hijos también la miraron como si estuviera loca. Su madre, que pasaba una temporada con ellos, se limitó a sonreír con aire distraído. Pero ella lo tenía claro. Aprender a patinar fue un regalo inesperado de la vida. Recordaba con cariño aquella etapa, hace ya muchos años. Su hija Patricia tendría unos 10 años y se había apuntado a una actividad extraescolar de patinaje. Ella la llevó y se dispuso a esperarla junto a las otras madres. La sorpresa fue que la monitora se presentó diciendo que aquello era una actividad madres-hijas y también ellas estaban invitadas a aprender a patinar. Con miedo al principio, con entusiasmo después, disfrutó la experiencia. Ahora la recordaba como una de las temporadas de su vida en la que había sido más feliz.


El teléfono les sobresaltó a todos. Era el fijo, que solo sonaba cuando llamaba alguna compañía móvil. Eva descolgó y Javier, el médico de la familia de toda la vida, la saludó.


  • Me temo que no soy portavoz de buenas noticias Eva. Es sobre las pruebas que le hicimos a tu madre. El diagnóstico de alzheimer está claro. Es una suerte que vayas a jubilarte.


Eva colgó el teléfono y antes de contárselo a los demás, echó una última mirada a la foto enmarcada del aparador. Allí, una niña de 10 años y una mujer que volvió a sentirse niña sonreían felices con unos patines en las manos.


Ana María Cumbrera Barroso, Diciembre 2022.

Patinaje:

 

¡Papá, papá, dame tu mano!.


Era una soleada mañana de invierno. En el patio, junto a otros niños pequeños, mi hija aprendía a patinar. Ella se me agarraba como si le fuera la vida en ello. Entre inseguridad y miedo, me miraba con ojos que dudaban de si misma. Yo le insistía, debía aprender poco a poco, y entre varias caidas y algún que otro moratón -otra vez se ha caido y te has hecho daño, me habría dicho su madre-, terminaba el penúltimo intento por aprender a patinar.


Una vez que le hube quitado los patines en casa, me miraba con gesto de alivio. No le gustaba patinar, eso era obvio, pero estaba contenta con el rato que pasabamos juntos. Con gesto resignado, y a la vez que se quitaba el pequeño calcetín sudoroso, me sonreía. Yo le decía que, si no le apetecía, no tendría que seguir con los patines. Se los regalamos por reyes, y tardó en decidirse a ponérselos. Sus amigas con su ejemplo la invitaban a seguir intentándolo. Yo, por mi parte, me arrepentí una vez más de haberselos puesto en la carta a los reyes ...


Pasó el tiempo, y no conseguió aprender. Ella, alguna tarde que otra en la que sus actividades extraescolares se lo permitían, se asomaba con una media sonrisa en la boca y los patines en su mano. Yo, aún con poca esperanza, la acompañaba al patio dónde otros niños jugaban. ¿te vienes a jugar con nosotras?. Ella, en un ademán que la honraba, les decía que no, que le había dicho a su padre que se bajara con ella, y que quería aprender a patinar. Su persistencia me sorprendía. Yo ya lo hubiera dejado por imposible, pero ella lo quería conseguir. Por ella y por mi, ya que la carta al rey mago la redacté yo.


Pasó el tiempo, y ya se me hizo mayor. Alguna que otra vez, al sacar alguna ropa del fondo del armario, sonreía viendo sus viejos patines. Yo, al fondo, hacía cómo el que veía la televisión, pero realmente estaba pendiente de ella. Con un ademán rápido, los cogió y comenzó a ponérselos. Me levantó la mano, y me pidió que la acompañara.


Volvimos a bajar al patio, cómo cuando era pequeña. Le estaban algo justos, pero aún podía moverse con cierta destreza. Con una gran sonrisa, me señalaba que por fín consiguió manejarse sóla. Ya no le hacía falta apoyarse en mí. Por un lado, me dió mucha alegría. Por otro, supe desde ese momento que ya no me necesitaría más en ese largo viaje que es la vida. A partir de ahora, lo continúas tú sola. Sé valiente, conseguirás todo lo que te propongas.


José María Vázquez Recio.



jueves, 2 de junio de 2022

El bebé:


Era viernes y 13. Una fecha que ya nunca olvidaría porque sería desde ese día el cumpleaños de su hijo. El cálculo de su ginecólogo, un amigo de la familia de toda la vida, iba a cumplirse de forma exacta. Cuando le dijo la fecha, no pudo evitar sentir cierta inquietud, y eso que no era nada supersticiosa, pero el malestar que había acompañado su embarazo, prácticamente desde la concepción, la hacía sentirse inquieta, temerosa, recelosa....No había vuelto a sentirse ella misma.


Desde el amanecer, los dolores fueron muy fuertes. Contemplaba el parto como su liberación. El embarazo, ese estado que para muchas mujeres es un momento idílico en sus vidas, para ella había sido un autentico martirio.


Durante los primeros meses la sensación de nauseas no le dio un momento de tregua. La fatiga se alternaba con una atroz sensación de hambre, era como sentir un vacío en su estómago; por más que comía, nunca se sentía satisfecha. Se espantaba de si misma cuando devoraba la carne cruda, pues no podía esperar a guisarla. Se espantaba por sus apetencias, tan distintas a las suyas de siempre; las mollejas, el hígado y todo lo que fueran vísceras, no podían faltar en su menú diario. Avergonzada, comía a escondidas, tanto de día como de noche.


Su máxima aspiración durante aquellos nueve meses había sido dormir de un tirón, sentirse descansada. Pero la criatura que llevaba en su vientre no le dio un momento de paz. Empezó a moverse mucho antes de lo habitual. Era enorme de tamaño. Aquel niño crecía a su costa, la devoraba, su cuerpo enflaquecía a medida que su vientre aumentaba. Se convirtió en un manojo de huesos con una barriga descomunal. A todas horas lo sentía moverse y empujar con todas sus fuerzas, era como si se sintiera atrapado y pugnase por salir. Fueron muchas noches en vela, atormentada por sus patadas. Agotada, acababa cayendo en un estado de semiinconciencia, para despertarse bruscamente atormentada por las pesadillas. Apenas recordaba nada de esos horribles sueños o, más bien, prefería no recordar nada.


Los dolores del parto fueron atroces, pero, afortunadamente, fue todo muy rápido. La matrona depositó al bebé, viscoso y ensangrentado, sobre su vientre. Los ojos del niño la miraban con fijeza y ella descubrió, horrorizada, que sus ojos eran de color rojo. En ese momento, todas las pesadillas que no había podido o no había querido recordar, acudieron a su mente. Se veía a sí misma haciendo el amor con alguien que no era su marido, que la aplastaba con su peso, del que no se podía desasir. Recordó las marcas en su cuerpo al día siguiente. Recordó los ojos rojos de aquel que la poseyó de forma tan brutal y reconoció esos mismos ojos en el bebé que la miraba de forma hipnótica. Fueron solo unos segundos, el niño empezó a llorar y Rosemary, de forma instintiva, se sacó un pecho, al tiempo que una oleada de amor hacia su hijo la embargaba.


Ana María Cumbrera Barroso. Mayo 2022.

Un monstruo viene a verme:

 

La ventana se quedó abierta, y no dejaba de hacer ruido al no terminar de cerrarse. Lidia, aún adormilada, se levantó para cerrarla, y de camino fué al baño. A oscuras, pudo sentarse en el inodoro, y algo viscoso manchó sus piés desnudos. Sin prestarle más atención, se los limpió como pudo, y se metió nuevamente en la cama. Apenas se hubo acostado, cuando un ruido desconocido hizo que centrara su atención. Sus padres estaban al otro lado de la casa, y sus hermanos dormían plácidamente.


El ruido de pisadas hizo que su alerta aumentara. Entrebrió la puerta de su habitación, y la figura de alguién blandiendo una arma se dibujó en la pared de la escalera. Presa del pánico, buscó donde esconderse. ¿En el armario?. No, sería el primer sitio dónde miraría cualquiera. Se decidió por fin a meterse debajo de su cama, pudiendo ver, a ras de suelo, cómo alguien abría lentamente la puerta. Sólo pudo ver unos pies desnudos, de alguíen muy joven. Escuchó cómo se volvió sobre sus pasos, encaminándose hacia las otras habitaciones. Un grito ahogado, una voz, cree que la de su padre, implorando ayuda, y un golpe seco que le puso fin. A los pocos minutos, en la habitación de sus hermanos, gritos de dolor y pidiendo auxilio ahogados por golpes que provocaron un intenso silencio ...


Lidia se llevó las manos a la boca, mordiéndose los dedos para no gritar, con los ojos llenos de lágrimas. Su corazón palpitó desmesuradamente, sin poder controlar su estado de ansiedad. Ella estaba allí, e íba de un extremo a otro de la habitación, buscándola. De pronto la asesina apoyó sus rodillas y agachó su cabeza para ver por debajo de la cama. Lidia apretó los puños, con el instinto de defenderse, cuando alguién asomó la cara con una sonrisa cruel en su rostro pudiendo ver rastros de su propia mirada. Era ella misma, mirándola con la frialdad de un corazón helado.

José María Vázquez Recio, mayo de 2022.