jueves, 2 de junio de 2022

Un monstruo viene a verme:

 

La ventana se quedó abierta, y no dejaba de hacer ruido al no terminar de cerrarse. Lidia, aún adormilada, se levantó para cerrarla, y de camino fué al baño. A oscuras, pudo sentarse en el inodoro, y algo viscoso manchó sus piés desnudos. Sin prestarle más atención, se los limpió como pudo, y se metió nuevamente en la cama. Apenas se hubo acostado, cuando un ruido desconocido hizo que centrara su atención. Sus padres estaban al otro lado de la casa, y sus hermanos dormían plácidamente.


El ruido de pisadas hizo que su alerta aumentara. Entrebrió la puerta de su habitación, y la figura de alguién blandiendo una arma se dibujó en la pared de la escalera. Presa del pánico, buscó donde esconderse. ¿En el armario?. No, sería el primer sitio dónde miraría cualquiera. Se decidió por fin a meterse debajo de su cama, pudiendo ver, a ras de suelo, cómo alguien abría lentamente la puerta. Sólo pudo ver unos pies desnudos, de alguíen muy joven. Escuchó cómo se volvió sobre sus pasos, encaminándose hacia las otras habitaciones. Un grito ahogado, una voz, cree que la de su padre, implorando ayuda, y un golpe seco que le puso fin. A los pocos minutos, en la habitación de sus hermanos, gritos de dolor y pidiendo auxilio ahogados por golpes que provocaron un intenso silencio ...


Lidia se llevó las manos a la boca, mordiéndose los dedos para no gritar, con los ojos llenos de lágrimas. Su corazón palpitó desmesuradamente, sin poder controlar su estado de ansiedad. Ella estaba allí, e íba de un extremo a otro de la habitación, buscándola. De pronto la asesina apoyó sus rodillas y agachó su cabeza para ver por debajo de la cama. Lidia apretó los puños, con el instinto de defenderse, cuando alguién asomó la cara con una sonrisa cruel en su rostro pudiendo ver rastros de su propia mirada. Era ella misma, mirándola con la frialdad de un corazón helado.

José María Vázquez Recio, mayo de 2022.

domingo, 27 de marzo de 2022

La carta:

 Era una fría mañana de enero y la continúa entrada de familia y amigos hacía el trance aún más insoportable. Isabel, una antigua compañera de instituto, había fallecido. Estos acontecimientos nunca me fueron gratos, pero entendí, o me jor dicho, mi mujer me hizo entender, que debía asistir.


Decidí salir un rato a la entrada posterior de la casa ya que no quería seguir sonriendo a mucha gente, a la mayoría sin conocerla.


Apenas consumí el cigarro, cuando reparé en una mujer elegantemente vestida, y que se me quedó mirando fijamente. Al darme cuenta de que no podía ser otra la persona a la que mirara, decidí hablarle. Ella, con un breve movimiento de la mano, me saludó.


¿No te acuerdas de mi, verdad Daniel? Me preguntó, y pude ver una mirada familiar en sus ojos. ¿aún te cuesta comprender a los griegos?.


Una vez dicho esto, no tuve por menos que sonreir. Era mi antigua profesora de filosofía, de tiempos de mi bachillerato en los escolapíos. Le quise dar la mano y ella, acercándome su mejilla, me dió un beso.


Disculpe Carmen, pero no la había reconocido. ¡Está usted cómo siempre!.


Una leve sonrisa asomó dentro de la tristeza de su rostro. Se secó las lágrimas, y me preguntó que había sido de mi vida después de terminar mis estudios. Le contesté que no seguí estudiando, que nunca me habían gustado demasiado los libros, y que la vida de comercial no se me había dado mal. Mujer, dos hijos en esas edad en la que uno comienza a arrepentirse de haberlos tenido, y con una vida llena de buenos momentos y de sinsabores, como la de cualquiera.


Carmen me escuchaba con atención, dejándome que terminara de contarle mi vida en pocas palabras, antes de interesarse por algo más importante. Le pregunté que tal su vida de jubilada, y me contestó que ciertamente aburrida, echando de menos lo único que le gustaba y que siempre echará de menos, a sus queridos alumnos ...


Aprovechando que salió el nombre de algún que otro compañero, Carmen me hizo una pregunta que nunca me hubiera esperado:


¿Te acuerdas del Padre Cristóbal?. Por un momento, cerré los ojos, y un mosaico de recuerdos con un eje principal, la imagen del viejo sacerdote, se me presentó, con su sonrisa engañosa ...


Claro que si, le contesté. Es difícil de olvidar Carmen ...


Carmen, apurando su cigarro, me agarró por el brazo y me llevó a un lugar aún más apartado y, hablando muy bajo, me dijo: Sabes que no fuistes el único, y que muchos compañeros tuyos sufrieron lo mismo. No estás solo. Ya sabes los problemas que me supuso enfrentarme a él y a practicamente todo el centro por sus continuos, digamoslo suavemente, muestras de cariño hacía vosotros. Pero creo honestamente que ya es hora de hacerle frente, y me gustaría contar contigo.


Una vez la escuché, me ruboricé. Ese pequeño secreto, muy escondido en el bahúl de mi memoría, se hizo de nuevo presente, y un terrible malestar se adueñó de mí. Creí, o tuve la vana ilusión, que la vida, la familia, los amigos, podrían borrar esa triste huellla, pero pude comprobar que no había sido así.


Debes apoyarme Daniel, dijo Carmen. Me cogió la mano, y apretándola fuertemente, me infundió ánimos. Sabes que no estás solo, que yo estaré, tu vieja maestra, a tu lado. Aún me siento algo responsable por no haber sabido pararlo. Nunca te podrás imaginar cuanto de mio hice vuestro sufrimiento. Ayúdame Daniel, por Isabel, por tus compañeros ... y por ti también.


Entramos de nuevo en la casa y nos acercamos dónde reposaba Isabel. Carmen me hizo un gesto, señalándome una pequeña cómoda, dónde en uno de sus cajones, entre objetos antiguos, había una carta, con esta pequeña reseña: para Daniel, mi amigo, mi compañero ...


Pude darme cuenta rápidamente que se trataba de una nota manuscrita, con su inconfundible letra. Carmen me acompañó a un pequeño sofá y, apoyando su mano sobre mi hombro, me animó a que la leyera. "Esa carta está escrita sólo para ti, me dijo, y la historia que contiene sólo es para todos aquellos que tuvieron una experiencia similiar. Eras su mejor compañero y amigo, pero este secreto nunca, quizás por vergüenza, quiso compartirlo contigo. Pero los demás lo sabíamos, y posiblemente tú también, ya que fuiste una víctima más ...


Una vez la escuché, me dispuse a leerla, a sabiendas de que me íba a encontrar con algo a lo que me resultaría difícil enfremtarme. Miré a Carmen y, con un gesto de ánimo para que siguiera adelante, comencé a leerla.


... intenté recuperarme, pero mi vida no ha sido la misma desde entonces. Han pasado ya 15 años de todo aquello, y lo sigo viviendo como si siguiera estando en el instituto. No puedo más, lo he intentado, pero no puedo. Haz lo que yo nunca me atreví a hacer, siempre fuiste más valiente que yo ... evita que otros puedan sufrir lo que he sufrido yo. No le dejes ir Daniel, no lo dejes ir ...


José María Vázquez Recio, Marzo 2022

martes, 15 de febrero de 2022

Perfectos desconocidos:

Patricia se refugió en el cálido abrigo de la cafetería. La temperatura era mucho más benigna que en el exterior. Siempre había sido uno de sus locales preferidos, un buen lugar para iniciar una nueva relación.


Con los nervios metidos en el estómago, se sentó de manera que podía divisar a las personas que entraban. Llegaba temprano a propósito, después de todo estaba citada con un desconocido. Su situación estratégica le permitía una huida honrosa en caso de que él no le causase buena impresión. Sus amigas llevaban años utilizando las aplicaciones de citas, pero para ella era la primera vez, y todavía resonaban en sus oídos las palabras de su madre al salir de casa:


    • Patri hija, ¡con lo que tú vales! ¿qué necesidad tienes de quedar con alguien de quien no sabes absolutamente nada? ¿y si fuera un pervertido, alguien peligroso? Ten paciencia, que lo que tenga que ser para tí llegará.

    • Mira mamá, si algo aprendí de mi relación con Javier es que nunca se termina de conocer a una persona.


Lo cierto es que a ella se le había acabado la paciencia. Tenía 34 años y, aunque todo el mundo decía que parecía una chiquilla, su reloj biológico no decía lo mismo. Estaba harta de ser la protagonista de una historia con un triste final, al menos para ella. A estas alturas de la vida hace mucho que había planeado estar casada y con hijos. Durante diez años fueron planes compartidos con Javier, el que había sido hasta la fecha su único novio formal. Se conocieron muy jóvenes. Ambos eran muy tradicionales y la boda siempre estuvo implícita. Tenían piso, regalo de los padres de ella, y solo tenían que esperar a situarse. Ella aprobó la carrera y empezó a trabajar. Esperó pacientemente a que él completase los estudios y aprobara las oposiciones. Pero, inexplicablemente para ella, cuando parecía que ya no había obstáculos para hacer los tan deseados planes de boda, él empezó a distanciarse, a mostrarse cada vez más frío, a poner excusar para no salir...Un día le dijo que necesitaba tiempo para aclararse. Dos meses después coincidieron en una reunión de amigos y él iba acompañado, muy bien acompañado, por otro chico muy joven y guapo. Se sintió engañada, traicionada, compadecida por todos. ¿Cómo había podido estar tan ciega? Sintió que había perdido los últimos diez años de su vida. Por eso le había dicho a su madre que ni siquiera un largo noviazgo bastaba para conocer realmente a alguien.


Le costó recuperarse. Pasó por una etapa en la que solo pensó en divertirse. Cuando empezó a plantearse de nuevo una relación seria, se dio cuenta de que los varones de su generación huían ante la mención de su piso ya amueblado y de todo lo que sonase a compromiso; al menos, antes de los cuarenta. La famosa igualdad entre sexos aquí flojeaba, para ellas el famoso reloj corría más rápido.


Por fin se decidió a recurrir a la aplicación que, según la publicidad, iba encaminada a las relaciones formales y, después de un tiempo chateando con un chico, habían quedado en conocerse hoy.


Tan enfrascada estaba en sus pensamiento que le cogió de sorpresa el jovial saludo de un joven que se autopresentó como Miguel, un amigo de la infancia. Le dio mucha alegría verlo. Le invitó a sentarse y charlaron largo y tendido durante media hora. Llevaban años sin saber el uno del otro. Patricia descubrió encantada que, cuando se conecta con una persona, da igual los años que pasen, la conexión sigue estando ahí. Y él parecía tan feliz con el reencuentro como ella. Estaba tan a gusto con él, que le propuso cambiar de lugar, no le apetecía nada que su cita se presentara. Cogidos del brazo y riéndose, Patricia abandonó la cafetería junto a su amigo. Agradables mariposas en el estómago habían sustituido a sus nervios de hace un raro. Así, sin buscarla, una nueva ilusión comenzó a germinar en su corazón.


Acodado en la barra, un joven los observaba mientras salían. Había llegado justo en el momento en el que aquel chico se había sentado en la mesa con ella. No le pareció oportuno acercarse. Metió la mano en su bolsillo y acarició con cuidado la afilada navaja que guardaba. No importaba, dos horas después estaba citado con otra chica. Esperaba tener más suerte.

 

Ana María Cumbrera Barroso.




 

Los comensales:

 

      Me lo advirtieron muchas veces, pero nadie, cómo dice el refranero popular, escarmienta por cabeza ajena. Otra vez tirado en medio de la nada, en una carretera comarcal, y sin pasar nadie que me pudiera ayudar. Y para colmo, el móvil sin cobertura ...

 

      Hacía ya mucho frío, y el anochecer amenazaba con hacerse presente en su plenitud, y sin saber para dónde dirigirme. La temperatura era mucho más benigna que en el exterior. Cerré el coche, y me dispuse a cruzar el bosque, a ver lo que me depararía el destino.

 

      A la media hora de estar caminando, pude ver, a lo lejos, una luz tenúe. Apresuré el paso, no fuera a ser que fuera un vehículo y que se marchara. Conforme me acercaba, me día cuenta de que era una luz fija, por lo que mis temores se desvanecieron. Una pequeña cabaña, con una chimenea humeante que me hacía pensar que algo caliente podría tomar para resarcirme algo del frío, se me apareció frente a mi.

 

      Por una de las ventanas observé una animada reunión, con varios hombres riendo y comiendo. Sonreí, porque parecía que mi suerte cambiaba.

 

      Llamé a la puerta con los nudillos, y nadie acudía. A la segunda vez, alguíen abrió una mirilla, y me preguntó que quería. Le dije que estaba perdido, con mi coche averiado en la carretera, y que sólo quería llamar por teléfono y resguardarme un poco. Asintió con un gesto, y me permitió la entrada.

 

      Era una pequeña habitación, con una chimenea al fondo, una cocina y un camastro que acababa de ser usado. Otra mujer aguardaba mirándome con indiferencia meciéndose una y otra vez en una ruidosa mecedora.

 

      Les día las gracias, y pregunté por un teléfono, a lo que me contestó que no tenían, pero que por la mañana esperaban a un repartidor, y posiblemente podría irme con él. Me ofreció pasar la noche en un pequeño desván en la parte superior de la casa y algo de comer.

 

      Les día las gracías. Quitándome el grueso abrigo que llevaba, y acercándome a la chimenea para recuperarme algo del frío, observé a la mujer de la mecedora. Me miraba fijamente, y, sin dirigirme la palabra, sonreía con un gesto extraño. La primera de mis anfitrionas me ofreció un té caliente con galletas, y me dijo que me sentara. Era bastante más amable que la otra, que ni me hablaba ni me quitaba la vista de encima para nada.

 

      ¿De dónde es vd?, me preguntó. Le contesté que de la ciudad, y que queriendo acortar el camino, me terminé perdiendo.

 

      - Mala época para perderse. Este bosque, en invierno y de noche, no depara nada bueno. Los lobos acechan y no sería el primer incauto que perdiera la vida por estas tierras... -, me contestó.

 

      Mientras que la escuchaba, y con la mujer de la mecedora mirándome con una sonrisa bastante rara, me extrañó no escuchar a los comensales de la otra habitación. La señora amable me comentó que algunas veces se reunían allí, para jugar a las cartas, pero que, afortunadamente, la tenían insonorizada. Nunca les gustó ni a ella ni a su hermana excesivamente el jaleo ...

 

      ¡Ah, son hermanas!, le pregunté, ya que la otra no abría la boca para nada, eso sí, con una sonrisa terriblemente inquietante.

 

      Si, somos hermanas, y llevamos aquí varios años viviendo muy tranquilas. No nos gusta mucho la gente, ni nosotros a ellos. Estamos en paz.

 

      Veía ya que la noche era cerrada y, aceptando su amable ofrecimiento, me dispuse a lenvantarme para ir a descansar. Extrañamente, sentía cómo si mis piernas no me respondieran, y caí de bruces al suelo. Plenamente consciente pude ver que las dos hermanas se apresuranon a ayudarme, y me subieron a una silla de ruedas, dónde, para mi sorpresa, me sujetaron con unos correajes para que no me cayera. Intenté protestar, pero las palabras no pudieron salir de mi boca, y apenas podía mover los labios ...

 

      ¡Por fín nos ha caido otro Clarence! Ya había perdido la esperanza de renovar nuestra mesa. ¡Por fin!, dijo alborozada. Mientras una lo llevaba en la silla de ruedas, la otra abrió la puerta dónde se divertían varios hombres jugando a las cartas, o eso parecía.

 

      Le presento al Sr. Escobar. Llegó hace unos 30 años, casi como usted, ¿guapo verdad?. Está cómo el primer día.

 

      Y este otro es el sr. Hurtado. Éste lleva menos tiempo disfrutando de nuestra hospitalidad, no más allá de 15 años, pero se mantiene perfecto, cómo si no pasaran los años por él ...

 

      Mi sorpresa se tornó en horror. Esos hombres, por una extraña razón, estabán inmóviles, cómo estatuas, con una sonrisa estúpida en los labios, mirándose entre si. No entendía nada, y no sabía que querían de mí.

 

Por ahora no se preocupe -, me dijo la que me abrió la puerta. Le vamos a dejar aquí  para que se vayan conociendo. Van a tener todo el tiempo del mundo para ello, ¿verdad Elizabeth?.

 

      Elizabeth practicamente no la escuchaba, al estar ocupada en preparar unos cuchillos de cocina de gran tamaño, sonriéndome con una mirada, ahora sí, muy dulce.

 

                  José María Vázquz Recio, Febrero 2022

     

lunes, 15 de noviembre de 2021

La cabalgata:

 

La víspera de Reyes, siempre ha sido y será, mi día preferido del año. Cuando me lanzo a la calle en busca de la cabalgata, siento en el estómago los mismos nervios de siempre. Ese cortejo de la ilusión tiene el poder de sacar fuera a la niña que sigue viviendo dentro de mi. Si algún día veis que no voy a ver la cabalgata, preocupaos por mí, sin duda me ocurrirá algo grave.


Mientras espero el alegre desfile me siento transportadas a otros tardes mágicas. Es como un viaje lleno de dulce nostalgia.


El primer recuerdo que tengo de la cabalgata se remonta a mi primera infancia, me veo a mí misma llorando por la inquietud que me causaba pensar que iba a ver realmente a los reyes magos, los mismos que habían adorado al Niño Jesús hace muchísimo tiempo. Pensar en esos poderes mágicos de los reyes, esos seres capaces de viajar en el espacio y en el tiempo, me provocaron un llanto nervioso, del que, afortunadamente, me recuperé pronto. Esas cabalgatas de mi niñez siempre las veía acompañada de mi familia. Quedábamos con todos los tíos y primos. Todos los chiquillos nos poníamos en primera fila -privilegio de ser niños- y cuando empezaba el cortejo, iniciábamos la divertida batalla de competir a ver quien cogía más caramelos.


Después llegaron las cabalgatas de mi adolescencia y mi juventud. Recuerdo una muy especial. Mi novio y yo habíamos quedado con otra pareja. Ella no llevaba mucho tiempo en Sevilla. Aquella chica no cabía en sí de asombro cuando nos vio a los tres matándonos por los caramelos, tirándonos al suelos y hasta dándonos empujones. Los tres jóvenes circunspectos se habían convertido en tres energúmenos, que se mataban por unos dulces. Al año siguiente, aquella chica, que con el tiempo se convirtió en una de mis más queridas amigas, participó en la divertida batalla como la que más.


Luego vinieron las cabalgatas de la infancia de mis hijas. Suponía verlo todo de nuevo a través de sus inocentes miradas, ser ahora yo la reina maga que haría realidad sus ilusiones.


Ningún año me perdí la cabalgata, ningún año dejé de recuperar la ilusión. Pero hubo una Navidad en la que la cabalgata no acudió a su cita con la ciudad. Una maldita pandemia nos hizo ver que nada de lo que creíamos inmutable lo era, que éramos vulnerables, que todo era posible. Aquel año descubrimos que puede nevar en primavera.


Aquella víspera de reyes no hubo pues ninguna cabalgata, sin embargo, aquella noche vi en mis sueños, a una niña que lloraba porque sus emociones la habían desbordado, a una joven que se asombraba por la transformación de sus amigos y a dos niñas preciosas que, en mi memoria, serán siempre niñas. En mi sueño, la cabalgata de reyes, salió expresamente para ellas.

Ana María Cumbrera Barroso. Noviembre 2021.

Comprobarás que puede nevar en primavera:

 

El despertador sonó puntual y gravemente, como siempre. Teresa, restregándose los ojos, se levantó con algo de pereza. Era lunes, y el fin de semana fué exigente. Pero que vamos a hacer. Las clases, los prefeseres, y los compañeros y amigos la esperan.


El agua caliente mejoró rápidamente la mañana. Su ropa, preparada cuidadosamente por, quién si no, su madre, la esperaba para vestirla y poder irse rápidamente a su instituto.


Se estaba terminando de arreglar cuando, desde abajo, alguíen pitaba con insistencia al porterillo. Era su padre. No se acordaba de qué esa mañana, cómo la de todos los lunes, la acompañaba al instituto.


Salió presurosa por la puerta, y bajando los escalones de tres en tres, se encontró con la caricia de la sonrisa de su padre.


¡Vamos dormilona, que vamos tarde! .


Llegaron a la puerta del centro, dónde la acumulación de coches en la puerta hacía difícil poder avanzar. Teresa, viendo esta situación, bajó y dándole un sonoro beso en la mejilla a su padre, se dispuso a entrar en el centro.


Tuvo una mañana plácida, pero al final de la misma comenzó a encontrarse algo mareada. Sin darle más importancia, salió del centro y volvió a su casa.


Su madre la recibió en la puerta. Le dió tiempo de preparar algo de almuerzo para las dos, y comenzar una breve conversación antes de que cada una volviera a su rutina. Teresa se seguía encontrando mal, pero con una sonrisa algo forzada seguía conversando con su madre.


Una vez sentada en su dormitorio, Teresa seguía mareada. Se echó un rato en su cama, pensando que sería algo más de cansancio de lo habitual, y sin darse cuenta, se quedó dormida.


Lo siguiente que recordó fue que sus padres la estaban acompañando al hospital. Ella sólo asentía, y sus padres intentaban en vano mantenerla despierta. Su madre, cogiendola por los brazos, la animaba a que se despabilara.


Una vez en el centro médico, se confirmaron las peores noticias. Una enfermedad larga, una lucha extrema, que pusieron a prueba tanto a sus padres como a ella, la estaban esperando y, aunque sea muy raro, siempre puede nevar en la primavera de nuestras vidas. Pero su ánimo y el de sus progenitores nunca se quebró, ya que, Teresa, recuérdalo siempre, la vida y las clases, los profesores y amigos, siempre te esperarán ...


Dedicado a Teresa y a sus padres, que siempre estarán ahí.


José María Vázquez Recio.

miércoles, 20 de octubre de 2021

El cuarto de baño:

 

Llovía, y a Jesús se le empezaba a hacer tarde. Aquel día se quería acercar a casa de sus padres a echar un último vistazo. Desde el fallecimiento de los mismos, y tras varios meses esperando, la inmobiliaria, al fin, les comunicó que tenían un comprador y sus hermanos, y no él, tenían prisa por venderla. A él nunca le gustó la idea, pero eran mayoría, aunque no tuvieran razón alguna para deshacerse de buena parte de la memoria de sus padres. Y él no quería dejar esa casa por nada en el mundo ...


Entró al fin en su calle, y pudo distinguir algunas de las antiguas tiendas que marcaron su infancia. La carniceria de Benito, la tienda de comestibles de Manola, dónde puntualmente compraba la botella de vino para su padre, la panadería de Polvillo, ...


Entró en el rellano y se encontró con una antigua vecina, de esas que se cruzaban contigo y saludaban y se interesaban por cómo estabas. La saludó y la besó, consciente de que pocos ratos cómo ese podría volver a experimentar esa sensación de bienestar.


Ya en la puerta, dudó varios instantes en cual era la llave correcta. Sera esta dorada, o no, la cerradura de arriba se abre con la alargada. Consiguió superar el umbral, y cerró tras de si. Una vez dentro, se quitó el abrigo y miró el interior de su casa. Muebles cubiertos de sábanas, cajas a medio rellenar, ventanas con las persianas cerradas ...


Notó que tenía ganas de ir al cuarto de baño. - Espero que la cisterna funcione- pensó, - no me gustaría dejar mal olor por usarlo -. Al entrar, y después de usar el inodoro, se dispuso a lavarse las manos, sonriendo divertido cuantas cosas se le habían pasado por la cabeza y miró al espejo.


... En ese momento, pudo ver la imagen de su madre lavándolo con ayuda de su hermana en un pequeño baño de cinc. Él reía contento, cuando su madre lo levantó y lo secó meticulosamente, mientras su hermana le traía la ropa interior caliente. Su madre le cantaba y le sonreía, y él aún protestaba por el celo que ponía en secarlo convenientemente.


El cerró los ojos, algo aturdido. Al momento, pudo escuchar una voz fuera del aseo. Su padre le conminaba que se diera prisa, que el coche para llevarlo a la Iglesia estaba al llegar, y que no cabía en cabeza ajena que la novia fuera la que lo esperara. Y cuidado con cortarte al afeitarte, que ese día tenías que estar impecable. Venga, vamos, que hay que ver lo que tardas en salir del cuarto de baño ...


Abrió la puerta, y allí no había absolutamente nadie. Pensó que habría descansado poco esa noche, porque no sólia tener esas alucinaciones o lo que pudieran ser.


Algo más tranquilo, se sentó en uno de los sillones del pequeño salón, y cerró los ojos reclinando la cabeza. En aquel sillón pudo disfrutar muchas días, con permiso de su padre, dueño absoluto de todo lo que se moviera en su casa, de pequeñas cabezadas. Y aquel día intuyó que le hacía falta.


No llevaba apenas 5 minutos durmiendo, cuando una voz desde la cocina le despertó. Su madre le conminaba aque estuviera más pendiente de su hijo pequeño, que ella no estaba ya para esos menesteres. Y siempre le habian dado mucho miedo los niños entrando y saliendo de la cocina.


Él acudió presuroso a ver de dónde salía esa voz tan nítida. ¡Pero si era su madre!. Una vez dentro de la cocina, evidentemente, no vió a nadíe.


¿Que me estará pasando?. Su primera intención hubiera sido salir despavorido, pero se contuvo. Él había ido con una sóla intención, e íba a cumplirla.


Para ello, cogió un vaso y, llenándolo de agua, se tomó un par de pastillas de las que llevaba en el bolsillo. Su experiencia de médico le convenció que su efecto era practicamente indoloro y rápido. Se sentó nuevamente en el sillón, y se dispuso a disfrutar en sus últimos instantes del lugar en el que fué alguna vez feliz, antes de caer en el mayor castigo al que se puede sometar a un ser humano, el olvido de los suyos ...


José María Vázquez Recio.