Me lo advirtieron muchas veces, pero
nadie, cómo dice el refranero popular, escarmienta por cabeza ajena. Otra vez
tirado en medio de la nada, en una carretera comarcal, y sin pasar nadie que me
pudiera ayudar. Y para colmo, el móvil sin cobertura ...
Hacía ya mucho frío, y el anochecer
amenazaba con hacerse presente en su plenitud, y sin saber para dónde
dirigirme. La temperatura era mucho más benigna que en el exterior. Cerré el
coche, y me dispuse a cruzar el bosque, a ver lo que me depararía el destino.
A la media hora de estar caminando, pude
ver, a lo lejos, una luz tenúe. Apresuré el paso, no fuera a ser que fuera un
vehículo y que se marchara. Conforme me acercaba, me día cuenta de que era una
luz fija, por lo que mis temores se desvanecieron. Una pequeña cabaña, con una
chimenea humeante que me hacía pensar que algo caliente podría tomar para
resarcirme algo del frío, se me apareció frente a mi.
Por una de las ventanas observé una
animada reunión, con varios hombres riendo y comiendo. Sonreí, porque parecía
que mi suerte cambiaba.
Llamé a la puerta con los nudillos, y
nadie acudía. A la segunda vez, alguíen abrió una mirilla, y me preguntó que
quería. Le dije que estaba perdido, con mi coche averiado en la carretera, y
que sólo quería llamar por teléfono y resguardarme un poco. Asintió con un
gesto, y me permitió la entrada.
Era una pequeña habitación, con una
chimenea al fondo, una cocina y un camastro que acababa de ser usado. Otra
mujer aguardaba mirándome con indiferencia meciéndose una y otra vez en una
ruidosa mecedora.
Les día las gracias, y pregunté por un
teléfono, a lo que me contestó que no tenían, pero que por la mañana esperaban
a un repartidor, y posiblemente podría irme con él. Me ofreció pasar la noche
en un pequeño desván en la parte superior de la casa y algo de comer.
Les día las gracías. Quitándome el grueso
abrigo que llevaba, y acercándome a la chimenea para recuperarme algo del frío,
observé a la mujer de la mecedora. Me miraba fijamente, y, sin dirigirme la
palabra, sonreía con un gesto extraño. La primera de mis anfitrionas me ofreció
un té caliente con galletas, y me dijo que me sentara. Era bastante más amable
que la otra, que ni me hablaba ni me quitaba la vista de encima para nada.
¿De dónde es vd?, me preguntó. Le contesté
que de la ciudad, y que queriendo acortar el camino, me terminé perdiendo.
- Mala época para perderse. Este bosque,
en invierno y de noche, no depara nada bueno. Los lobos acechan y no sería el
primer incauto que perdiera la vida por estas tierras... -, me contestó.
Mientras que la escuchaba, y con la mujer
de la mecedora mirándome con una sonrisa bastante rara, me extrañó no escuchar
a los comensales de la otra habitación. La señora amable me comentó que algunas
veces se reunían allí, para jugar a las cartas, pero que, afortunadamente, la
tenían insonorizada. Nunca les gustó ni a ella ni a su hermana excesivamente el
jaleo ...
¡Ah, son hermanas!, le pregunté, ya que la
otra no abría la boca para nada, eso sí, con una sonrisa terriblemente
inquietante.
Si, somos hermanas, y llevamos aquí varios
años viviendo muy tranquilas. No nos gusta mucho la gente, ni nosotros a ellos.
Estamos en paz.
Veía ya que la noche era cerrada y,
aceptando su amable ofrecimiento, me dispuse a lenvantarme para ir a descansar.
Extrañamente, sentía cómo si mis piernas no me respondieran, y caí de bruces al
suelo. Plenamente consciente pude ver que las dos hermanas se apresuranon a
ayudarme, y me subieron a una silla de ruedas, dónde, para mi sorpresa, me
sujetaron con unos correajes para que no me cayera. Intenté protestar, pero las
palabras no pudieron salir de mi boca, y apenas podía mover los labios ...
¡Por fín nos ha caido otro Clarence! Ya
había perdido la esperanza de renovar nuestra mesa. ¡Por fin!, dijo alborozada.
Mientras una lo llevaba en la silla de ruedas, la otra abrió la puerta dónde se
divertían varios hombres jugando a las cartas, o eso parecía.
Le presento al Sr. Escobar. Llegó hace
unos 30 años, casi como usted, ¿guapo verdad?. Está cómo el primer día.
Y este otro es el sr. Hurtado. Éste lleva
menos tiempo disfrutando de nuestra hospitalidad, no más allá de 15 años, pero
se mantiene perfecto, cómo si no pasaran los años por él ...
Mi sorpresa se tornó en horror. Esos
hombres, por una extraña razón, estabán inmóviles, cómo estatuas, con una
sonrisa estúpida en los labios, mirándose entre si. No entendía nada, y no
sabía que querían de mí.
Por ahora no se preocupe -, me dijo la que me abrió la puerta.
Le vamos a dejar aquí para que se vayan
conociendo. Van a tener todo el tiempo del mundo para ello, ¿verdad Elizabeth?.
Elizabeth practicamente no la escuchaba,
al estar ocupada en preparar unos cuchillos de cocina de gran tamaño,
sonriéndome con una mirada, ahora sí, muy dulce.
José María Vázquz Recio,
Febrero 2022